El gobierno de los trabajadores. Clara Zetkin.

Una de las cuestiones más importantes que el venidero Cuarto Congreso de la Internacional Comunista tendrá que examinar y sobre la que tendrá que decidir es, indiscutiblemente, la del Gobierno Obrero. Se ha planteado por la demanda por el Frente Único Proletario, la irrefutable necesidad e importancia primordial de lo que crecientemente se clarifica frente a la ofensiva cada vez más aguda y amplia de la burguesía mundial. La consigna del gobierno obrero se desarrolla orgánicamente de la lucha en la que las masas de mujeres y hombres trabajadores tienen que defender su mera existencia, incluso su vida misma contra el hambre insaciable de los capitalistas explotadores.

La oscura miseria de esta hora histórica convoca escandalosa y furiosamente por esta lucha. Si ha de ser levantada de forma exitosa, para desarrollarse cada vez más ampliamente en su alcance y cada vez más alto en su objetivo, necesita que las masas explotadas creen sus propios órganos de trabajo y lucha, que deben sobreponerse a la fragmentaciòn y al desgarramiento mutuo para agruparse como una fuerza unida y decisiva. Consejos de fábrica, comités de control, comités de acción, etc., llegarán a ser. Sólo, el efecto de dichos comités se mantendrá dentro de los límites más modestos. Peor aún, su efectividad será gradualmente paralizado, los consejos y comités mismos serán estrangulados si el poder gubernamental permanece en las manos de una minoría explotadora. También los extasiados fanáticos de la ‘democracia’ y de la ‘comunidad laboriosa’ de líderes obreros ‘moderados y razonables’, y de ‘comprensivos y bienintencionados’ representantes de la burguesìa en el gobierno van a aprender esta lección a través de la amarga experiencia.

Hay algo que sigue siendo verdad: o la burguesía tiene el control del gobierno y usa el poder gubernamental en su propio interés de clase o los trabajadores gobiernan y de la misma forma usan el gobierno en su propio interés de clase, o sea, contra la burguesía mercantilista. Un ‘equilibrio justo’ no existe. La regla de todos esos gobiernos de coaliciòn entre burgueses y partidos obreros han probado esto de forma manifiesta. Sea una coalición ‘amplia’ o ‘estrecha’, con más o menos líneas nítidas delimitadas a su derecha o izquierda puede, por supuesto, debilitar o reforzar este hecho fundamental. Pero no cambia nada en su esencia, su pepita básica de verdad, particularmente en estos tiempos donde el colapso del capitalismo abre conflictos de clases cada vez más profundos y hace la lucha entre ellos más afilada y amarga.

Los líderes obreros que ocupen algunos pocos puestos de gobierno de ninguna forma significan lo mismo que la conquista del poder político por el proletariado. Puede significar dinero en el bolsillo para individuos o ayudas a la clase pero siempre se mantiene como el fin de la burguesía, un medio para corromper y engañar al proletariado. Solamente un gobierno compuesto enteramente de representantes de los partidos y organizaciones obreras (incluyendo a los trabajadores intelectuales) merece el nombre de gobierno obrero. Porque semejante gobierno solamente puede ponerse en pie como el fruto de fuertes movimientos de la consciencia de clase y luchas en las que la mayoría explotada confronta con la minoría explotadora y la existencia de dicho gobierno exprese el crecimiento en el poder del proletariado. Esto sólo, defendido por todos los medios disponibles, es la base segura para un gobierno obrero que demuestra su derecho a existir en el hecho de que enérgicamente y a fondo sigue una política cuyo objeto es el bienestar de los productores y no las ganancias de los ricos que se llevan para ellos lo que otros producen.

