Las enseñanzas de Stalin, guía luminoso para los comunistas españoles

La guerra nacional revolucionaria de España mantuvo a las fuerzas progresistas y revolucionarias de todo el mundo en alta tensión durante dos años y medio. El pueblo español sostuvo una magnífica lucha armada en defensa de sus conquistas revolucionarias y de su independencia nacional contra un enemigo superior; una lucha que fue larga, obstinada y rica en heroísmo.

Un frente unido de toda la reacción internacional, un frente unido de los grandes poderes imperialistas, cristalizó en la práctica contra la España revolucionaria. Estos poderes -algunos abiertamente, otros en una forma más o menos disimulada-, siguieron la política de intervención en gran escala en contra del pueblo español. Para ayudar a la reacción a estrangular la heroica lucha de la España revolucionaria, los dirigentes de la II Internacional unieron sus fuerzas a las de la reacción, y el traidor Blum, en nombre de la II Internacional y a exigencias de los imperialismos inglés y francés, ató el nudo de la «no intervención» al cuello del pueblo español.

Esta lucha del pueblo español fue ahogada por las fuerzas unidas de la reacción que atacaron al país. Sin embargo, la heroica resistencia de la España revolucionaria, escrita en letras de fuego, vivirá para siempre en la memoria del proletariado español e internacional, en la memoria de las masas trabajadoras, en la memoria de los pueblos subyugados y esclavizados por el capitalismo. Las lecciones de la heroica lucha del pueblo español les ayudarán a comprender mejor la naturaleza del capitalismo, instigador de guerras de pillaje. Estas lecciones les servirán como arma en la lucha contra las clases explotadoras, en la lucha contra la actual guerra imperialista.

El pueblo español encontró energías para resistir a fuerzas superiores durante tanto tiempo, porque luchaba por una causa justa, porque amplias masas tomaron parte activa en esta lucha con ardiente entusiasmo, sin escatimar sacrificio, con inagotable iniciativa; y porque la movilización de las masas de la España revolucionaria, de los trabajadores unidos en el Frente Popular, levantó una ola de solidaridad internacional en todos los países y encontró un apoyo ilimitado, moral y político, principalmente entre los pueblos de la Unión Soviética.

Esta amplia movilización de los obreros, de los campesinos, de la pequeña burguesía urbana y de los intelectuales progresistas, no hubiera sido posible sin el trabajo consistente del Partido Comunista, sin su correcta línea política marxista-leninista.

El Partido Comunista fue capaz de desarrollar esta línea política y de ponerla en práctica, convirtiéndola en la espina dorsal de la lucha del pueblo español, porque siempre se esforzó en seguir las enseñanzas de Marx, Engels, Lenin y Stalin y en aplicar, a las condiciones concretas de España, los principios tácticos del leninismo que fueron desarrollados y complementados por Stalin.

La situación concreta en que se desarrolló la lucha y la estrategia de los comunistas
El camarada Stalin nos enseña que el punto de partida para el desarrollo de una línea política justa es:

«… el principio de tomar en consideración las particularidades nacionales y los rasgos específicos nacionales de cada país». (Stalin, Comentarios sobre temas de actualidad).

¿Qué quiere decir esto? Esto quiere decir que no es bastante aprender de memoria varias tesis y enseñanzas del marxismo-leninismo para evitar los errores políticos, sino que es indispensable para el Partido Comunista analizar la situación concreta interior e internacional con el mayor cuidado y estudiar con gran seriedad su acción recíproca y su alineamiento. Únicamente un análisis que no sólo hace una comparación general de la situación en un momento dado con la de otras épocas y en otros países, sino un análisis que también toma en cuenta los rasgos y características específicas de la situación, puede servir como punto de partida para la formulación de una línea política justa.

¿Cuál es la situación concreta? ¿Y cuáles eran los rasgos específicos en el momento del levantamiento de los reaccionarios españoles y durante el período de intervención?

Primeramente, España era un país agrario, de tipo pequeño-burgués, con considerables restos de feudalismo. Este carácter general del país no fue cambiado durante los cinco o seis años de revolución democrático-burguesa (desde abril del 31 a julio del 36), que precedió a la guerra nacional revolucionaria. 59% de la población trabajadora se dedicaba a la agricultura y solamente un 20% a la industria, transporte y comercio. El resto de la población estaba empleada en el aparato administrativo del Estado o municipio, en el ejército o en las llamadas profesiones liberales.

La propiedad de la tierra era la mejor indicación del carácter campesino pequeño-burgués del país, con una fuerte influencia feudal en la vida económica y política.

