Discurso sobre el papel del Partido Comunista.

Camaradas:   Quisiera hacer algunas observaciones que guardan relación con los discursos de los camaradas Tanner y Mclaine. Tanner dice que está a favor de la dictadura del proletariado, pero la concibe de un modo completamente distinto a como la concebimos nosotros. Dice que nosotros entendemos en realidad por dictadura del proletariado la dictadura de su minoría organizada y consciente.

Y en efecto, en la época del capitalismo, cuando las masas obreras son sometidas a una incesante explotación y no pueden desarrollar sus capacidades humanas, lo más característico para los partidos políticos obreros es justamente que sólo pueden abarcar a una minoría de su clase.

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Lenin. El día internacional de la obrera


Lo principal y fundamental en el bolchevismo y en la Revolución de Octubre en Rusia consiste precisamente en incorporar a la política a los que sufrían mayor opresión bajo el capitalismo. Los capitalistas los oprimían, los engañaban y los saqueaban con monarquía y con repúblicas democráticas burguesas. Esta opresión, este engaño, este saqueo del trabajo del pueblo por los capitalistas eran inevitables mientras existía la propiedad privada de la tierra y de las fábricas. La esencia del bolchevismo, la esencia del Poder soviético radica en concentrar la plenitud del poder del Estado en manos de las masas trabajadoras y explotadas, desenmascarando la mentira y la hipocresía de la democracia burguesa y aboliendo la propiedad privada de la tierra y de las fábricas. Estas masas se hacen cargo de la política, es decir, asumen la tarea de edificar una nueva sociedad. La obra es difícil; las masas han sido embrutecidas y oprimidas por el capitalismo, pero no hay ni puede haber otra salida de la esclavitud asalariada, de la esclavitud capitalista. Y es imposible incorporar a las masas a la política sin incorporar a las mujeres. Porque, en el capitalismo, la mitad femenina del género humano está doblemente oprimida. La obrera y la campesina son oprimidas por el capital y, además, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, no gozan de plenos derechos, pues la ley les niega la igualdad con el hombre. Esto, en primer lugar; y en segundo lugar -lo que es principal-, permanecen en “la esclavitud casera”, son “esclavas del hogar”, viven agobiadas por la labor más mezquina, más ingrata, más dura y más embrutecedora: la de la cocina y, en general, la de la economía doméstica familiar individual. La revolución bolchevique, soviética, corta las raíces de la opresión y de la desigualdad de la mujer tan profundamente como jamás osó cortarlas un solo partido ni una sola revolución en el mundo. En nuestro país, en la Rusia Soviética, no han quedado ni rastros de la desigualdad de la mujer y del hombre ante la ley. El Poder soviético ha suprimido por completo una desigualdad sobremanera repulsiva, vil e hipócrita en el derecho matrimonial y familiar: la desigualdad en lo que respecta a los hijos. Esto es sólo el primer paso hacia la emancipación de la mujer. Pero ninguna república burguesa, ni siquiera la más democrática, se atrevió jamás a dar incluso este primer paso. No se atrevió por temor a “la sacrosanta propiedad privada”. El segundo paso, el principal, ha sido la abolición de la propiedad privada de la tierra y de las fábricas. Así, y sólo así, se abre el camino para la emancipación completa y efectiva de la mujer, para su liberación de “la esclavitud casera” mediante el paso de la pequeña economía doméstica individual a la grande y socializada. La transición es difícil, pues se trata de transformar las “normas” más arraigadas, rutinarias, anquilosadas y osificadas (a decir verdad, son bochorno y salvajismo, y no “normas”). Esta transición ha comenzado, la obra está en marcha, hemos entrado en el nuevo camino. Y en el Día Internacional de la Obrera, en innumerables reuniones de trabajadoras de todos los países del mundo resonarán saludos a la Rusia Soviética, que ha emprendido una obra difícil y trabajosa hasta lo indecible, pero grande, de trascendencia universal y verdaderamente liberadora. Resonarán llamamientos optimistas, exhortando a no desfallecer ante la reacción burguesa, brutal y a menudo feroz. Cuanto más “libre” o “democrático” es un país burgués tanto más brutalidades y ferocidades comete la banda capitalista contra la revolución de los obreros; ejemplo de ello es la república democrática de los Estados Unidos de Norteamérica. Pero él obrero ha despertado ya en masa. La guerra imperialista ha despertado definitivamente a las masas durmientes, soñolientas y rutinarias tanto en América como en Europa y en la atrasada Asia. Se ha roto el hielo en todos los confines del mundo. Avanza de manera incontenible la liberación de los pueblos del yugo del imperialismo, la emancipación de los obreros y de las obreras del yugo del capital. La han impulsado decenas y cientos de millones de obreros y obreras, de campesinos y campesinas. Y por eso, la causa de la emancipación del trabajo del yugo del capital triunfará en el mundo entero.

