Sobre los 4 de Orereta.

El pasado sábado el casco viejo de Iruña se revolvía una vez más. No son pocas las veces que la parte vieja de la capital Navarra emerge al atardecer, para llevar a las calles la respuesta frente a las últimas actuaciones policiales en Euskal Herria dictaminadas por parte de la superestructura, en este caso la judicial, que sustenta los pilares ideológicos del Estado español.

La marcha quería denunciar todas ellas: la redada contra los miembros de la hinchada Indar Gorri, los detenidos y encarcelados en Altsasu, las detenciones contra el Movimiento pro Amnistía, la represión al movimiento estudiantil en el campus de Leioa, los internacionalistas detenidos en solidaridad con el Kurdistán, el movimiento a favor de la okupación; por todos ellos.

El pretexto para reprimir esta vez: la no existencia de la solicitud de permiso de la manifestación. Lo cual nos es totalmente indiferente. Consciente y responsable de saber cuáles eran las condiciones a las que se atenían, lo era la dirección del movimiento de Errepresioari autodefentsa que, de ser cierto o no, así lo había previsto. Y si así lo decidieron, así lo respetamos.

La consecuencia de una situación de enfrentamiento violento en las calles de Iruña, no fue el resultado de la existencia o no de un permiso, un papel, una notificación vía e-mail o telefónica. El resultado del choque entre manifestantes, en su gran mayoría jóvenes, estudiantes y trabajadores, es la inherente situación de confrontación entre esa parte, estudiantado y obreros, por un lado, y las fuerzas de seguridad del Estado, por otro, que son azuzadas y lanzadas al embiste de jóvenes y trabajadores.

¿Por qué hay quien decide lanzar a los elementos represivos contra quienes reclaman el fin de esa misma represión, el fin de las detenciones, el fin de la persecución política? Y quienes dictaminan esas órdenes tienen un punto de vista particular, de clase. Responde a los intereses de clase de quienes las dirigen. Ni más ni menos. No desean ver masas de trabajadores o estudiantes que recorren las calles reclamando justicia.

Su alternativa está en los centros de ocio, en los supermercados, en su consumo nocturno de ocio, en los complejos hoteleros, en las redes sociales donde diseminarse entre sus criterios de lógica, identidad y moral, o cualquier otro espacio tejido a conciencia por el mercado para entretener a la clase trabajadora. La calle no es una alternativa. Y mucho menos un espacio de lucha.

Si hay una voz discordante, los medios de comunicación postrados ante los intereses de los grandes monopolios y de alguna de las capas más influyentes de la burguesía, señalarán con el dedo antes de que prenda la mecha. Si ésta prende, sus aparatos judiciales y policiales estarán dispuestos a dictaminar la actuación represiva a seguir. Pero no solos, ni aislados, sino acompañados de la mano de los políticos que sobreviven en el interior de las instituciones del Estado, que pertenecen del mismo modo a esa superestructura. En sus ayuntamientos, como el de Iruña por ejemplo, parasitando. Como cuerpos enfermos adheridos a una superficie que se aferran a ella como seres inútiles, acelerando su putrefacción. Unos postrándose hacia la derecha, otros dirán que haciéndolo hacia la izquierda. Curioso que las diferencias, a nivel de un ayuntamiento y no por mera coincidencia, desaparezcan cuando se trata de denunciar a la clase trabajadora. Porque tanto la derecha, UPN, PP, PSE, como la supuesta izquierda, EH Bildu, Aranzadi, Ezkerra, se unen cuando se trata de apartar las meras formalidades y disputas políticas, que solo les diferencia un sillón dentro de esa tan preciada cámara que les cobija.

Los compañeros que se manifestaron en Iruña no eran mineros, no eran bomberos, no eran estibadores, no eran ningún sector en particular de la clase obrera llevando a cabo una lucha parcial por sus derechos laborales más ínfimos. No. Los eran todos. Eran jóvenes explotados, eran jóvenes estudiantes asfixiados por las tasas, eran trabajadoras en precario con sueldos de miseria; éramos todos nosotros. Y lo que es más importante, eran quienes no callan. Quienes no agachan la cabeza, quienes sacrifican su ocio, sus amistades, su pareja, su familia. Y lo sacrifican por todos nosotros.

