J. Stalin. Entorno a la cuestión del campesinado y el proletariado.

Discurso en la XIII Conferencia provincial de la organización de Moscú del P.C.(b) de Rusia 27 de enero de 1925.

Camaradas: Quisiera decir unas palabras acerca de los fundamentos de la política que el Partido ha adoptado ahora con relación al campesinado. No ofrece duda la extraordinaria importancia que en este momento tiene la cuestión del campesinado. Muchos, llevados por un entusiasmo excesivo, incluso afirman que ha advenido una nueva era, la era del campesinado. Otros han comprendido la consigna “de cara al campo” como si dijese que hay que volverse de espaldas a la ciudad. Algunos han llegado incluso a hablar de una Nep política. Eso, claro está, son tonterías. Todo eso, claro está, es apasionamiento. Pero si prescindimos de ese apasionamiento, quedará una cosa, y es que en este momento, precisamente ahora, la cuestión campesina adquiere una importancia muy particular.

¿Por qué? ¿A qué se debe?

Para ello hay dos causas. Me refiero a las causas fundamentales.

La primera causa de que la cuestión campesina haya adquirido ahora en nuestro país una importancia tan particular, se debe a que de los aliados del Poder Soviético, de todos los aliados principales del proletariado -a mi modo de ver, son cuatro-, el campesinado es el único que puede prestar ahora ya una ayuda directa a nuestra revolución. Se trata de una ayuda directa precisamente ahora, en este momento. Ninguno de los restantes aliados, aunque tienen un gran futuro y representan una inmensa reserva de nuestra revolución, está ahora, por desgracia, en condiciones de prestar ayuda directa a nuestro Poder, a nuestro Estado.

¿Qué aliados son ésos?

El primer aliado, nuestro aliado principal, es el proletariado de los países desarrollados. El proletariado de vanguardia, el proletariado del Occidente, es una fuerza grandiosa y el aliado más fiel y más importante de nuestra revolución y de nuestro Poder. Pero, lamentablemente, el estado de cosas es tal, la situación del movimiento revolucionario en los países capitalistas desarrollados es tal, que el proletariado del Occidente no se encuentra en condiciones de prestarnos ahora una ayuda directa y decisiva. Tenemos su apoyo indirecto, su apoyo moral, hasta tal punto importante, que ni siquiera puede valorarse, que es inapreciable. Pero, sin embargo, no es la ayuda directa e inmediata que ahora necesitamos.

El segundo aliado son las colonias, los pueblos oprimidos de los países poco desarrollados, a los que subyugan países más desarrollados. Esa, camaradas, es una formidable reserva de nuestra revolución. Pero se pone en movimiento con excesiva lentitud. Viene a prestarnos ayuda directa, mas, por lo visto, no llegará pronto. Y, precisamente por ello, no está en condiciones de prestarnos ahora mismo una ayuda directa en nuestra edificación socialista, en la empresa de consolidar el Poder, en la empresa de edificar la economía socialista.

Tenemos un tercer aliado, intangible, impersonal, pero importante en el más alto grado. Se trata de los conflictos y contradicciones entre los países capitalistas; no pueden ser personificadas, pero constituyen, sin duda alguna, un apoyo importantísimo para nuestro Poder y nuestra revolución. Podrá parecer extraño, pero es un hecho, camaradas. Si las dos principales coaliciones de países capitalistas del tiempo de la guerra imperialista no hubiesen estado enzarzadas en 1917 en una lucha a muerte, si no hubieran estado tratando de estrangularse mutuamente, si no hubiesen estado ocupadas la una con la otra, sin tiempo libre para entregarse a la lucha contra el Poder Soviético, éste difícilmente habría podido sostenerse entonces. La lucha, los conflictos y las guerras entre nuestros enemigos, lo repito, son un importantísimo aliado nuestro. ¿Qué puede decirse de ese aliado? Ahora ocurre que el capitalismo mundial, tras de haber atravesado varias crisis en la postguerra, ha empezado a reponerse. Eso hay que reconocerlo. Los principales vencedores -Inglaterra y Norteamérica- se han fortalecido de tal modo, que tienen la posibilidad material, no ya de arreglar en su país los asuntos del capital de manera más o menos tolerable, sino de inyectar sangre a Francia, a Alemania y a otros países capitalistas. Eso por una parte. Y ese aspecto del asunto lleva a que las contradicciones entre los países capitalistas no se desarrollen por el momento con la intensidad con que se desarrollaron inmediatamente después de la guerra. Eso es un tanto en favor del capital y un tanto en contra de nosotros. Pero este proceso tiene otro aspecto, su reverso. Y el reverso es que, con toda la estabilidad relativa que el capital ha logrado establecer por ahora, las contradicciones del otro extremo de las relaciones, las contradicciones entre los países avanzados explotadores y los países atrasados explotados, las colonias y los países dependientes, empiezan a agudizarse y ahondarse cada vez más, amenazando con malograr el “trabajo” del capital en un punto nuevo, “inesperado”. La crisis de Egipto y del Sudán -tendréis noticias de ello por los periódicos-, varios nudos de contradicciones en China, capaces de enemistar a los actuales “aliados” y de hacer saltar el poderío del capital, una nueva serie de nudos de contradicciones en el Norte de África, donde España pierde Marruecos, hacia el que Francia alarga las garras, pero sin poderlo atrapar, porque Inglaterra no consentirá el control de Francia sobre Gibraltar: todos éstos son hechos que nos recuerdan mucho el período de la anteguerra y que no pueden por menos de constituir una amenaza para el “trabajo constructivo” del capital internacional.

