SOBRE LA REPRESIÓN Y LA NECESIDAD DE UNA ORGANIZACIÓN SOLIDARIA DE CLASE.

A pesar de todas las concepciones erróneas sobre la represión derivada de partidos y grupúsculos que se hacen llamar comunistas, la represión no es más que un elemento esencial de lo que entendemos por estado,  independientemente del tipo de dominación que se vea obligada a usar la burguesía -fascismo o democracia burguesa-. Si defendemos la postura marxista de que el estado es una herramienta de dominación de la clase dominante para defender sus intereses frente a la clase dominada, esta constituye  un elemento esencial del mismo, es una de las innumerables herramientas que la clase dominante tiene para someter a clase dominada. Catalogar la represión como una  característica  única de la dominación fascista supone, en primer lugar, un grave error ideológico que impide realmente tener una táctica y una estrategia acertada. En segundo lugar, aunque sea de manera indirecta, ensalza e idealiza el tipo de dominación democrática burguesa en la que, desde esta perspectiva, no existe la represión, por lo que suponen que existen realmente esas libertades, oponiéndose así a la idea de Lenin de que el partido debe concienciar a  nuestra clase que hasta en la república democrática más progresista. Las libertades solamente son libertades formales, papeles mojados que no existen para nuestra clase, siendo la lucha por el socialismo la única vía para eliminar la explotación del hombre por el hombre.

En la etapa actual en la que nos encontramos, la etapa imperialista, las contradicciones de clase se agudizan en un grado extremo, y con mayor crudeza en las épocas de crisis económica donde la burguesía descarga todo el peso de esta sobre los hombros de la clase obrera. Esto provoca  que la clase obrera se levante, aunque sea de manera inconsciente y espontánea, contra los efectos que provoca el capitalismo.

Ante ello, la burguesía, temerosa por sus intereses, aumenta la represión sobre estos elementos y aunque la utiliza contra todos aquellos movimientos (sean espontáneos o no) podemos apreciar que sus principales ataques van dirigidos contra aquellas organizaciones más revolucionarias y consecuentes. Los comunistas no debemos entender los casos represivos como hechos aislados o puramente causales, sino que debemos ver que todos ellos tienen su raíz en el sistema de explotación capitalista y la defensa de los intereses de la burguesía monopolística.

No pretendemos en este artículo hacer una caracterización de nuestro estado (para ello os recomendamos el artículo de nuestro camarada Juan Mesana, – Sobre las concepciones antimarxistas en la caracterización del estado – Juan Mesana (Universidad Obrera – Julio de 2016)), pero si queremos entender la represión actual de nuestro estado y cómo debemos hacerle frente tenemos que tener claras algunas cuestiones.

Nuestro estado sufre un proceso de fascistización; no es una dictadura fascista, pues a pesar de que la represión y el terror aumentan, el elemento principal de dominación sobre nuestra clase es la alienación, principalmente a través de las elecciones.  La dominación fascista solo es impuesta en aquellos momentos en los que la clase obrera toma una fuerza suficiente como para que la burguesía monopolística tema realmente por sus intereses. Por desgracia, en España, la clase obrera y su organización de vanguardia todavía no han adquirido dicha fuerza. La dominación fascista no se impone “voluntariamente”, sino que es un proceso al que se ve obligado la burguesía. Pero antes de la imposición de la dominación fascista, los gobiernos burgueses van tomando cada vez medidas más reaccionarias que permiten o facilitan el paso a la dominación fascista. La rapidez de este proceso depende de la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado.

“La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de la clase de la burguesía -la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta. (…)

(…) Sin embargo, no menos grave y peligroso es el error de no apreciar lo suficiente el significado que tiene para la instauración de la dictadura fascista las medidas reaccionarias de la burguesía, que se intensifican en la actualidad en los países de democracia burguesa; medidas que reprimen las libertades democráticas de los trabajadores, restringen y falsean los derechos del parlamento y agravan las medidas de represión contra el movimiento revolucionario. (…)

Todo esto, sin embargo, no disminuye la significación del hecho de que antes de la instauración de la dictadura fascista, los gobiernos burgueses pasen habitualmente por una serie de etapas preparatorias y lleven a cabo determinadas medidas reaccionarias que facilitan en forma directa el acceso del fascismo al poder. Quien no luche en estas etapas preparatorias contra las medidas reaccionarias de la burguesía y contra el creciente fascismo, no está en condiciones de impedir la victoria del fascismo, sino que por el contrario, la facilitará.”

Por ello, todo aquel antifascista, toda aquella persona que desee luchar contra la barbarie y terror del fascismo debe entender que estas medidas no son hechos aislados, no son solo leyes que dependen simplemente de un gobierno u otro, sino que son medidas encaminadas hacia la dominación fascista, y que su desarrollo o retroceso dependerá claramente de la necesidad de la burguesía de defender sus intereses y de la lucha abnegada y heroica que presente nuestra clase. Debido a esto, nosotros, los comunistas, y nuestra clase, la clase más consecuente, debemos ser la vanguardia que organice y dirija esa lucha contra el proceso de fascistización en el que la represión es su reflejo más visible.

