En defensa del materialismo histórico.

En el presente artículo pondremos en relación conceptos históricos actuales, pasados – hay quien dice obsoletos – y teorizaremos acerca de la posibilidad de una “historia del futuro”. Dentro del mundo de la evolución de la historia y la historiografía podemos observar diferentes tendencias. Comprobamos que no es un entorno ajeno a las modas, es decir, a determinados modos de entender y escribir la historia.

Hoy en día vivimos un auge de la Historia Social. Se buscan agentes anónimos, de poca importancia. Es la llamada “Historia desde abajo”. Se busca un alejamiento respecto a la interpretación de los grandes procesos históricos en base a análisis “macro”. No obstante, esto era totalmente al contrario en las últimas décadas.

El debate acerca de la labor del historiador y la objetividad, acerca de la veracidad y la verdad; conduce a hacer de la historia una disciplina aparentemente exenta de otros intereses. Personalmente, soy de la opinión que es imposible lograr la objetividad en el análisis y la exposición de los procesos históricos. Creo que el historiador no sólo no puede representar la verdad absoluta, sino que tampoco debe hacerlo, pero más tarde incidiremos sobre este punto.

Lo peligroso para la Historia como disciplina (no como narración de los procesos históricos) es negar la existencia de los intereses que puedan modificar los hechos. Muchas veces hemos oído en clase alusiones a que estos pensamientos son más propios de teorías conspiratorias. Sin embargo, un simple estudiante de historia sabe que todos los estados del mundo han dado una determinada interpretación a los sucesos de su marco geográfico para favorecer sus intereses contemporáneos. La palabra clave, por tanto, es interpretación. Esta sólo puede realizarse con el paso de los años e incluso siglos dirán algunos. Yo soy de la opinión que un correcto análisis histórico nos permite ver inmediatamente estos casos.

No quiero decir que “cambiar” la historia sea bueno o malo. Esas categorías no son algo absoluto sino tan relativo como la propia interpretación de los hechos. Puesto que un mismo suceso puede representar “verdades” tremendamente según cómo lo analice el historiador, creo que el objetivo de este debe ser tener conciencia de su responsabilidad.

La responsabilidad del historiador es una frase que ya se ha escuchado muchas veces en las aulas universitarias y parece no haber un punto de acuerdo. ¿Qué debe motivar al historiador? ¿Está relacionado con su especialidad o tal vez con la escuela historiográfica con la que más se identifique?

Esto nos conduce a pensar en aquellas escuelas historiográficas que, pese a tener gran prestigio académico en décadas anteriores, hoy son tenidas por obsoletas. Me refiero concretamente al materialismo histórico. Aunque es común oírlo citar recurrentemente en muchas asignaturas son pocos los doctores en historia que no se refieren a esta escuela como incompleta por centrarse “exclusivamente” en análisis económicos.

Aquí radica el problema. En el escaso conocimiento que se tiene del materialismo histórico. No se tienen en cuenta los escritos de los fundadores del materialismo histórico y el socialismo científico, solo los libros y artículos de quienes suscriben sus teorías. El análisis de un proceso histórico no puede ser nunca exclusivamente económico. Efectivamente estaría incompleto. Siempre influyen innumerables factores.

El historicismo o academicismo histórico han caído en esos errores. La base económica de la historia se refiere exclusivamente a señalar que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. Dentro de esta, hay innumerables procesos, todos ellos enmarcados dentro de la lucha de clases antagónicas que pugnan en un determinado marco social, político, cultural… No es lícito confundir la importancia central del hecho económico con una supuesta exclusividad.

¿Pero puede conciliarse el materialismo histórico con tendencias actualmente en boga como la historia de género, social o cultural? Por supuesto que sí. Los conceptos que hoy en día destacan en los estudios de género por ejemplo recalcan su relación con los conceptos raza o clase. Si bien es cierto que todos los procesos históricos están necesariamente atravesados por el concepto género, si no se puede obviar el papel de la mujer dentro de un proceso histórico; sería un gran error querer acometer la historia de las mujeres por separado. Este error, nacido en los años 60 y que hoy aún persiste está tratando de ser eliminado por historiadoras que impulsan el concepto género en un marco distinto.

Como vemos en el libro Ar´nt´I a Woman de Deborah Gray White se da una importancia central al papel de la mujer negra esclava en la época colonial. Tenemos por tanto los conceptos clase, raza y género atravesando un sólo proceso histórico y una obra que los pone sobe la mesa. La conclusión de esta obra es que la inferioridad del sexo femenino no es tal para quien quiere mantener ese régimen de esclavitud. Al contrario, valoran la fortaleza física de la mujer negra porque les ayuda a reproducir ese régimen. Es decir, la importancia central, la opresión principal sobre todos los esclavos coloniales es lo que tiene vital importancia para los explotadores. La mujer negra esclava es la herramienta para perpetuar el sistema y no al revés. El sistema da importancia capital al esclavo; y la mujer negra es la herramienta para reproducir ese sistema. Es la confirmación de la teoría de la lucha de clases.

El análisis realizado por la autora, dando el eje central a la cuestión de género, permite ver claramente como este enfoque es erróneo Vemos cómo la lucha de clases es la cuestión central. También permite ver cómo es posible conciliar los términos raza y género con el materialismo histórico; y cómo se puede hacer microhistoria a partir de ese método.

