Sobre la situación actual del antifascismo.

El antifascismo es hoy en día  un espacio de lucha hermético, reducido, dividido y desestructurado, desligado por completo de la clase obrera y de los trabajadores en su conjunto. Este callejón sin salida ha sido propiciado por las dinámicas de las lógicas tribu urbaneras que en él operan: los cupos de poder, los roles y el estatus “antifascista” ficticio a partir de albergar en su seno a todo tipo de elementos tóxicos, despolitizados, descafeinados y carentes de ningún tipo de contenido ideológíco ni dirección política de fondo revolucionaria. La espontaneidad que inunda hoy en día en antifascismo es propia de una concepción pequeñoburguesa del mismo, una aparente cobertura “ultra-revolucionaria” que esconde una situación de incapacidad y sectarismo. Solo la dirección de un partido obrero fuerte y unido podrá canalizar dicha espontaneidad y aglutinar a las masas en una lucha férrea contra este gran enemigo de la clase obrera.

El objetivo de este artículo no es solo condenar y denunciar la concepción actual más común en Europa  del antifascismo y/o dentro del “movimiento antifascista” y las lógicas de actuación dominantes en la actualidad sino la de exponer la posición que deben de tomar los revolucionarios, especialmente los comunistas para actuar sobre él. No como mero espectador ni con un papel exclusivamente teórico, sino curtido a partir de las experiencias de la práctica diaria militante y de las referencias históricas y teóricas del movimiento obrero.

Lejos quedaron en Europa los procesos revolucionarios del  periodo de entreguerras, la década de los 20 y 30 del siglo XX. Un momento histórico que a día de hoy continua siendo no solo una fuente de experiencia para aprender de los aciertos y errores sino un periodo de teorización y ejemplo de camaradas abnegados que ya se han convertido en figuras históricas del marxismo-leninismo como George Dimitrov. La clase obrera y el conjunto de las clases trabajadoras hacían frente al auge del fascismo mediante la creciente y progresiva cohesión del  movimiento obrero entorno a reivindicaciones democráticas y el principio de unidad de acción. Hacían tambalear entonces la imposición de la ofensiva del capital, de la dominación autoritaria de la burguesía más reaccionaria, poderosa y expansionista, la oligarquía financiera.

La situación actual en Europa de retroceso del movimiento obrero y popular, pese a tener un repunte significativo de la lucha social a partir de las crisis de sobreproducción capitalista, no ha tenido la capacidad de rebasar las reivindicaciones asumibles por las clases dominantes ni en su organización ni en sus formas legalista y sigue de la mano del reformismo y de la ilusión de que caerán del cielo o mediante el voto las conquistas democráticas y económicas perdidas. El nivel de vida anterior de una masa acomodada y el estado de bienestar no es una norma, es un espejismo que se materializa en determinados años ligado al ciclo económico del capital que se sustentaba, como es cierto, por una parte en la herencia de lucha de las clases populares pero que por otra no deja de ser las migajas de los estados imperialistas a partir de la explotación salvaje de los países dependientes.

Su reflejo social es la de confundir los intereses del conjunto de las clases trabajadoras con los intereses antagónicos de la burguesía. Los revolucionarios no podemos enterrar la cultura capitalista, debemos recoger toda la cultura humana acumulada, sin obviar que mientras persista la lucha de clases tenemos que aprender a identificar y distinguir aquellos elementos culturales que responden a los intereses objetivos de los capitalistas y los proletarios para recogerlos y avanzarlos. Esta es la única cultura verdaderamente antifascista que puede existir, la vinculada a nuestros intereses de clase. Lo contrario es partir de una concepción del antifascismo de crew, un entretenimiento, un hobby. Una subcultura capitalista que pierde su carácter transformador en favor de la estética y el simbolismo, dogmas de fe comunes a partir de clichés e identidades que lejos de ser representativos para ella la distancian. Haciendo del antifascismo una crew sentimental con el mismo fundamento ideológico que las peleas entre hooligans del Barça-Madrid con nazis-antinazis, equiparando la irracionalidad de los cachorros del capital financiero con los revolucionarios, retratándonos frente al conjunto de los trabajadores.

De esta forma, nos encontramos con un movimiento antifascista en retroceso que contrasta con una Europa sumergida en un proceso de fascistización, de pérdida de prácticas “democrático-burguesas” y un aumento de la represión.

El movimiento antifascista de hoy se limita a la repetición mecánica de acciones en el mejor de los casos, ya que en lo más común se reduce a perfiles y páginas en redes sociales como Facebook o Twitter, con una actividad política nula. Manifestaciones, concentraciones en apoyo, “grupos de choque” contra otros “pelaos” neonazis que lamentablemente no se desarrollan con ninguna eficacia porque el número de agredidos por su color de piel , su orientación sexual o su ideología revolucionaria no para de aumentar… todo esto muestra una clara falta de organización y formación física (y teórica), y nos deja un movimiento protagonizado borrachos de bar, grada y conciertos. No hay ningún tipo de profesionalización, es el ocio y la diversión de elementos lumpenizantes y politoxicómanos lo que acaba definiendo esta “lucha”, prácticamente inexistente.