Lenin. Sobre los sindicatos, el momento actual y los errores de Trosky

Camaradas: Debo, ante todo, pedir excusas por infringir el reglamento, pues para participar en la discusión tendría que haber escuchado, como es natural, el informe, el coinforme y los debates. Por desgracia, me siento tan mal de salud que no he podido hacerlo. Pero ayer tuve la posibilidad de leer los documentos impresos fundamentales y preparar mis observaciones. Por supuesto, la infracción del reglamento a que me he referido implicará para vosotros ciertos inconvenientes: es posible que me repita al no saber lo que han dicho otros y no responda a lo que sería necesario responder. Mas no he podido proceder de otro modo. El documento principal en que me baso es el folleto del camarada Trotski El papel y las tareas de los sindicatos. Al cotejar este folleto con las tesis que presentó en el Comité Central y leerlo con atención, me asombra la cantidad de errores teóricos y de flagrantes inexactitudes que contiene. ¿Cómo ha sido posible que, al iniciar una gran discusión en el partido sobre este problema, se haya preparado una cosa tan desafortunada en vez de proporcionar la cosa más meditada? Señalaré de modo sucinto los puntos fundamentales que contienen, a mi entender, las inexactitudes teóricas primarias y esenciales. Los sindicatos no son sólo históricamente necesarios: son también una organización del proletariado industrial históricamente inevitable, que en las condiciones de la dictadura del proletariado abarca a éste casi en su totalidad. Esta es la idea más fundamental, pero el camarada Trotski la olvida a cada paso, no parte de ella, no la valora. El propio tema propuesto por él, El papel y las tareas de los sindicatos, es infinitamente amplio. De lo dicho se deduce ya que el papel de los sindicatos es esencial en extremo en toda la realización de la dictadura del proletariado. Pero ¿cuál es ese papel? Pasando a la discusión de este tema, uno de los problemas teóricos más fundamentales, llego a la conclusión de que este papel es extraordinariamente peculiar. De una parte, al abarcar, al incluir en las filas de la organización a la totalidad de los obreros industriales, los sindicatos son una organización de la clase dirigente, dominante, gobernante; de la clase que ejerce la dictadura, de la clase que aplica la coerción estatal. Pero no es una organización estatal, no es una organización coercitiva; es una organización educadora, una organización que atrae e instruye; es una escuela, escuela de gobierno, escuela de administración, escuela de comunismo. Es una escuela de tipo completamente excepcional, pues no se trata de maestros y alumnos, sino de cierta combinación original en extremo de lo que ha quedado del capitalismo, y debía quedar sin falta, y de lo que promueven de su seno los destacamentos revolucionarios avanzados, por decirlo así, la vanguardia revolucionaria del proletariado. Pues bien, hablar del papel de los sindicatos sin tener en cuenta estas verdades significa llegar ineluctablemente a una serie de inexactitudes. Por el lugar que ocupan en el sistema de la dictadura del proletariado, los sindicatos están situados, si cabe expresarse así, entre el partido y el poder del Estado. Durante la transición al socialismo es inevitable la dictadura del proletariado, pero esta dictadura no la ejerce la organización que comprende a la totalidad de los obreros industriales. ¿Por qué? Lo podemos leer en las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista acerca del papel del partido político en general. No analizaré aquí esta cuestión con detenimiento. La cosa es que el partido concentra en sus filas, por así decirlo, a la vanguardia proletaria y esta vanguardia ejerce la dictadura del proletariado. Y sin contar con una base como los sindicatos es imposible ejercer la dictadura, es imposible cumplir las funciones estatales. Pero estas funciones deben ser cumplidas a través de una serie de instituciones especiales de un tipo nuevo, a saber: a través del mecanismo de los Soviets. ¿En qué consiste la peculiaridad de esta situación en cuanto a las conclusiones prácticas? En que los sindicatos crean el vínculo de la vanguardia con las masas: con su labor cotidiana, los sindicatos convencen a las masas, a las masas de la única