Algo es seguro: el Gobierno Obrero significa un crecimiento en el poder político del proletariado pero de ninguna manera debe ser colocado en el mismo nivel que la conquista del poder político y estatal por parte del proletariado y el establecimiento de su dictadura. Para que el proletariado sea capaz de reclamar el poder polìtico y usarlo plenamente al servicio de su liberación, requiere el aplastamiento del Estado burgués y su aparato de poder. La maquinaria estatal burguesa corresponde por definición a los propósitos de poder para las clases explotadoras y poseedoras. Es inapropiado para las metas liberadoras del proletariado. Su carácter no cambia porque otra clase toma el control del aparato y lo deja funcionando. El proletariado debe crear en el sistema de consejos un Estado que exprese su poder y su dominación de clase a través de los órganos necesarios.

En contraste con esto, el gobierno obrero no destruye el Estado burgués, y sería una peligrosa autodecepción si los trabajadores se convencieran a si mismos o se dejaran convencer de que el gobierno obrero hace posible ‘vaciar’ el Estado burgués desde adentro. Así como el poder de la burguesía en la economía no se puede ‘vaciar’, eso tampoco puede ocurrir en el Estado. En ambas esferas su poder debe ser superado, aplastado, y eso solamente puede ser logrado por la fuerza del proletariado y no por la astucia del gobierno más astuto. El Gobierno Obrero es el intento de forzar al Estado burgués en el marco de sus limitaciones históricas esenciales, para servir los intereses históricos del proletariado.

La consigna del Gobierno Obrero, en consecuencia, se conecta con las ilusiones que las más amplias masas del proletariado, y particularmente las capas proletarizadas recientemente, tienen sobre la naturaleza y valor del Estado burgués democrático. Es una consigna política del período de transición del capitalismo al socialismo y el comunismo, y refleja dos cosas: primero, qué poco claro e indefinido es el conocimiento de la mayoría del proletariado sobre la naturaleza de la sociedad burguesa, su Estado y las condiciones de su propia liberación; y segundo, que un giro en la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado en favor de este último ha empezado pero aún no ha llegado a su fin. La correspondiente nueva relación es inestable y cambiante porque la crudeza de la consciencia del proletariado obstaculiza el completo y deshinibido despliegue del poder de la clase obrera en la lucha revolucionaria.

Está claro que la situación que se caracteriza por estos dos factores está llena de dificultades y peligros para las secciones individuales de la Internacional Comunista y, en consecuencia, para el proletariado mundial al que está llamada a dirigir. ¿Puede, en efecto, la consigna del gobierno obrero causar confusión en el campo de los comunistas, sacudir su certeza sobre su objetivo y su camino, causar una incorrecta aplicación de nuestras fuerzas y por ende su despilfarro, disminuyendo nuestra habilidad para liderar a las masas desposeídas a través del camino correcto? ¿Pueden, en efecto, ganar nuevos apoyos y emerger más fuertes, a través del uso de esta consigna, las viejas ilusiones burguesas reformistas cuya total destrucción es tarea de los comunistas? ¿Acaso todo esto no va a frenar el proceso de clarificación y auto-consciencia del proletariado, que es la precondición para que coloque toda su fuerza para conquistar el poder político y establecer su propia dictadura para destruir un capitalismo explotador y esclavizador?

Decidir estas cuestiones tiene enormes consecuencias, cargadas de responsabilidad. Lo esencial de la cuestión no es el apoyo de un Partido Comunista a un Gobierno Obrero, sino más bien el ingreso de los comunistas al mismo gobierno y, por lo tanto, la toma de responsabilidad por sus políticas. De acuerdo con las circunstancias, responder a todas estas preguntas positivamente – y por ende rechazando el gobierno obrero – puede separar a los comunistas de las masas de trabajadores, puede sacudir y temporalmente ahogar su creciente confianza de que siempre y en todos lados nos paramos junto a ellos, y vamos adelante con ellos cuando es correcto pelear contra un tenaz capitalismo y su poder. Si desechamos al gobierno obrero, los charlatanes burgueses y reformistas van a decirles a los trabajadores que no somos serios con todas las demandas que levantamos para aliviar las más urgentes necesidades diarias de los explotados y oprimidos, y que nos rehusamos a crear la fuerza que podría estar en la posición para llevarlas adelante. Si la Internacional Comunista responde a estas cuestiones dudosas inequívocamente por la negativa y propaga la consigna del Gobierno Obrero, no está excluido que alguna sección caiga presa del peligro de pagar el costo por la creación de un gobierno obrero con el abandono de importantes principios partidarios y de las condiciones esenciales para la creación de una fuerte conciencia de clase proletaria. Es posible que cubra con su nombre y reputación una política de cobardía y traición dirigida a ‘salvar’ al gobierno obrero. Semejante política no sólo comprometería al partido sino al comunismo en sí mismo.