El materialismo histórico es, entre otras cosas, un método de análisis. No debemos hacer encajar todos los procesos en nuestro marco, sino adaptar el marco del materialismo histórico – tremendamente flexible – hasta hacer un análisis completo. Llegados a este punto, entiendo que la responsabilidad del historiador es ser consciente, como dije antes, de la realidad de la lucha de clases. En base a esto, debe dotar a las generaciones presentes y futuras de una historia que se ponga al servicio de la clase oprimida. Como vemos en los análisis de l materialismo histórico, la historia siempre avanza hacia el progreso; y este se identifica con las revoluciones que liberan a las clases subyugadas.

Es fundamental que el historiador emplee en su análisis todas las disciplinas que le apoyen en su labor, nada puede ser descartado. Antropología, arqueología, demografía, geografía, estadística o estricto conocimiento de la cronología son necesarios para hacer del análisis materialista algo verdaderamente científico. Un papel especial juegan los elementos culturales a este respecto. Si bien son un elemento clave en el desarrollo de las sociedades no debemos perder de vista que son las sociedades humanas las que generan la cultura y no al revés. Puesto que estas sociedades están condicionadas en primer término por el modo en el que producen sus medios de subsistencia, el elemento cultural también lo está. El mejor modo para comprobar esto es el salto cultural que se produce con los cambios en los modos de producción. Tras la revolución francesa, por ejemplo, se impuso una cultura burguesa enfocada al individualismo y al rechazo de las viejas clases dominantes tildándolas de ociosas. Por encima de todo apareció una cultura donde la propiedad privada era algo que engrandecía a los hombres.

Muchos de esos rasgos culturales fueron o pretendieron ser suprimidos en aquellos países donde se comenzó a imponer el socialismo en el siglo XX. Por primera vez se ponía en práctica la bien llamada “revolución cultural”, aunque de manera dispar en los distintos países. La figura del “hombre nuevo” que propone el socialismo dista mucho del que propuso la burguesía triunfante de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. En lo fundamental, en la propiedad, la concepción social de esta se impone tras años de trabajo educativo. La diferencia entre ambos procesos culturales demuestra que estos emanan de dos sociedades que rompen con el orden socioeconómico anterior. Las nuevas clases en el poder buscan mantener su posición mediante una nueva cultura, un “hombre nuevo” que es bien distinto en cada caso. La utilización de las historias nacionales por la burguesía triunfante en el siglo XIX es también un ejemplo de cómo el elemento histórico y cultural se maneja como un juguete en manos de las clases que tienen el poder económico. Esto no supone que posean también el poder político. Muchos de los casos del siglo XIX presentan esa situación. En la unificación de Italia, por ejemplo, el poder temporal fue restituido en manos de Pio IX por el naciente Segundo Imperio de Luis Napoleón. La unificación fue iniciada desde el norte, Piamonte-Cerdeña, por la burguesía triunfante que aún carecía del poder político.

De este modo, cuando Weber analiza de un modo cultural el cambio económico en su crítica al capitalismo se equivoca. El eje central de toda cultura, incluso aquellas ancladas en fuertes concepciones religiosas, lo dirigen las clases económicamente poderosas. Lo mismo cabe decir de conceptos como “civilización” puestos de moda por la historia cultural.

¿Puede entonces el materialismo histórico analizar cualquier etapa histórica, por reciente que sea? La respuesta es sí. Tal como afirma Bédarida en su análisis y defensa sobre la llamada Historia del Tiempo Presente estos análisis cuentan con dos principales objeciones. La primera es la cercanía temporal a los hechos, lo cual se refiere directamente a la implicación del historiador con el proceso histórico que analice. Como ya he dicho antes, la labor del historiador debe ser, en mi opinión, poner el discurso histórico como herramienta en manos de las clases oprimidas en el sistema actual. Eso solucionaría la primera objeción.

La segunda sería la ausencia de fuentes. Esta misma objeción se puede hacer sobre muchas otras etapas históricas, no necesariamente muy lejanas. Aún así, otros procesos con multitud de fuentes están plagados de manipulaciones, falsedades, carencias… Es decir, esta objeción la considero general para cualquier etapa histórica y sus procesos.

¿Puede el materialismo histórico, con su método analítico, realizar una historia del futuro? Si bien este término ya es medianamente conocido, no se vincula habitualmente al materialismo histórico por estar este en tela de juicio por economicista. Lo cierto es que la cientificidad del materialismo histórico lo convierte en la única corriente historiográfica que sería capaz de elaborar un análisis de las próximas décadas. Sería sin lugar a dudas una aventura con una posibilidad de error mucho mayor de la que puede darse analizando el pasado, pero podría hacerse sin caer en el azar de modo completo.

 

José del Valle

 

Bibliografía:

– Bédarida, F (1998): Definición, método y práctica de la Historia del Tiempo Presente. Paris. Cuadernos de Historia Contemporánea. Instituto de Historia del Tiempo Reciente.

 

– Martín Miliddi, F. (2007). Pierre Vilar y la construcción de una historia marxista. notas sobre el debate con louis althusser. Actas y Comunicaciones Del Instituto De Historia Antigua y Medieval, 3(1), 1-11.

 

– Vilar, P. (1980). Iniciación al vocabulario del análisis histórico. Barcelona: Critica.

 

– Yobenj Aucardo Chicangana Bayona. (2009). Debates de la historia cultural, conversación con el profesor peter burke.Historia Crítica, (37), 18-25.

 

 

 

 

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