El 2% de los propietarios de tierras que pueden ser llamados grandes terratenientes (más de 100 hectáreas) poseían el 67% de la tierra cultivable. A este grupo pertenecían los enormes latifundios del Duque de Alba, con 96.000 hectáreas, del Duque de Medinaceli con 79.000 hectáreas, del Duque de Peñaranda con 52.000 hectáreas, y otros. 86% de los propietarios de la tierra (más de 10 hectáreas) poseían juntos 15% de la tierra cultivable. Este cuadro se hace mucho más claro todavía si añadimos que el 39% de los propietarios de tierras poseían menos de la hectárea y que esta enorme masa de campesinos empobrecidos poseía solamente el 1,1% de la tierra cultivable. Junto a éstos había 2.500.000 campesinos que no tenían tierras en absoluto. Una parte considerable de los campesinos, que figuraban como poseedores de tierras en las estadísticas, en realidad no eran sino arrendatarios y subarrendatarios, los llamados «rabasaires», un sistema de arrendamiento que refleja claramente el carácter semi-feudal de la agricultura española.

La Iglesia Católica, consorte del feudalismo, poseía casi una parte de la riqueza del país y una tercera parte de la tierra cultivable. Había 200.000 sacerdotes en España. Frente a las 35.000 escuelas que existían en España, había un total de 38.000 iglesias, monasterios y capillas.

De los 24.500.000 habitantes, 7.000.000 pertenecían a las minorías nacionales de Cataluña, País Vasco y Galicia. El problema nacional fue solamente resuelto en parte por la República. Su solución completa seguía todavía en pie.

La industria pesada y la construcción mecánica, barómetro del nivel económico de todos los países, estaba ligeramente desarrollada. La industria ligera (elaboración de productos agrícolas, industria textil, etc.) que empleaba un 67% de un total de 1.900.000 obreros industriales, ocupaba una posición dominante en el desarrollo económico de España. En la industria ligera la producción artesana jugaba un papel excepcionalmente grande; en la industria textil predominaban los pequeños y medios fabricantes. En otras palabras, la industria ligera no constituía grandes concentraciones. Lo contrario ocurría en el caso de la industria pesada, especialmente minera (carbón, hierro, plomo, cobre, potasa, mercurio, etc.), donde el capital monopolista jugaba un papel decisivo.

España era un país capitalista que oprimía a pueblos coloniales; sin embargo, al mismo tiempo España era un país extraordinariamente dependiente del capital extranjero, un país que era el teatro de la lucha entre determinados poderes imperialistas que querían consolidar su propia influencia en este país a expensas de sus rivales.

Los fuertes remanentes del feudalismo dominaban especialmente en el ejército y en la marina, así como en el aparato del Estado, cuyos cuadros dirigentes, sobre todo los de más alta graduación, eran reclutados entre la vieja nobleza.

Las consecuencias históricas de este atraso de España, así como de su pasado medieval que no había sido completamente superado -provincianismo, cantonalismo, regionalismo-,se dejaban sentir en cada momento. El provincianismo no sólo ponía su sello en la vida económica y política del país, sino que también influenciaba el movimiento obrero que estaba más desunido que en ningún otro país de Europa. El famoso caciquismo español predominaba en el aparato del Estado, así como en los pueblos, en las municipalidades, en los partidos políticos de la burguesía y de la pequeña burguesía, incluyendo el Partido Socialista; en los centros sindicales de la U.G.T y de la C.N.T. Muchas provincias y ciudades estaban bajo el control de una camarilla de gentes poderosas e influyentes que gobernaban sin miramientos o impedimentos de ninguna clase.

Aunque la revolución democrático-burguesa duró más de seis años, las tareas básicas concernientes a la revolución permanecieron sin resolverse, en primer lugar la cuestión agraria… De los 4.000.000 de campesinos pobres y obreros del campo, solamente 150.000 recibieron tierras y esto de una manera insuficiente, sin los necesarios aparejos e instrumentos para su cultivo. La Iglesia fue separada formalmente del Estado, pero conservó sus bienes materiales y por lo tanto una parte considerable de su influencia enla vida política. El ejército siguió siendo lo que era: el viejo ejército reaccionario dominado por el espíritu de casta, un nido de contrarrevolución. Las condiciones de la clase trabajadora no habían cambiado.

La clase obrera y las masas campesinas reaccionaron ante el sabotaje de los capitalistas y terratenientes con huelgas combativas y otros métodos de lucha, sin recibir, sin embargo, el apoyo necesario del Gobierno, integrado por representantes de los partidos republicanos, para liquidar las maquinaciones contrarrevolucionarias de la burguesía, de los terratenientes y de los militares que preparaban secretamente un levantamiento.

Esta caracterización de la situación interna debe ser complementada con algunos de los más importantes rasgos de la situación internacional en que tenía lugar la lucha del pueblo español. la situación internacional estaba caracterizada por la intensificación de las contradicciones entre los diferentes poderes imperialistas, a pesar de que ésta intensificación no les había llevado hasta el desencadenamiento de la guerra. En otras palabras, había todavía la posibilidad de formar un frente único de la reacción contra la España revolucionaria.

Estas particularidades de la situación interna de la República Española, así como las de la situación internacional, fueron de importancia decisiva para las tareas estratégicas de la clase trabajadora. Para el Partido Comunista estaba claro que en un país atrasado como España, cuyos problemas democráticos estaban todavía sin resolver, y que se enfrentaba con la necesidad de extender las bases sociales de la lucha dentro del país, así como las bases de la solidaridad internacional, no se podía plantear como tarea inmediata la revolución socialista. Por esta razón el Partido, basándose en el análisis de la situación y en la estimación concreta de la correlación de fuerzas internas, se impuso la tarea de desarrollar y completar la revolución democrático-burguesa.