Es, por lo tanto, entendible que nuestra Internacional no llegara a un acuerdo unánime cuando el Ejecutivo redondeó la consigna ¡Por el Frente Único Proletario! con ¡Por un Gobierno Obrero! Esta conclusión, obtenida de la lucha defensiva contra la gran ofensiva de los capitalistas, fue fuertemente cuestionada por muchos. Naturalmente, en particular por aquellos camaradas que también rechazan el Frente Único Proletario o lo aceptan de palabra como una amarga necesidad pero en sus corazones esperan que en su práctica le vaya como al Diablo y busquen evitar y limitarlo lo más posible, torturados por el miedo de ser ‘descarriados hacia un pantano oportunista’. Las razones que arguyen los oponentes al gobierno obrero son largamente las mismas que extrajeron de estos temores y usaron para pelear contra el Frente Único Proletario, refiriendo a la ‘especial situación’ de su Partido Comunista en su país. Ya han sido manifestadas en números anteriores de este periódico y no necesitan ser repetidas.

Artillería más pesada que estos típicos argumentos puede ser traída a colación contra el gobierno obrero. Es la muy mala experiencia que el proletariado de distintos países ha atravesado con los denominados gobiernos obreros. En Australia, un gobierno obrero se puso en pie sobre la base de las arenas movedizas de una combinación parlamentaria que era correcta. Luego, en vez de alzar y solidificar el poder de clase de los obreros, lo limitó y debilitó, no solamente con cadenas legales sino también confundiendo y entorpeciendo la consciencia de clase proletaria. Honró al proletariado con cortes de arbitraje y juntas de conciliación, que hicieron virtualmente imposibles las luchas salariales y las huelgas – o al menos significativamente más difíciles -, y por ende entregaron los trabajadores a la explotación atados de pies y manos. Generalmente la política del gobierno obrero significaba comedores de beneficencia para los obreros y nutritivas comidas para la burguesía. Se pagó por tolerar la total subordinación a la burguesía.

En verdad, las acciones de los gobiernos obreros en Brunswick, Turingia y Sajonia fueron una mayorìa de social-demócratas e independientes que tuvieron y tienen el timón del Estado en sus manos, y nada más digno de alabanza – ¡todo lo contrario! Las políticas de estos gobiernos obreros fueron y son un ejemplo shockeante de lo que un gobierno obrero no debería ser. Solamente son gobiernos obreros de nombre, teniendo sólo la característica superficial de haber sido construidos por representantes de los dos partidos reformistas alemanes. Sus políticas los definen como burgueses hasta las entrañas. Desde rechazar medidas de largo alcance para pelear contra la miseria de masas a costa de los grandes negocios, comerciantes, especuladores y usureros, hasta bloquear el parlamento sajón contra movilizaciones obreras, la violenta represión a los huelguistas en Brunswick, el uso de la ‘Technische Nothilfe’ (una organización de canallas sostenidos por el Reich) contra obreros rurales en huelga en Turingia, y el rechazo al derecho a huelga de los funcionarios públicos – basados en Groener y Wirth. Y todo eso en una situación que es objetivamente revolucionaria y grita por la más feroz puesta en pie por los intereses del proletariado en todos los aspectos.