Pero lo sentimos, y no nos olvidamos, no luchan por ustedes señores y señoras concejales del ayuntamiento de Iruña. Ustedes, todos. Porque ya hemos dicho que la diferencia entre todos ustedes es ínfima, mero detalle sobre un logotipo de un partido político, una corbata o una chaqueta de pana. Ustedes que condenan con total rotundidad la rotura de un cajero automático, pero que no son capaces de pisar la calle cuando un obrero sufre un accidente laboral mortal. No, no se levanten escopeteados de su sillón para ladrar heridos de orgullo, espérense que aparezca la cámara. Ustedes que condenan la rotura de un local hostelero, pero que no son capaces de denunciar las condiciones laborales de miseria que suceden en su interior. Ustedes que se llenan la boca de paz, convivencia y normalidad política, pero que miran a otro lado cuando a un joven de su pueblo lo arrastran por el suelo entre hostias y empujones y le encierran al fondo de un calabozo con tal solo 20 años, para que un ser, tan miserable como ustedes, preñado de la misma ideología dominante a la que ustedes se aferran, le mande al interior de una celda, porque básicamente, estaba ahí. Ustedes, que se encargan de gestionar el negocio de una institución pública que no es más que el resultado del grupo social, la burguesía, que la crearon y que ustedes son incapaces de denunciar. Ni sus condiciones económicas, capitalistas, asfixiantes, ni a sus manifestaciones éticas, religiosas, artísticas, científicas, culturales, que moldean la vida de la clase trabajadora, quienes sustentan su superestructura, la suya, a imagen y semejanza de quienes la crearon y de la que ustedes forman parte. Ustedes, parásitos indeseables.

Ustedes “como formación pacifista que apoya la no-violencia, seguimos apostando por un modelo social de paz y convivencia”, ustedes que denuncian a aquellos que realizan “actos que buscan entorpecer el camino elegido por la mayoría de la sociedad para avanzar hacia un escenario de paz, de convivencia y de normalización política”, ustedes son los miserables, ustedes, aún a cuenta de parecer un tópico desgastado, son los verdaderos violentos. Ustedes son los únicos terroristas. Quien va a confiar en unos parásitos que solo se encargan de gestionarle una parte de su feudo al Estado. Ustedes que no denuncian el carácter de clase de las instituciones donde dicen trabajar. Ustedes que no las utilizan como púlpito donde señalarlas, desenmascararlas, humillar políticamente a sus defensores y arropar a sus detractores. Ustedes que dicen denunciar los crímenes de la dictadura fascista, ustedes que dicen denunciar las injusticias, que se llenan la boca de derechos laborales, sociales, de feminismo, ecologismo. ¿Quién se cree su discurso? ¿Quién puede creer en un pretendido discurso de izquierdas de alguien que no denuncia el sistema capitalista, que no denuncia a sus jueces, a su policía, a su sistema educativo, religioso, a sus medios de comunicación? Ustedes que hacen piña cuando la luna de una sucursal bancaria cede y cae al suelo, un acto de denuncia más que de lucha ideológica, apresurándose a escupir cualquier sandez que agrade a quienes les tienden el sueldo a final de mes, para contentarles y no tener que enfrentarse más allá de la cómoda y resguardada arena política que es su cámara consistorial. Ustedes que demuestran con sus ladridos que su discurso no es más que otra expresión más de la manifestación ideológica al servicio de los intereses de clase de la burguesía dominante. Ustedes, parásitos.

La represión es inherente a las condiciones económicas en las que vive la actual sociedad. Denunciemos la represión, pero denunciemos del mismo modo el sistema capitalista que sustenta y da rienda suelta a toda manifestación represiva que ataca a quienes denuncian al propio sistema capitalista, tanto a las condiciones económicas de miseria y explotación, como aquellos que las perpetúan. A todos. A los culpables directos y a sus gestores secundarios.

La detención de los 4 compañeros de Orereta, y el posterior encarcelamiento de 3 de ellos, no es un acto aislado. La represión no es aislada, sino que se centra en los elementos más conscientes de la clase trabajadora. De aquellos que pueden ser un ejemplo para los demás, para todos nosotros, y que deben ser señalados. No cesaremos en la lucha por su libertad. No cesaremos en denunciar las condiciones que han llevado a nuestros compañeros a prisión, ni en denunciar a aquellos, en particular a vosotros, parásitos institucionales, que les han encerrado en prisión y que con sus declaraciones perpetúan la vulneración de derechos de las personas detenidas por su lucha social y política, vulneran la condición de inocencia de los luchadores sociales y vulneran los derechos de los presos políticos en las celdas de castigo de las prisiones del Estado español.

¡VIVA LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA!

¡LIBERTAD PARA LOS 4 DE ORERETA!

¡LIBERTAD PRESOS POLÍTICOS!

Uhaitz Arrizabalaga Moreno

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