Este fin podía solamente alcanzarse transformando la República democrático-burguesa en una República democrática de tipo nuevo, en una República sin grandes capitalistas ni terratenientes, una República del pueblo en la que el poder no estuviera en manos del bloque de la burguesía y los terratenientes, como en la República establecida el 14 de abril de 1931, sino en manos del bloque de la clase obrera, los campesinos, la pequeña burguesía de la ciudad, las minorías nacionales; un bloque en el que el proletariado estaba destinado a jugar un papel dirigente.

El Partido Comunista comprendió que el desarrollo de la revolución democrático- burguesa era un requisito decisivo para interesar a amplias masas de obreros, campesinos y pequeños burgueses en la lucha armada contra la reacción española y la intervención extranjera, y que, más aún, solamente una victoria militar sobre este enemigo haría posible completar la revolución democrático-burguesa y así crear los requisitos necesarios para la victoria de la clase obrera.

La táctica de los comunistas durante la guerra nacional revolucionaria
El camarada Stalin también nos enseña que para elaborar una línea política justa y ponerla en práctica no es suficiente limitarse al análisis concreto de la situación en cada país y en cada período de lucha. Solamente un análisis correcto puede ser la base, el punto de partida indispensable para una línea política justa. Junto a esto es necesario tomar en cuenta:

«El principio sobre la base del cual el Partido Comunista debe utilizar aún la más pequeña posibilidad para asegurar aliados de masa al proletariado, aunque estos aliados sólo sean temporales, sean vacilantes, insuficientemente firmes e inseguros».(Stalin, Comentarios sobre temas de actualidad).

El proletariado en España tenía aliados de masa. El Partido Comunista desarrolló una lucha consistente para ganar estos aliados al lado del proletariado. Toda su táctica, durante todo el período de la guerra nacional revolucionaria, estaba penetrada del esfuerzo para atraer y mantener estos aliados del proletariado.

Pero para capacitar a la clase obrera, para atraer aliados de masa, mantenerlos y dirigirlos por cada vuelta y encrucijada del camino y por todas las dificultades de la guerra, para lograr poner a la clase obrera en condiciones de hacer desaparecer todas las fricciones y conflictos y eliminar los obstáculos a lo largo del camino, era necesario tener un Partido revolucionario, un Partido que hubiera acumulado suficiente experiencia, que fuera firme y disciplinado, un Partido que dominara la teoría revolucionaria avanzada. La clase obrera necesitaba un verdadero Partido Comunista. Solamente un Partido así era capaz de asegurar la unidad de la clase obrera y confiar en su propio poder durante la lucha, así como en su hegemonía en la revolución democrático-burguesa, en la lucha por la independencia nacional. Nosotros, los comunistas, luchamos por la creación de ese partido.

Un requisito decisivo para que la clase obrera llevara a cabo su papel dirigente era la unidad revolucionaria del proletariado. El proletariado español estaba dividido. Además de esto, el Partido Comunista entró en el campo de batalla cuando ya otros Partidos, por ejemplo los socialdemócratas y los anarquistas, habían alcanzado gran influencia entre las masas obreras. En algunas provincias, como en el País Vasco y Galicia, una parte considerable de los trabajadores estaban bajo la influencia de los Partidos burgueses nacionalistas. La mayoría de la clase obrera estaba organizada en dos grandes centrales sindicales: la U.G.T. y la C.N.T., que habían tenido un profundo arraigo en el movimiento obrero español durante largo tiempo. Pero estas dos centrales sindicales marchaban separadamente, cada cual por su camino y en no pocas ocasiones tuvieron fuertes luchas entre sí.

Todo esto nos prueba que el problema de realizar la unidad del proletariado en España era diferente de como lo fue, por ejemplo, en la Rusia pre-revolucionaria. Allí, como el camarada Stalin señala, el Partido político de la clase obrera nació antes que los sindicatos. Allí, el Partido político dirigía directamente las luchas del proletariado en todas las esferas, incluyendo las luchas económicas.

La situación era diferente en los países capitalistas de la Europa Occidental y en España, donde los sindicatos nacieron mucho antes que los partidos obreros. Esta particularidad de los movimientos obreros del Occidente tenía una expresión más aguda en España que en los otros países. Sobre todo desde que el anarquismo, que había penetrado profundamente en el movimiento obrero, realizaba una lucha sistemática contra la participación de los obreros en la política y había hecho todo lo que estaba en su mano para evitar que las masas proletarias comprendieran el papel decisivo de un Partido revolucionario en el movimiento obrero.