¡Los rastros nos aterrorizan! [Lo que hemos visto nos aterroriza pero no es la película completa]. Un Partido Comunista cometería suicidio si se paseara entre los confortables y bien-nacidos caminos de los partidos obreros reformistas avergonzados de la revolución, sus pretendidos estadistas, y dentro de los gobiernos obreros y gobiernos ‘puramente’ social-demócratas. Pero mirando más de cerca, las debilidades, estupideces y crímenes de dichos gobiernos obreros como los conocimos hasta ahora en ninguna forma, necesariamente, habla en contra de un gobierno obrero en la concepción comunista, que puede nacer de de la vanguardia y de la lucha de las grandes masas del proletariado, y debe vivir y actuar en estrecha alianza con la vanguardia y la pelea de esas masas. Sólo confirman que los partidos obreros reformistas se han mostrado hasta ahora como totalmente incapaces de desarrollar una política obrera de gran estilo. En la presente hora histórica, una verdadera política obrera debe ser una política revolucionaria, la más aguda política de lucha contra la burguesía, orientada al reforzamiento del poder del proletariado. Los Scheidemanns y Dittmans de segundo rango [lideres de la mayoría y de la socialdemocracia independiente] han mostrado que – como el proverbio italiano dice – ‘el hábito no hace al monje’. Sin embargo, el gobierno obrero no es un concepto fijo y fosilizado que domina la vida política. Puede ser tanto un componente de la más vívida vida política si es y permanece la expresión no falsificada de la vida histórica de la clase proletaria, la expresión de una consciencia en desarrollo y de una voluntad de poder del proletariado. Pelear por un gobierno obrero y, si las condiciones son las adecuadas, entrar en él, la participación en él puede ser una tarea, una necesidad para los Partidos Comunistas.

Las experiencias precedentes arrojaron algo de luz sobre qué es significativo sobre la disputada cuestión. Hay diferentes tipos de gobiernos obreros, que van de una coalición de verdaderos partidos obreros con partidos burgueses reformistas a través de una coalición socialdemócrata ‘pura’. Pero no cualquier tipo de gobierno obrero puede servir aunque sea como propaganda y lema de agitación de los comunistas, colocado como un objetivo de la lucha. Es decisivo para la política de los comunistas hacia un gobierno obrero no su composición de partidos políticos sino la política que implementa. Las políticas de un gobierno obrero van a estar definidas, de todas formas y en última instancia, por la actividad y pasividad de las masas proletarias, a través de la madurez de su consciencia y voluntad, y el correspondiente uso del poder. El proletariado recibe el tipo de gobierno obrero que está preparado a tolerar.

Entonces vemos un pensamiento ahistórico y mecánico que sólo funda su opinión en formas externas y fórmulas esquemáticas cuando, en nombre de los principios comunistas, la posición en el gobierno obrero depende de si es el producto de la lucha revolucionaria de las masas o el fruto de una combinación parlamentaria. Por más fuerte que deseemos la primer opción, no debemos pasar por alto que una formación parlamentaria también puede fomentar el avance del movimiento de masas y su actividad. Por cierto: sólo un impacto indirecto y más débil, pero aún así un impacto en la vida de la clase obrera. En Inglaterra, por ejemplo, existe la inminente posibilidad de que un gobierno obrero alcance el poder por medios parlamentarios sin grandes shocks o luchas revolucionarias. Solamente una verdadera transformación en la conciencia y posición de poder del proletariado debe haber precedido la consecuencia parlamentaria. Esta transformación presiona hacia una consistente política obrera, que no puede ser llevada a cabo sin una aguda confrontación con la burguesía. Entonces aparece que en Inglaterra, serios movimientos de masas revolucionarios no van a preparar el camino a un gobierno obrero sino que será por su acompañante y protector.

La consigna de nuestro Ejecutivo “¡Por un Gobierno Obrero!” contiene como su consecuencia final e ineludible la entrada de los comunistas en un gobierno obrero, trabajando juntos y compartiendo responsabilidades con organizaciones y partidos obreros no comunistas. No puede ser negado que que incluso tomando una activa posición por plantear un gobierno obrero, pero mucho más la participación en él, puede incrementar el peligro para los comunistas en convertirse en prisioneros de un banal oportunismo y vendiendo los fundamentos comunistas de nuestra política por sucesos cotidianos, de corto alcance. Ell peligro de caminar en un pantano oportunista se adhiere no solamente por la entrada en un gobierno obrero pero mucho más a cualquier actividad que se coloca afuera del círculo sectario de las plegarias, uno que debería permanecer pequeño por el bien de la pureza.