Enmarcado en esta situación el “antifascismo” no puede ser poco más que una secta, disgregada por todo el estado en descomposición.

Los “partidos comunistas” en el estado prefieren no implicarse en este tema. Han decidido que ante esta situación en lugar de analizar e incidir en este proceso de putrefacción y decrepitud del movimiento antifascista que tanto costó edificar a los históricos militantes comunistas del PCE de José Díaz o Pedro Checa lo abandonan al disfrute de los elementos contrarrevolucionarios y anarquizantes.

Su respuesta como para casi todo es ir a la zaga del movimiento espontáneo donde como resultado lógico son excluidos, porque anidan los “antiautoritarios”, anticomunistas y otros especímenes que debieron pensar que al ejército del III Reich, el ejército fascista más poderoso que ha existido, lo derrotaron los anarquistas haciendo asambleas de cerveceo y no la firmeza del pueblo soviético que   derramó la sangre de 20 millones de sus hermanos, que sacrificó los mejores cuadros en la batalla bajo la disciplina férrea del estado socialista y su vanguardia, el partido comunista.

A pesar de todas las dificultades a las que se han de enfrentar los comunistas en España, construir una alternativa, un movimiento antifascista con una dirección política verdaderamente revolucionaria es posible. Posible por el simple hecho de que el propio desarrollo del capitalismo no deja lugar a la duda: reacción o revolución.

Los comunistas debemos impulsar espacios en pro de objetivos populares capaces de neutralizar la influencia de los fascistas, sus divisiones en el movimiento obrero, ser capaces de demostrar quién trabaja realmente por los intereses de los trabajadores, y quiénes sirven como perros de presa para una oligarquía financiera que no está dispuesta a perder su hegemonía y privilegios. Un trabajo que propugne la unidad popular ante el aumento de la represión tanto dentro como fuera del estado, que aparte a los elementos inestables y conecte el día a día de la clase obrera a una lucha imprescindible y seria. El espíritu actual del movimiento antifascista, como hemos dicho más arriba, se presenta con ese carácter “ultra-revolucionario” (pequeñoburgués) desde grupúsculos desconectados de la realidad social. Esta visión tiene un efecto inverso, aleja de la lucha a quienes más afecta el fascismo como herramienta de represión y la deja en manos de incapaces y espontaneístas. ¿Pueden estos elementos aportar algo a la verdadera lucha del proletariado contra el fascismo? Solo si existe una organización y un estudio de la problemática que asegure la hegemonía de los obreros, solo si el antifascismo se transforma en un fenómeno de masas liderado por un Partido que englobe dicha lucha en la conquista de la revolución.

El capitalismo es un orden económico y político, caduco y agonizante, donde en sus propias entrañas engendra el desarrollo social el gérmen de lo nuevo, por lo tanto inevitablemente en crisis. Se fundamenta en la explotación del hombre por el hombre, incapáz de asegurar a la inmensa mayoria de la sociedad un nivel de vida digno por la acumulación de riqueza y los intereses privados de unos pocos. La  dominación de la naturaleza en términos de insostenibilidad, el paro forzoso y el hambre enquistados. Necesita para su supervivencia la extracción de superbeneficios por una minoría de grandes corporaciones monopolistas internacionales a costa de someter a pueblos enteros a la miseria más absoluta. Perpetúa el desarrollo desigual de los países propiciando una división entre potencias y dependientes “eterna”, sus contradicciones y competencia por el reparto del mundo en términos de recursos y áreas de influencia nos conducen inevitablemente a la guerra entre potencias de manera indirecta como en el caso de Siria, Libia, Ucrania y un sin fin de países hacia choques directos en formas de guerras mundiales que ya estuvieron por arrasar el mundo debilitándose mutuamente. El capitalismo es la alerta constante de guerra con todos los dramas y consecuencias que acarrean, pero que nos sitúan al umbral de la revolución o del fascismo de la reacción, la dominación autoritaria por parte del capital financiero.

El capitalismo es efímero pero su tiempo de vida dependerá únicamente de nosotros mismos y nuestra capacidad como elementos conscientes de atraer entorno a nuestras reivindicacines a la inmensa mayoría, de la organización de la clase obrera y el resto de trabajadores en torno a ella, al ser la única de emprender una lucha resuelta consecuentemente hasta el final contra el capital, y de su expresión superior de organización, del estado mayor de la revolución: el Partido Comunista. El cual debe asumir mediante su lucha y dirección política la de construir un movimiento popular capaz de marchar hacia las batallas decisivas que están por venir.

No se puede construir un movimiento antifascista, un movimiento de choque contra la reacción sin que vaya emparejado a la revolución.

V. Roig

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