Los bolcheviques que, bajo la brillante dirección de Lenin y de Stalin, han creado un partido revolucionario de nuevo tipo, fueron capaces desde el comienzo del movimiento obrero de evitar, por su lucha irreconciliable contra los mencheviques, que éstos tomaran arraigo en las secciones decisivas del movimiento obrero y de este modo pudieron asegurar la unidad revolucionaria de la clase obrera bajo la dirección del Partido Bolchevique. En España la situación era diferente. El Partido Comunista de España tuvo que forjar esta unidad durante la guerra. Tuvo que compensar por todo cuanto había sido descuidado mucho antes y fue necesario, por lo tanto, tener en cuenta el poderoso papel que los sindicatos tradicionalmente jugaban en el movimiento obrero, y después del levantamiento militar, en la vida de todo el país. El Partido Comunista consiguió éxitos parciales en el camino de la unidad de la clase trabajadora (unidad de acción entre la U.G.T. y la C.N.T.) pero no consiguió su fin principal y en primer lugar porque las camarillas de políticos, reformistas y anarquistas, profundamente metidos en los aparatos de estas dos organizaciones sindicales, no se identificaban con los intereses de la clase obrera sino que ellos no querían llevar la lucha a un fin victorioso; por el contrario, intentaban llevarla a la capitulación. La falta de unidad sindical debilitaba la unidad de la clase obrera y evitaba que el proletariado jugase el papel decisivo en la revolución democrático-burguesa y en la lucha por la independencia nacional.

El más importante aliado que el Partido Comunista debía atraer junto al proletariado eran las grandes masas de campesinos. Desde el primer día de la revolución democrático-burguesa, el Partido luchó por solucionar el problema agrario; al mismo tiempo, por la liquidación de los remanentes feudales que estaban muy extendidos y profundamente arraigados en el país, para de este modo poder establecer una firme alianza entre la clase obrera y los millones de campesinos.

Nuestro Partido fue el único Partido político que en España comprendió la necesidad vital de esta alianza. Fue el único Partido que levantó la consigna de la confiscación de las grandes propiedades de la Iglesia y del Estado, sin indemnización, así como la consigna de la libre distribución de esta tierra entre los campesinos y los agricultores pobres. Solamente en el curso de la guerra le fue posible al Partido dar una solución a este problema principal de la revolución democrático-burguesa de un modo revolucionario; para eso se basó en la determinación revolucionaria de las masas campesinas de apoderarse de la tierra. El Decreto dictado por el Ministerio comunista de Agricultura, el 7 de octubre de 1936, solucionaba fundamentalmente el problema agrario de la zona republicana libre de las leyes de Franco. 4.860.386 hectáreas junto con los necesarios aparejos de trabajo pasaron a manos de los campesinos pobres y de los obreros agrícolas [1]. Además, concediendo créditos y semillas, así como con una ayuda de medios técnicos, el Ministro de Agricultura les proporcionó una intensa ayuda material. El Partido Comunista, esforzándose por mantener una estrecha alianza con los campesinos, tuvo en cuenta que la gran mayoría de éstos no estaba todavía preparada para cultivar la tierra colectivamente. Fue entonces necesario sostener una obstinada y tenaz lucha contra los anarquistas, así como también contra los anarco-socialistas que propagaban la política aventurera de la sindicalización y colectivización forzada de la tierra. Gracias a esta política consistente y trabajo práctico del Partido Comunista, estos enemigos del campesinado que tanto daño hicieron al principio de la guerra, no pudieron llevar a cabo sus fines. La alianza entre la clase obrera y los campesinos se fortaleció y aseguró.

A pesar de haber asegurado esta alianza con las masas campesinas, el problema de los aliados no estaba sin embargo completamente resuelto. También era necesario atraer a partes de la pequeña burguesía que, por una u otra razón, estaban interesados en la lucha por la independencia nacional de España. La política del Frente Popular, así como el esfuerzo del Partido Comunista por ensanchar la base social del Frente Popular para convertirlo en un frente nacional, estaba determinada por la necesidad de establecer un amplio frente de lucha de todo el pueblo bajo la dirección de la clase obrera.

Como nuestro Partido fue directamente a las masas del pueblo y de los soldados y les explicó su posición, que difería de la de los otros partidos y organizaciones del Frente popular, nuestro Partido pudo llegar con éxito a su meta. De esta manera consiguió tener influencia en los otros Partidos y organizaciones e inducir a sus dirigentes para que tomaran el camino señalado por los comunistas y deseado por las masas. La unificación de las Juventudes Socialistas y Comunistas tuvo una excepcional importancia para la consolidación de la unidad de las fuerzas del pueblo y para la extensión de nuestras posibilidades de lucha. Las Juventudes Socialistas Unificadas dieron al movimiento decenas de miles de luchadores que se sacrificaron y eran leales y devotos a la causa de nuestro pueblo.

Desde los primeros días de la rebelión el Partido Comunista comprendió que era necesario tener una fuerza bien armada, un ejército para la lucha contra un enemigo tan poderoso como el nuestro. Este convencimiento estaba reforzado por las experiencias de la guerra civil en la Unión Soviética y por la intervención extranjera. Nos guiábamos por las palabras que el camarada Stalin pronunció en el VIII Congreso del Partido Bolchevique, cuando la guerra contra los intervencionistas estaba todavía en pleno vigor:

«O creamos un verdadero ejército obrero-campesino -y predominantemente campesino-, un ejército rigurosamente disciplinado, y defendemos la República o perecemos». (Historia del Partido Comunista (Bolchevique) de la U.R.S.S.).