clase capaz de conducirnos del capitalismo al comunismo. Esto, por un lado. Por otro, los sindicatos son “una fuente” de poder estatal. Eso son los sindicatos en el período de transición del capitalismo al comunismo. En general, es imposible efectuar esta transición sin que ejerza su hegemonía la única clase educada por el capitalismo para la gran producción y la única que está desligada de los intereses del pequeño propietario. Pero la dictadura del proletariado no se puede realizar a través de la organización que agrupa a la totalidad del mismo. Porque el proletariado está aún tan fraccionado, tan menospreciado, tan corrompido en algunos sitios (por el imperialismo, precisamente, en ciertos países), no sólo en Rusia, uno de los países capitalistas más atrasados, sino en todos los demás países capitalistas, que la organización integral del proletariado no puede ejercer directamente la dictadura de éste. La dictadura sólo puede ejercerla la vanguardia, que concentra en sus filas la energía revolucionaria de la clase. Tenemos, pues, algo así como una serie de ruedas dentadas. Tal es el mecanismo de la base misma de la dictadura del proletariado, de la propia esencia de la transición del capitalismo al comunismo. De aquí se deduce ya que cuando el camarada Trotski, al referirse en la primera tesis a “la confusión ideológica”, habla de una crisis especialmente y precisamente de los sindicatos, hay en el fondo algo que es erróneo desde el punto de vista de los principios. Sólo podrá hablarse de crisis después de analizar el momento político. Quien tiene “confusión ideológica” es precisamente Trotski; porque en el problema fundamental del papel de los sindicatos durante la transición del capitalismo al comunismo, es él, y no otro, quien ha perdido de vista, quien no ha tenido en cuenta que existe un complejo sistema de varias ruedas dentadas y que no puede haber un sistema simple, pues es imposible ejercer la dictadura del proletariado a través de la organización que abarca a la totalidad de éste. Es imposible realizar la dictadura sin varias “correas de transmisión”, que van de la vanguardia a las masas de la clase avanzada y de ésta a las masas trabajadoras. En Rusia, las masas trabajadoras son campesinas; en otros países no existen tales masas, pero hasta en los más adelantados hay una masa no proletaria o no puramente proletaria. De esto dimana ya, efectivamente, una confusión ideológica. Pero en vano inculpa Trotski de ella a otros. Cuando analizo el papel de los sindicatos en la producción, veo el error cardinal de Trotski: habla siempre de este problema “en principio”, habla del “principio general”. En todas sus tesis arranca del punto de vista del “principio general”. Aunque sólo sea por eso, el planteamiento es profundamente erróneo. Esto sin decir ya que el IX Congreso del partido habló bastante, más que bastante, del papel de los sindicatos en la producción. Y sin decir que el propio Trotski cita en sus mismas tesis unas manifestaciones absolutamente claras de Lozovski y Tomski, de los cuales se sirve para hacerles desempeñar el papel de “chico de los golpes”, como se dice en alemán, o de objeto en que puede ejercitar sus dotes polémicas. No hay discrepancias de principio, y para ello se ha elegido con poca fortuna a Tomski y Lozovski, que han escrito cosas citadas por el propio Trotski. En ellas no encontraremos nada serio en orden a discrepancias de principio, por mucho que nos afanemos en buscarlas. En general, el error gigantesco, el error básico, consiste en que el camarada Trotski arrastra al partido y al Poder soviético hacia atrás, planteando ahora la cuestión “en el terreno de los principios”. Por fortuna, hemos pasado de los principios a la labor práctica, eficiente. En el Smolny151 hablamos de los principios, y, sin duda, más de la cuenta. Ahora, tres años después, existen decretos sobre todos los puntos del problema de la producción, sobre toda una serie de elementos integrantes de este problema; pero los decretos son una cosa tan malhadada que, después de firmarlos, nosotros mismos los echamos al olvido y los incumplimos. Y después se inventan divagaciones acerca de los principios, se inventan discrepancias de principio. Más adelante recordaré un decreto que se refiere al papel de los sindicatos en