Estudiar la historia del movimiento obrero nos permite ver que la indignación por los casos represivos es una de las formas más simples o inconscientes del movimiento obrero mediante el que la clase obrera toma conciencia de su problema fundamental. Convertir estos casos represivos en luchas políticas depende de que los elementos revolucionarios y más conscientes sean capaces de dirigir y concienciar a la misma clase obrera.

Ya hemos puesto en otros artículos de Universidad Obrera algún caso como el de los obreros de Lena y de cómo los bolcheviques, gracias a su dirección, fueron capaces de convertir esa indignación de los casos represivos en luchas políticas, haciendo que cada vez más elementos proletarios tomaran conciencia de su clase. O si queremos acercarnos a la historia más reciente de nuestro estado, la lucha heroica del F.R.A.P. y del PCE ml, y cómo supieron transformar esa ola de indignación por los asesinatos del franquismo en un movimiento de masas político, acercando a los elementos a la lucha resuelta, consecuente y revolucionaria contra la dictadura fascista.

Ante esto, en el momento histórico en el que nos encontramos se ha convertido en una necesidad crear una organización de masas que promueva la solidaridad activa entre los elementos de nuestra clase y las demás clases oprimidas por el capitalismo, que nos permita unir esta lucha a la causa del proletariado, a la eliminación del capitalismo y la eliminación de la explotación del hombre por el hombre, siendo un deber para todo aquel antifascista consecuente hacer que esta organización tome el carácter de masas y la fuerza suficiente que nuestra situación actual, nuestra clase y todas aquellas explotadas por el capitalismo nos impone.

El trabajo dentro de estas organizaciones no debe encaminarse únicamente al trabajo estanco y limitado que supone la parcialidad de un caso u otro en concreto, sino que ha de ir dirigida al interés general de nuestra clase. Los casos represivos en particular tienen un recorrido y un alcance limitado; no disponen en la actualidad ni por sí solos de una organización de masas que los apoye más allá de lo mediático del propio caso o del apoyo concreto del que éste disponga entre su entorno.

Ante esta necesidad nos encontramos dos obstáculos principales: en primer lugar, la falta de consciencia de nuestra clase y las masas oprimidas por el capitalismo, de la que solamente un trabajo perseverante y ejemplar nos permitirá que cada vez esta se convierta en una organización de masas más amplia. En segundo lugar por el perjuicio que supone la solidaridad selectiva, tendencia pequeñoburguesa enquistada en las organizaciones y partidos del estado que se autodefinen revolucionarios. Este último hecho es el principio rector en la mayoría de organizaciones y colectivos de izquierdas de este estado, basado principalmente en cuestiones personales o de una u otra organización. Esta actitud pueril y totalmente sectaria hace un flaco favor al movimiento obrero, facilitando con la división que crea en el mismo, el desarrollo del fascismo.

En esta posición de obstaculización del proceso revolucionario y de mentalidad pequeñoburguesa encontramos a diferentes elementos, todos ellos, como no podría ser de otro modo, fervientes anticomunistas y antifascistas de moda, por mucho alarde que hagan de sus vestimentas o sus discursos infantiles. Algunos hacen gala de ello y están orgullosos de su propia ignorancia. Otros, en cambio, se consideran comunistas, incluso marxistas–leninistas y ni siquiera saben de la labor de zapa que le hacen al movimiento comunista internacional, o no quieren darse cuenta y sirven con sus acciones y razonamientos pequeñoburgueses a sus amos los capitalistas. También nos encontramos, sin duda, con comunistas y antifascistas honrados que han sido infectados o hegemonizados en sus organizaciones por elementos parasitarios defensores de esta tendencia y tantas otras igualmente despreciables. Estos comunistas y antifascistas que ante tales situaciones dudan de estos contenidos deben reflexionar seriamente y preguntarse en qué situación se encuentran y si finalmente con sus acciones quieren servir a la burguesía o a la clase obrera.

Seleccionar quién o qué merece nuestra solidaridad en cuanto a represión hacia nuestra clase se refiere, no solo es despreciable sino que le hace de por sí parte del trabajo al estado burgués. Es impensable para los comunistas consecuentes obviar tareas tan importantes y necesarias dentro del movimiento comunista como la cuestión de la mujer, el racismo, el antifascismo, etcétera., por lo que también ha de ser impensable relegar la solidaridad obrera solamente a aquellos con los que son afines en todos los aspectos ideológicos o por cuestiones de amiguismo.