El V Regimiento, formado por el Partido Comunista, fue la base para la realización de nuestra línea encaminada a dar al pueblo una formación política firme y un entrenamiento militar. La composición social del V Regimiento, su organización, su disciplina, su capacidad de lucha y heroísmo, fueron los mejores argumentos para convencer a las amplias masas, cuya hostilidad hacia los militares estaba fuertemente arraigada en el odio al antiguo ejército, de que la creación de una fuerte organización militar era indispensable, pues sin ella la posibilidad de una lucha victoriosa contra la reacción interna y extranjera era completamente inconcebible.

A base de sus diarias experiencias, el V Regimiento pudo deshacer las «teorías» de los socialdemócratas y anarquistas, quienes por su incapacidad para comprender la tarea de la transformación de nuestra guerra civil en una guerra nacional revolucionaria, se resistían obstinadamente a la creación de un ejército, «basándose» en que España era un país de guerrilleros y no de soldados y que sus ejércitos siempre habían actuado contra los intereses del pueblo. Un fuerte golpe recibieron los planes de los dirigentes de los partidos republicanos y los militares que querían simplemente unir los remanentes del viejo ejército. El Partido Comunista sabía cómo vencer la resistencia de todos éstos y asegurar la creación de un ejército regular popular. La creación de un ejército regular popular siguió a la disolución del V Regimiento. Los 70.000 luchadores del V Regimiento fueron el núcleo y el alma de este nuevo ejército. Miles de los mejores comandantes y comisarios del ejército del pueblo salieron del V Regimiento.

Sin embargo, con la creación del ejército nuevas tareas surgían para el Partido Comunista. La lucha por las reservas necesarias debía continuar, y era necesario proteger la unidad política del ejército contra los ataques diarios y las intrigas de los dirigentes de los Partidos Socialista y Republicano y de los anarquistas.

La línea seguida por el Partido en el problema de la organización de la economía estaba determinada por las necesidades de la guerra, así como por la necesidad de utilizar todas las posibilidades para mantener unidos a los aliados. La guerra exigía la concentración de los más importantes recursos económicos del país en manos del gobierno. Sin embargo, estos objetivos debían ser alcanzados sin debilitar la alianza de la clase obrera con los campesinos, la pequeña burguesía, así como una parte de la burguesía. Por esta razón, el Partido Comunista formuló el problema de la nacionalización de tal modo que no afectase a todas las industrias, sino sólo aquellas empresas que habían sido abandonadas por sus dueños, que estaban en relación con la rebelión contrarrevolucionaria, además de las empresas vitales, principalmente las industrias de guerra y los transportes (ferrocarriles, transportes marítimos y transportes por carretera).

Los comunistas pedían coordinación en las principales ramas de la economía y por esto propusieron el establecimiento de un Consejo Supremo de Economía. Los comunistas combatieron las expropiaciones y «colectivizaciones» de las pequeñas fábricas, una práctica que estaba muy en boga entre anarquistas y caballeristas. El Partido Comunista realizó una política que hacía posible la completa utilización de todos los recursos del país sin rechazar a los aliados, al mismo tiempo que fortaleciendo el papel dirigente de la clase trabajadora en el desarrollo de la vida económica.

El Partido Comunista luchó por el establecimiento de un fuerte gobierno del pueblo, de un gobierno capaz de vencer todas las dificultades y obstáculos y de unir y utilizar todas las fuerzas progresistas y los recursos del país en interés de la victoria del pueblo español. Luchó por un gobierno del pueblo que expresara la unión de la clase obrera con las otras capas sociales de la población que estaban interesadas en la lucha por la independencia nacional. Luchó por un gobierno en el cual el papel dirigente estuviera reservado a la clase obrera. El Partido Comunista hizo todo lo que estaba en su poder por destruir el viejo aparato del Estado y establecer uno nuevo al servicio del pueblo. Un tal gobierno del pueblo, fuerte, y un tal aparato del Estado, indispensables instrumentos para la política destinada a garantizar la victoria, no pudo conseguirse sin embargo por la falta de unidad revolucionaria de la clase obrera, por las intrigas y el sabotaje de los dirigentes socialdemócratas, anarquistas y republicanos.

El Partido Comunista tuvo en cuenta la gran importancia del principio táctico formulado por el camarada Stalin, concerniente a la necesidad de asegurar aliados de masa para la clase trabajadora. Nuestros aliados, como por ejemplo los nacionalistas vascos y catalanes y también los republicanos españoles, fueron siempre vacilantes; probaron que eran inestables y titubeantes. El Partido Comunista consiguió mantener a los aliados al lado de la clase obrera durante un largo tiempo. Sin embargo el Partido fue incapaz de mantener estos aliados de la clase obrera hasta el final de la guerra. Las vacilaciones de los aliados aumentaron particularmente en la última fase de la guerra; una parte hasta abandonó el Frente Popular en los momentos más difíciles. Esta fue una de las causas de la derrota de la España revolucionaria.