Tales son los pros y los contras en el balance general del desarrollo de las contradicciones. Pero como por ahora los pros del capital predominan en este terreno sobre los contras, y como ni para hoy ni para mañana se deben esperar choques bélicos entre los capitalistas, está claro que la situación, por lo que respecta a nuestro tercer aliado, no es todavía la que desearíamos.

Queda el cuarto aliado, los campesinos. Los tenemos cerca, vivimos con ellos, y con ellos, bien o mal, construimos la nueva vida. Este aliado, vosotros lo sabéis, no es muy firme, los campesinos no son un aliado tan seguro como el proletariado de los países capitalistas desarrollados. Pero son, con todo, un aliado, y de todos los que tenemos es el único que nos presta y nos puede prestar ayuda directa ahora mismo, recibiendo la nuestra a cambio.

Por eso, la cuestión del campesinado adquiere particular importancia precisamente en estos momentos, cuando se retarda un tanto el desarrollo de las crisis revolucionarias y de otro género.

Tal es la primera causa de la particular importancia de la cuestión campesina.

La segunda causa de que en el vértice de nuestra política pongamos en estos momentos la cuestión campesina es que nuestra industria -base del socialismo y de nuestro Poder- se apoya en el mercado interior, en el mercado campesino. Yo no sé qué sucederá cuando nuestra industria se desarrolle al máximo, cuando cubramos las necesidades del mercado interior y se nos plantee el problema de conquistar el mercado exterior. Ese problema surgirá en el futuro, podéis estar seguros. Es difícil que entonces logremos arrancar al capital, más ducho que nosotros, mercados exteriores en el Occidente. Ahora bien, en cuanto a los mercados del Oriente -nuestras relaciones con el cual no son malas e irán mejorando-  , tendremos condiciones más propicias. Es indudable que la producción textil, el material de defensa, las máquinas, etc. serán los principales artículos que proporcionaremos al Oriente, en competencia con los capitalistas. Pero eso se refiere al futuro de nuestra industria. En cuanto al presente, cuando no hemos cubierto ni una tercera parte de la demanda de nuestro mercado campesino, el problema fundamental de hoy día, del momento actual, es el del mercado interior, y en primer término, del mercado campesino. Y precisamente porque en estos momentos el mercado campesino constituye la base fundamental de nuestra industria, precisamente por ello, estamos nosotros interesados, como Poder y como proletariado, en mejorar por todos los medios la situación de la economía campesina, en mejorar la situación material del campesinado, en elevar su capacidad adquisitiva, en mejorar las relaciones entre el proletariado y el campesinado, en establecer la ligazón de que hablaba Lenin, pero que todavía no hemos establecido como se debe.

Ahí reside la segunda causa de que, como Partido, debamos destacar en estos momentos a un primer plano la cuestión del campesinado, de que debamos manifestar una atención especial y un desvelo especial por el campesinado.

Tales son las premisas de la política de nuestro Partido en la cuestión del campesinado.

La desgracia, camaradas, consiste en que muchos de nuestros militantes no comprenden o no quieren comprender toda la importancia de esta cuestión.

