El determinismo marxista y el materialismo vulgar.

Una de las ideas más atribuidas al marxismo es la idea del llamado “determinismo económico”, es decir, la creencia de que las formas y teorías políticas y jurídicas, las ideas filosóficas, religiosas y artísticas, etc. son un mero reflejo de la producción y la reproducción de la vida real; o en otros términos: de que la superestructura es un producto pasivo de la base. Antes de pasar a analizar esta extraña teoría vemos necesario definir algunos conceptos, considerando que tiene profundas raíces filosóficas.

La concepción marxista es materialista por la manera en que responde a la cuestión fundamental de la filosofía: ¿qué es primero, lo material o lo espiritual?. La materia existió desde mucho tiempo antes que hayan surgido el hombre y su conciencia, existe independientemente de lo espiritual por eso es que el marxismo dice, siguiendo a las Ciencias Naturales, que el espíritu, la idea es un producto de un tipo de materia altamente organizada: el cerebro. La concepción de Marx y Engels es, a su vez, monista (del griego: “monos”, solo, único) ya que reconoce un solo principio como fundamento de todo lo existente: la materia, siendo los fenómenos naturales distintas manifestaciones de la materia en movimiento. Viendo que todos los materialistas anteriores a Marx y Engels, desde los grandes materialistas que vivieron antes de nuestra Era al propio Feuerbach, siempre debieron recurrir o al dualismo (“lo material y lo espiritual se encuentran en un plano de igualdad”, “es imposible determinar cuál origina a cuál”, etc.) o directamente al idealismo al analizar algún fenómeno o campo particular, es preciso reconocer que la concepción materialista de los fundadores del socialismo científico es la primera consecuentemente monista, que no debe alejarse del materialismo al buscar explicar uno u otro hecho en algún campo de las ciencias ni le resulta necesario hacer concesiones al idealismo.

En la esfera de la sociedad el materialismo moderno sostiene la simple idea de que puesto que “el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer política, ciencia, arte, religión, etc… la producción de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase económica de desarrollo de un pueblo o una época es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones políticas, las concepciones jurídicas, las ideas artísticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse”. (Marx & Engels, Obras Escogidas, t. 3, pág. 91). El marxismo no necesita prescindir en ningún momento del monismo materialista al analizar la sociedad y los fenómenos sociales. Por el contrario, sostiene que un sólo fundamento material es también aquí lo que determina todo lo existente: el modo de producción de los bienes materiales. Las voluntades de los hombres o los hechos fortuitos no son los que en última instancia determinan los acontecimientos, sino que es la base económica la que rige el desarrollo de la Historia. El modo de producción constituye la base del régimen social y determina su carácter: a tal modo de producción le corresponde tal sociedad. Las modificaciones en el modo de producción provocan, más temprano más tarde, modificaciones de todo el régimen social, de las ideas e instituciones sociales. Por eso, la historia del desarrollo de la sociedad es ante todo la historia del desarrollo de la producción, la historia de los modos de producción que se sustituyen el uno al otro, que negando al anterior lo supera y sitúan a la humanidad en un estadío superior.

Pero los factores de la superestructura no son un producto intrascendente y despreciable de las condiciones económicas, sino que pueden jugar (y han jugado) un enorme rol en la marcha de los acontecimientos pues actúan e influyen sobre la base a la que corresponden: existe entre ellas una relación mutua, un juego de acciones y reacciones recíprocas. La concepción materialista de la historia sostiene que “la superestructura es engendrada por la base; pero eso no significa, en modo alguno, que la superestructura se circunscriba a reflejar la base, que sea pasiva, neutral, que se muestre indiferente a la suerte de su base, a la suerte de las clases, al carácter del régimen. Por el contrario, al nacer, la superestructura se convierte en una fuerza activa inmensa, coadyuva activamente a que su base tome cuerpo y se afiance y adopta todas las medidas necesarias para ayudar al nuevo régimen a rematar y destruir la vieja base y las viejas clases.” (Stalin, Obras Escogidas, t. 15, pág. 58). La obra de los clásicos es contundente en este punto. Al analizar una sociedad dada, al buscar conocer las leyes que rigen su funcionamiento nunca han recurrido a nada que se halle al margen de las condiciones económicas. Pero también fue característico en ellos el hecho de que siempre y en todas partes han analizado la expresiones superestructurales que les correspondían, señalando la importancia de la acción relativamente independiente de las clases sociales, de las masas, remarcando el gran valor de la superestructura nueva que erigen las clases avanzadas a lo largo de la historia en los periodos en que la vieja superestructura se resquebrajaba, como expresión de que sus relaciones de producción no se corresponden con el desarrollo de las fuerzas productivas. Este es el determinismo marxista.

El materialismo vulgar, en cambio, niega la importancia del aspecto ideal y su influjo sobre el aspecto material, considera que el factor económico es el único que determina la historia y concibe a la superestructura tan sólo como una consecuencia pasiva. El elemento de mala comprensión no cabe aquí. Son los cortesanos del capital los que desean atribuir al marxismo esta concepción vulgar y unilateral. Y es que en las actuales condiciones la negación del papel que juega el aspecto ideal en la historia, la idea del “determinismo económico” conduce a la idea pasiva de esperar a que un buen día las condiciones económicas dispongan por sí mismas de una revolución frente a nuestras narices, presupone la desestimación de las expresiones superestructurales que el proletariado erige en nuestra época, el partido revolucionario entre ellas. Esta idea no es más que una parte componente de la superestructura burguesa y debe ser combatida. Como respuesta al materialismo vulgar, oponiendo a la pasividad de aquél el voluntarismo, la creencia idealista de que las condiciones económicas son despreciables y no deben ser tenidas en cuenta, la sobrestimación de las formas superestructurales en general y de la voluntad de los hombres en particular surge a menudo otra desviación del marxismo: el aventurerismo. Esta salida fácil en la que suelen caer las capas medias desesperadas al ver que su situación no puede más que ser temporal -pues la pequeña propiedad es destruida con cada año que pasa- debe ser también refutada pues además de que representa, en el mejor de los casos, una caída en el dualismo, conduce también a negar la importancia del trabajo cadencioso por elevar la conciencia del proletariado, por unirlo estrechamente en un partido político y porque representa una desconfianza en la aptitud de los trabajadores para dirigir su propia causa.
Toda revisión de los principios fundamentales del marxismo, todo alejamiento de su concepción del mundo se traduce en la práctica en una concesión a la ideología burguesa y en un obstáculo en el camino de la liberación del proletariado y los pueblos. Es por eso que uno de los deberes de los marxista-leninistas es salir al paso de los divulgadores de caricaturas de marxismo, de los “amigos” del materialismo moderno que prestan un flaco favor a la causa de los revolucionarios.

Nicolás Machado.

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