 La guerra en España fue una lección para las masas y también para los comunistas

Al determinar nuestra línea política y táctica, nosotros, comunistas españoles, tuvimos en cuenta los principios tácticos del leninismo formulados por Stalin:

«El principio ineludible de tener en cuenta la verdad de que, propaganda y educación solas no son suficientes para la educación política de millones, sino que la experiencia política de las mismas masas es necesaria». (Stalin, Comentarios sobre temas de actualidad).

La revolución democrático-burguesa, particularmente en el período de la guerra nacional revolucionaria, proveyó a las masas con una gran experiencia. En el curso de esta lucha, el proletariado reconoció su poder y su papel de clase dirigente. Las masas campesinas vieron en la clase obrera su nuevo aliado y mejor dirigente. Miles de nuevas gentes surgieron de lo más profundo de la clase obrera y del pueblo español, hombres que gracias a su heroísmo y a su habilidad, ocupaban el 80% y el 90% de los puestos de mando intermedios. En la industria y en la agricultura decenas de miles de hombres, mujeres y jóvenes revelaron su entusiasmo creador desarrollando un poder de producción hasta entonces desconocido en el país, y de este modo asegurando un trabajo ininterrumpido a pesar de que los centros de producción eran el principal y constante objeto de los ataques aéreos y de los bombardeos del enemigo.

La iniciativa de las masas, su entusiasmo y su abnegación fueron las condiciones previas para nuestras grandes operaciones militares; la defensa de Madrid es la evidencia más contundente de la voluntad y la energía del pueblo, que compensó los errores de los comandantes incompetentes, traidores más tarde, con su tremenda energía. Otra evidencia es la defensa de Levante, donde miles de combatientes lucharon durante semanas sin ninguna tregua; donde las masas, con la energía febril de la inspiración, transformaron los campos y colinas de Levante en zonas fortificadas cerrando en pocos días el camino a los invasores enemigos. Finalmente, debemos citar como ejemplo la batalla del Ebro, una de las mayores batallas de nuestra guerra, en la que miles de combatientes, soldados, comandantes y comisarios políticos se mantuvieron firmes durante más de cuatro meses bajo un fuego infernal y dieron un ejemplo que una vez más nos muestra el invencible poder de la clase obrera y sus capacidades creadoras.

En nuestra guerra, las masas adquirieron, con ejemplos vividos, un conocimiento que es de una importancia decisiva para la continuación de la lucha en nuevas condiciones. Las masas se dieron cuenta de la importancia de la unidad revolucionaria y comprendieron que la tarea de la clase obrera es asumir la dirección en la lucha de todo el pueblo. Comprendieron la importancia de una firme alianza con el campesinado. Después de las amargas experiencias de la política de «no intervención», comprendieron la importancia y la naturaleza esencial de las democracias burguesas como una forma del dominio capitalista. Se convencieron de que estas democracias no son sino un medio para engañar a las masas, una cortina de humo detrás de la cual se esconden los grupos dominantes de la reacción capitalista. Se convencieron con sus propios ojos de que la «teoría» y la práctica del anarquismo se hunden al primer contacto con la realidad de la revolución popular. Se convencieron de que la socialdemocracia lleva a la clase obrera a la derrota y que los dirigentes de la II Internacional traicionan los intereses del proletariado internacional, como traicionaron los intereses del pueblo español.

En su obstinada y heroica lucha, las masas reconocieron que no hay más camino para la liberación de la explotación y del yugo capitalista que la lucha revolucionaria. La clase obrera española reconoció que el internacionalismo proletario es la fuerza que une a la clase obrera en un frente único, contra el enemigo común. De las experiencias de su lucha también reconoció el profundo abismo que separa los Estados capitalistas del País del Socialismo. Por esto la idea del socialismo penetró profundamente en la conciencia de las masas, porque durante los días de más difícil lucha, sus más fieles amigos estuvieron junto a ellas. Por esto los trabajadores españoles pronuncian la palabra UNIÓN SOVIÉTICA y el nombre del camarada STALIN con profundo e inagotable amor.

Millones de obreros, campesinos e intelectuales han comprendido por primera vez el papel de un Partido revolucionario. Ellos vieron a este Partido en su trabajo diario en los puestos más peligrosos y reconocieron en él a una fuerza poderosa digna de confianza, capaz de defender los intereses de la clase obrera. Lo reconocieron como su propio Partido. Por esto es por lo que se unieron a él para resolver las tareas de cada día; por esto le apoyaron activamente y confiaron en él íntegramente.

Si las masas trabajadoras fueron capaces de comprender todo esto fue gracias a su propia experiencia, y a la dirección del Partido Comunista que se esforzó por elevar su conciencia de clase sobre la base de sus propias experiencias.