Nosotros, los marxistas–leninistas, no les vamos a negar la solidaridad a anarquistas, sindicalistas o independentistas entre tantos otros por el hecho de que no sean marxistas–leninistas. No vamos a hacer tampoco, como sí hacen ellos,  rechazar la solidaridad de otros colectivos simplemente porque no son ideológicamente iguales a nosotros; eso sí, siempre que esta sea en interés de nuestra clase y al resto de masas oprimidas por el capitalismo.

Asegurar una respuesta rápida, planificada e implacable ante aquellos casos de represión que sufra nuestra clase es indispensable y esta respuesta depende entre otros factores de la organización previa en este campo, así como de la influencia entre las masas de quienes la promueven. Este proceso evidentemente puede nacer de un colectivo, organización o plataforma concreta, pero no puede de ninguna forma limitarse a este, sino que ha de ser trabajo de todos los sectores más conscientes y combativos para hacer que este tipo de organización tenga una carácter de masas realmente amplio.

Hagamos pues del lema “la solidaridad es nuestra mejor arma” una realidad, aunemos nuestros esfuerzos en todos los campos y sectores, en cada uno de nuestros barrios y ciudades, centros de trabajo y de estudios, en cada rincón donde la voz de la clase obrera ha de escucharse como una sola bocanada de razón y verdad para destruir de una vez por todas la putrefacta estructura de la burguesía y su represión. Que ante la perspectiva de nuestra unidad conozcan el miedo, que les tiemble el pulso y las piernas al ver en nosotros el futuro y el progreso.

Por una solidaridad obrera, consciente y combativa que sirva a los objetivos revolucionarios de nuestra clase, que esta solidaridad nutra nuestras filas de valor y confianza al saber que su lucha no va a ser en balde, que no están solos y desprotegidos ante las acometidas de los opresores, que en el desarrollo de su lucha les acompaña toda una clase, nuestra clase, la clase obrera.

Organizar la respuesta obrera ante los ataques de la burguesía y sobreponer nuestra firmeza y compromiso ante el miedo y el sectarismo. Tales son nuestras proclamas, tales son nuestras tareas como comunistas consecuentes, como marxistas–leninistas ante su represión y su sistema putrefacto.

Nuestra tarea como los elementos más conscientes de nuestra clase, como vanguardia, es la de dotarnos de todas las herramientas necesarias para combatir a nuestro enemigo. También en este aspecto nuestros colectivos, organizaciones y partido han de trabajar fervientemente para elevar la conciencia de nuestra clase en el campo de la solidaridad obrera y hacer comprender a los militantes que la represión es cuestión inherente a nuestra lucha. Hemos de comprender y estar preparados también para sufrir esta represión en nosotros mismos y nuestras organizaciones, debemos aceptar que la “libertad” que nos ofrece este sistema queda en juego en el mismo momento en el que decidimos formar parte de la lucha más justa que se puede emprender, la lucha por el socialismo y la emancipación de nuestra clase.

Si es que realmente pretendemos avanzar en esta justa lucha y somos responsables y coherentes con nuestros principios y camaradas la claudicación no es de ningún modo una opción válida para los comunistas. No podemos claudicar y desmoronarnos ante la represión, no podemos huir ante la adversidad como ratas desesperadas por salvarse de una represión que no es hacia uno mismo, no es hacia la persona en sí –como algunos egocéntricos iluminados creen– sino que es hacia toda una clase. Esta no trata con personalismos, sino que es la represión de una clase organizada que ostenta el poder del estado –la burguesía– contra su clase opuesta y única consecuentemente revolucionaria –la clase obrera–. Quien no esté dispuesto a entender esto no tiene ningún futuro como comunista, más allá de su estancamiento bibliotecario, naftalítico y reaccionario de pseudointelectual o de cuentacuentos para cuatro admiradores igualmente acomodados.

Luchamos por el progreso de la humanidad, luchamos por el fin de la explotación del hombre por el hombre, por la emancipación de la clase obrera, por el socialismo. ¿Existe causa más justa y noble por la que combatir? Evidentemente no, no existe y por tanto como comunistas nuestro deber es el de fortalecer nuestros principios y convicciones para estar listos ante lo que la historia nos reserva. El individualismo y el miedo deben ser arrancados de nuestro seno, hemos de ser tajantes ante tales comportamientos. Esto no debe hacerse como imposición, sino que ha de ser asimilado por los militantes como consecuencia de la elevación de su conciencia, como consecuencia de la aceptación voluntaria de nuestros objetivos históricos de clase y de todo lo que esta lucha conlleva. Los cobardes y los traidores ya tienen reservado su propio lugar en el tiempo venidero, que no es otro que el vertedero de la historia. Por otro lado, para aquellos que sean fuertes y ante la adversidad se mantengan firmes, se sobrepongan y sigan fieles en su compromiso, les espera el futuro y el progreso.

Roger Ribot – Abril de 2017

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