La preocupación maternal de evitar los peligros conduce a un quietismo auto-suficiente, a una pasividad inmaculada a través de la cual el Partido Comunista se aísla de las masas, pierde su contenido histórico vívido y cae como presa a la fosilización. Por su esencia, la tarea de los Partidos Comunistas es que ellos mismos desenvuelvan la actividad revolucionaria más alta políticamente y, a través de esto, a través de su propia actividad para lograr el desarrollo de la actividad más alta de las masas proletarias, como un acero dibujando las chispas de ignición de un pedazo de pedernal. Es bastante no-comunista renunciar al trabajo y la lucha por los peligros inevitables. De lo que se trata es de lidiar con los peligros. Los peligros inherentes a la situación – caer por medio de la práctica de un gobierno obrero en un oportunismo ocupado y sin resultados – son combatidos de la mejor forma (junto a la fuerte unidad ideológica y organizativa del Partido Comunista y su estricta disciplina) persiguiendo una fuerte actividad orientada por objetivos y el más íntimo vínculo orgánico con las masas proletarias.

Tan ahistórica como el rechazo al gobierno obrero por miedo al oportunismo es la concepción de que el gobierno obrero debe ser, bajo todas las circunstancias, un estadío transicional entre el Estado burgués y el Estado obrero, un inevitable y no desagradable ‘sustituto’ para la dictadura del proletariado. Un gobierno obrero ciertamente puede pero de ninguna forma debe ser una etapa transicional hacia el poder de la clase proletaria. La historia de la Revolución Rusa lo prueba. Con la tremenda agudización del conflicto de clases en el mundo capitalista desarrollado y la creciente agudeza de la lucha de clases, se puede desenvolver un relativamente rápido giro en la relación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado que puede dirigir directamente a que éste conquiste el poder e instituya su dictadura. Además, también se excluye que el Congreso Mundial de la Internacional Comunista proclame el gobierno obrero como una meta fundamental y objeto de lucha por el cual se debe pelear en cualquier circunstancia. Gobierno Obrero como ‘reemplazo de la dictadura’ es una cómica concepción que ignora que uno no puede poner nuevo vino en viejas botellas. El contenido histórico de la dictadura del proletariado debe tirar abajo el Estado de la clase burguesa, incluso uno democrático-burgués.

En, fácilmente, la mayoría de los países bajo la dominación capitalista, el gobierno obrero aparece como la culminación máxima de la táctica del Frente Único, como la propaganda y la consigna de guerra de la hora. Las condiciones concretas en cada uno de estos estados decidirán cómo y bajo qué condiciones el lema puede convertirse en un objetivo de lucha. Podemos concebir situaciones, los contextos en cuales los Partidos Comunistas deben luchar y dar batalla para entrar a un gobierno obrero aun bajo circunstancias muy difíciles. Las condiciones para esto, serán diversas y diferentes. Estas no pueden ser especificadas en “reglas” de antemano. Aún como siempre ciertos factores deben ser decisivos: la limpieza de la cara que presenta el Partido Comunista; la independencia de la política comunista; los fuertes lazos con las masas; una orientación para profundizar y acelerar el proceso de toma de conciencia en la clase obrera y, por ende, el crecimiento de su poder. Por supuesto, esta es una precondición para la política revolucionaria de un verdadero gobierno obrero que se apoya en el poder organizado de los trabajadores, armados para la lucha, fuera del Parlamento. Donde la práctica del Frente Único Obrero empuja hacia adelante al gobierno obrero, éste puede – si es correctamente concebido e implementado, ser un paso adelante hacia la dictadura del proletariado. Amolar eso será decidido no sólo por las condiciones dadas, sino también el entendimiento y la voluntad de los partidos comunistas, que se convierten en un acto de voluntad y comprensión de las masas. Pongámoslo a prueba, ¡actuemos!

Anuncios