Si el Partido Comunista se convirtió en el Partido genuino de masas de la clase obrera, es porque no solamente educaba a las masas sino que también aprendía de ellas. Al hacer esto seguía las magníficas palabras del camarada Stalin:

«Nosotros, los dirigentes, vemos las cosas, los acontecimientos, las gentes, solamente de un lado, podría decir desde arriba; nuestra visión, por consiguiente, está más o menos limitada. Las masas, por el contrario, ven las cosas, los acontecimientos, gentes, desde otro lado, podría decir, desde abajo; su visión por consiguiente, también es en cierto modo limitada. Para llegar a la solución correcta de los problemas, estas dos experiencias deben combinarse. Solamente en este caso puede dirigirse correctamente». (Stalin, Informe al Pleno del C.C. del P.C.(b) de la U.R.S.S. Marzo de 1937).

Al principio de la revolución democrático-burguesa (abril de 1931) nuestro Partido no era más que una asociación de grupos esparcidos por todo el país a quienes faltaba claridad ideológica y estabilidad organizativa. El Partido creció en las luchas diarias, liberándose gradualmente del sectarismo y, en 1935, contaba ya con 20.000 miembros.

La activa participación del Partido en la lucha armada de Asturias, su trabajo por unir las fuerzas de la clase obrera, su papel de vanguardia por llevar las fuerzas progresistas del país a las filas del Frente Popular contra la reacción, que estaba preparando el establecimiento de una dictadura terrorista, todo esto animaba a miles de simpatizantes a unirse en las filas de nuestro Partido, de modo que contaba con 100.000 miembros la víspera del levantamiento organizado por los generales.

Cuando la lucha armada empezó, el Partido tenía que resolver tareas políticas y organizativas de la mayor importancia, sobre la marcha, por decirlo así: tareas que por su carácter y amplitud no tenían precedente. La guerra exigía cuadros del Partido para el ejército, para la industria, para el campo, para el aparato del Estado, para los sindicatos y para el trabajo diario del Partido; exigía cuadros firmes y capaces que comprendieran la nueva situación y fueran verdaderos guías y dirigentes de las masas.

El Partido Comunista creció y se fortaleció en la lucha armada en el frente y en la lucha contra los enemigos del pueblo en la retaguardia, contra la llamada quinta columna y los criminales contrarrevolucionarios trotskistas. El Partido creció y se fortaleció en la lucha contra los aventureros anarquistas y los oportunismos socialdemócratas.

El camarada Stalin nos enseña a vigilar sobre la unidad y la pureza ideológica del Partido. Nosotros sostuvimos una lucha sin cuartel contra las desviaciones en nuestras filas; nosotros fortalecimos la disciplina del Partido y fuimos capaces de establecer una unidad de hierro en nuestras filas hasta tal punto que fuimos capaces de enfrentarnos con todas las pruebas a que nos sometía la guerra.

Las enseñanzas de Lenin y de Stalin sobre el Partido de nuevo tipo, capacitaron a los comunistas españoles para forjar un Partido de más de 300.000 miembros (solamente en el territorio republicano), un Partido que corrigió sus faltas y no temía la crítica ni la autocrítica. Del gran Stalin, nosotros, comunistas españoles aprendimos la audacia revolucionaria, la vigilancia contra las intrigas del enemigo, la firmeza en seguir una política y la flexibilidad al enfrentarse con cambios repentinos e inesperados de la situación.

Nuestro Partido gozaba de autoridad y del apoyo de amplias masas. Y esto es natural puesto que el pueblo vio el valor y el heroísmo de los comunistas durante los inolvidables días de la defensa de Madrid, de Teruel y de las batallas del Ebro. El pueblo vio que el Partido no se limitaba a corregir directivas y enseñanzas, sino que enseñaba el camino con el ejemplo. El Partido supo cómo comunicar su espíritu de auto-sacrificio y heroísmo a las masas. Durante las luchas ininterrumpidas, el Partido siempre mantuvo estrechos lazos con las masas. Por eso el Partido Comunista era amado por el pueblo español y continúa siéndolo. El Partido Comunista de España siguió una línea política justa durante la guerra nacional revolucionaria. Pero también cometió errores. El error principal de nuestro Partido fue que frente a la amenaza de rebelión contrarrevolucionaria en Madrid (5-6 de marzo de 1939), no la dio a conocer a las masas, y que no actuó tan enérgica y resueltamente cuando la rebelión ya estaba en marcha, tal como la situación difícil lo requería. Pero el Partido siempre reconoció sus errores honradamente y esto contribuyó a fortalecer su prestigio y unión con las masas.

Pero a pesar de la línea política justa de nuestro Partido, el pueblo español sufrió una seria derrota. El gobierno de Franco quería utilizar esto para destruir a nuestro Partido, a ese abnegado y ardiente luchador contra la dictadura de la burguesía y de los terratenientes. A pesar de los golpes sin número contra nuestro Partido, siempre vivirá, porque vive en lo profundo del corazón de las masas.

En la nueva situación los comunistas españoles no son dominados por el pánico ni la desesperación. Recordamos las palabras del camarada Stalin:

«Un verdadero revolucionario no es el que demuestra valor en el período del alzamiento victorioso, sino el que sabe cómo luchar no sólo en el momento del avance victorioso sino también en el período de retroceso de la revolución; el que demuestra valor en el período de la derrota del proletariado, el que no pierde la cabeza, el que no abandona el camino cuando la revolución sufre una derrota y el enemigo registra éxitos; el que no es dominado por el pánico, ni cae en la desesperación en el período de retroceso de la revolución». (Stalin, En la oposición).