Se dice con frecuencia: entre nuestros líderes de Moscú está de moda hablar del campesinado. Eso, seguramente, no va en serio. Eso es diplomacia. Moscú necesita hablar así para el mundo exterior; pero nosotros podemos continuar la vieja política. Así se expresan unos. Otros afirman que lo que se dice acerca del campesinado no son más que palabras. Si los moscovitas, en vez de estar metidos en sus oficinas, vinieran al campo, verían como son los campesinos y cómo se recaudan los impuestos. Se suelen oír tales opiniones. Yo creo, camaradas, que de todos los peligros que tenemos ante nosotros, el más serio es esta incomprensión de la tarea planteada que demuestran los funcionarios de nuestras organizaciones locales.

Una de dos:

O nuestros camaradas de las organizaciones comprenden toda la importancia de la cuestión del campesinado, y, en tal caso, se dedicarán de veras a incorporar a los campesinos a nuestra labor de edificación, se dedicarán a mejorar la economía campesina y a fortalecer la ligazón; o los camaradas no lo llegan a comprender, y, en tal caso, todo puede terminar con el hundimiento del Poder Soviético.

No crean los camaradas que trato de asustar a nadie. No, camaradas, no hay por qué asustar ni tiene sentido hacerlo. El asunto es demasiado serio y hay que afrontarlo como corresponde a hombres serios. Al llegar a Moscú, los camaradas tratan con frecuencia de mostrarlo todo “de color de rosa”: fijaos, parecen decir, en el campo todo marcha bien. A veces, esa bonanza oficial produce náuseas. Está claro que ni hay bonanza ni puede haberla. Está claro que existen defectos, los cuales es preciso poner de relieve, sin temor a la crítica, y eliminar después. Y el problema se plantea así: o nosotros, todo el Partido, damos a los campesinos y obreros sin-partido la posibilidad de que nos critiquen, o nos criticarán con levantamientos. La sublevación de Georgia ha sido una crítica. La sublevación de Tambov también ha sido una crítica. Y la sublevación de Cronstadt, ¿no es una crítica? Una de dos: o abandonamos la bonanza burocrática y el espíritu burocrático en la solución de los asuntos y no tememos la crítica, dejando que nos critiquen los obreros y los campesinos sin-partido, que en su propia carne sufren los resultados de nuestros errores; o no lo hacemos, el malestar se irá acumulando, irá creciendo, y entonces vendrá la crítica de las sublevaciones.

El peligro mayor reside ahora en que muchos de nuestros camaradas no comprenden esta particularidad de la presente situación.

¿Tiene esta cuestión -la cuestión del campesinado- alguna relación con el problema del trotskismo, con el problema que habéis discutido aquí? Indudablemente, la tiene.

¿Qué es el trotskismo?

El trotskismo es la falta de fe en las fuerzas de nuestra revolución, la falta de fe en la alianza de los obreros y los campesinos, la falta de fe en la ligazón. ¿Cuál es nuestra tarea principal ahora? Diciéndolo con palabras de Ilich, convertir la Rusia de la Nep en la Rusia socialista. ¿Se puede cumplir esta tarea sin establecer la ligazón? No, no es posible. ¿Se puede lograr la ligazón, lograr la alianza de los obreros y los campesinos, sin echar por tierra la teoría de la falta de fe en esa alianza, es decir, la teoría del trotskismo? No, no es posible. La conclusión es clara: quien quiera salir de la Nep vencedor, debe enterrar el trotskismo como corriente ideológica.

Antes de la revolución en octubre, Ilich decía con frecuencia que de todos los adversarios ideológicos, los más peligrosos eran los mencheviques, pues trataban de inculcar la falta de fe en la victoria de Octubre. Por eso -decía-, sin destrozar el menchevismo es imposible lograr la victoria de Octubre. Yo creo que hay cierta analogía entre el menchevismo de entonces, del período de Octubre, y el trotskismo de ahora, del período de la Nep. Creo que, de todas las corrientes ideológicas dentro del, comunismo, en el momento actual, después del triunfo de Octubre, en las presentes condiciones de la Nep, hay que considerar el trotskismo cómo la más peligrosa, puesto que trata de inculcar la falta de fe en las fuerzas de nuestra revolución, la falta de fe en la alianza de los obreros y los campesinos, la falta de fe en la transformación de la Rusia de la Nep en la Rusia socialista. Por eso, sin aplastar el trotskismo, no es posible triunfar dentro de las condiciones de la Nep, no es posible conseguir la transformación de la Rusia actual en la Rusia socialista.

Tal es la relación entre la política del Partido respecto a los campesinos y el trotskismo.

Publicado el 30 de enero de 1925 en el núm. 24 de “Pravda”.

 

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