Nuestro Partido, educado en el espíritu de Lenin y Stalin, ha preservado su unidad política, su lealtad a los principios del marxismo-leninismo, su firme determinación de vencer este transitorio y difícil período. Ha preservado su inquebrantable fe en la victoria inevitable de la clase obrera. Todo esto templa a los comunistas y les hace firmes, inquebrantables campeones de la clase obrera.

Ni el repentino cambio de la situación, ni la propaganda con la cual la reacción quiere cubrir el carácter imperialista de la guerra, ni el hambre, ni el terror, son capaces de desconcertar a los comunistas, de asustarlos o aterrorizarlos.

La mayoría de nuestros miembros cumplen sus obligaciones de Partido también en la nueva situación. En los campos de concentración de España simples miembros del Partido dan ejemplo de firmeza, de sacrificio y una firme e inquebrantable voluntad para enfrentarse con las nuevas pruebas de la lucha.

Los tribunales de Franco han condenado a miles de comunistas pero no han podido hacer públicamente un juicio de un comunista como han hecho por ejemplo con los juicios de los dirigentes «penitentes» socialistas y anarquistas, porque los comunistas fueron firmes y valerosos en los interrogatorios y en el juicio, como conviene a revolucionarios proletarios.

Los miles de comunistas amontonados en los antros infernales de los campos de concentración franceses mantienen su lealtad al Partido y a la clase obrera.

«Comprenderéis la dificultad de nuestra situación -escribe un camarada-, pues la política reaccionaria tiene terribles efectos sobre nosotros. Cada día, la lucha toma formas más agudas, lo mismo dentro que fuera de nuestro encierro. Nuestros enemigos utilizan todas las oportunidades para golpearnos. Pero nosotros resistimos y ellos empiezan a desesperarse. Hasta hoy no hemos perdido una sola posición, un solo hombre. Nosotros guardamos al Partido como a la niña de nuestros ojos y podemos señalar buenos resultados…

Encontramos las directivas nosotros mismos, aumentamos nuestros recursos, no nos sometemos sino que vamos hacia adelante. Nunca desertaremos de nuestro sitio de honor como vanguardia, que hemos conquistado nosotros mismos. Nos perfeccionamos en la lucha diaria contra el enemigo y a menudo estudiando las obras de nuestros maestros.

Los techos se caen a pedazos, las ventanas no tienen cristales, las puertas no se cierran, y nuestros estómagos están vacíos; pero podéis estar seguros de que nuestros brazos no están cruzados, estamos luchando por nuestra causa común».

El triunfo de la reacción en España no ha eliminado las causas que llevaron a nuestro pueblo a la lucha, sino que las ha hecho más agudas. La clase obrera, los campesinos y las masas del pueblo han visto tiempos mejores. Han tenido las fábricas y la tierra en sus manos; han comprendido lo que es la libertad y han sido dueños de su destino. Nuestro pueblo ha vivido sin terratenientes, sin grandes capitalistas, y sabe lo que esto vale.

Por esto la lucha continúa en forma nueva en la nueva situación, una lucha por reconquistar lo que ha sido robado a las masas, una lucha para ampliar estas conquistas hasta la completa emancipación. Para esta lucha, las masas tienen las ricas experiencias de una guerra y de una revolución que constituyen un arsenal inestimable para las batallas venideras.

La clase obrera española tiene su Partido Comunista que -educado en las enseñanzas del marxismo-leninismo y fortalecido en la más dura lucha-, trabaja por la reorganización de sus propias fuerzas y de las fuerzas de la clase obrera para la lucha contra la dictadura de la burguesía y de los terratenientes. En el Partido Comunista la clase obrera española tiene un Partido que, en la presente y difícil situación, estará más que nunca guiado por las brillantes enseñanzas de los grandes maestros, Lenin, y Stalin; un Partido que conducirá a la clase obrera a la victoria bajo la bandera triunfante de Marxs, Engels, Lenin y Stalin.

José Díaz – abril de 1940

[1]. La cifra real de tierras entregadas a los jornaleros y campesinos fue de 5.692.202 hectáreas, de cuyo reparto se beneficiaron más de 316.787 familias trabajadoras, recibiendo cada una de ellas un pedazo de tierra no inferior a 1,5 hectáreas. Para que los campesinos pudieran adquirir los medios necesarios para el cultivo de estas tierras les fueron facilitados por el Instituto de Reforma Agraria más de 200 millones de pesetas, y la Sección Central de Semillas les proporcionó 14.623.090 kilos de semillas.

De las 5.692.202 hectáreas distribuidas, 2.432.202 hectáreas habían sido incautadas a los terratenientes por abandono o responsabilidades políticas, 2.008.000 hectáreas por declaración de utilidad social y 1.052.000 hectáreas con carácter provisional.

En la cifra dada por J. Díaz parece que no se incluye íntegramente el cómputo de la cantidad de tierras incautadas con carácter provisional.

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