la producción, un decreto que todos hemos olvidado, incluso yo, y de lo cual debo arrepentirnos. Las divergencias verdaderas, que existen, no se refieren en modo alguno a cuestiones sobre los principios generales, excepción hecha de las que he enumerado. Yo estaba en el deber de señalar mis “discrepancias” con el camarada Trotski, que acabo de enumerar, pues al elegir un tema tan amplio como El papel y las tareas de los sindicatos, el camarada Trotski ha incurrido, a mi juicio, en una serie de errores relacionados con la propia esencia del problema de la dictadura del proletariado. Pero, dejando esto a un lado, cabe preguntar: ¿a qué se debe realmente que no consigamos el trabajo armonioso que tanto necesitamos? Se debe a la divergencia en cuanto a los métodos de abordar a las masas, de ganarse a las masas, de vincularse a ellas. En eso reside todo el fondo de la cuestión. Y en eso reside precisamente la peculiaridad de los sindicatos como instituciones creadas bajo el capitalismo, inevitables durante la transición del capitalismo al comunismo y puestas en tela de juicio en lo futuro. Ese futuro, en el que los sindicatos serán puestos en tela de juicio, está lejos; nuestros nietos hablarán de ello. Pero de lo que se trata hoy es de cómo abordar a las masas, de cómo ganárselas, de cómo vincularse a ellas, de cómo poner a punto las complicadas correas de transmisión del trabajo (del trabajo de realización de la dictadura del proletariado). Observad que cuando hablo de las complicadas correas de transmisión del trabajo no pienso en la máquina de los Soviets. Lo que deba decirse respecto a la complejidad de las correas de transmisión en este terreno es capítulo aparte. Por ahora sólo hablo en abstracto y desde el punto de vista de los principios de las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista; en ella hay proletariado, hay masas trabajadoras no proletarias, hay pequeña burguesía y hay burguesía. Desde este punto de vista, aun en el caso de que no hubiese burocracia en el mecanismo del Poder soviético, tenemos ya una extraordinaria complejidad de las correas de transmisión en virtud de lo que ha sido creado por el capitalismo. Y en esto hay que pensar, ante todo, cuando se pregunta en qué consiste la dificultad de “la tarea” de los sindicatos. La verdadera divergencia, repito, no consiste en modo alguno en lo que cree el camarada Trotski, sino en el problema de cómo ganarse a las masas, de cómo abordarlas, de cómo vincularse a ellas. Debo decir que si estudiáramos detallada y minuciosamente, aunque fuera en pequeñas proporciones, nuestra propia práctica, nuestra experiencia, evitaríamos cientos de “discrepancias” y errores de principio superfluos, de los que está lleno este folleto del camarada Trotski. Por ejemplo, en este folleto hay tesis enteras consagradas a la polémica con “el tradeunionismo soviético”. ¡Por si hubiera pocos, se ha inventado un nuevo espantajo! ¿Y quién lo ha inventado? El camarada Riazánov. Conozco al camarada Riazánov desde hace veinte años y pico. Vosotros lo conocéis menos que yo en cuanto al tiempo, pero no menos en lo que respecta a sus actividades. Sabéis muy bien que entre sus lados fuertes, que los tiene, no figura el saber calibrar las consignas. ¿Vamos, pues, a presentar en las tesis como “tradeunionismo soviético” lo que en cierta ocasión dijo, no muy a propósito, el camarada Riazánov? ¿Es serio eso? De ser así, entonces tendremos “tradeunionismo soviético”, “anticoncertación soviética de la paz” y no sé cuantas cosas más. No hay ni un solo punto sobre el que no se pueda inventar un “ismo” soviético. (Riazánov: “Antibrestismo soviético”.) Sí, completamente exacto, “antibrestismo soviético” . Y entretanto, incurriendo en esa falta de seriedad, el camarada Trotski comete en el acto un error. Resulta, según él, que la defensa de los intereses materiales y espirituales de la clase obrera no es misión de los sindicatos en un Estado obrero. Eso es un error. El camarada Trotski habla dé “Estado obrero”. Permítaseme decir que esto es una abstracción. Se comprende que en 1917 hablásemos del Estado obrero; pero ahora se comete un error manifiesto cuando se nos dice: “¿Para qué defender, y frente a quién defender, a la clase obrera si no hay burguesía y el Estado es obrero?” No del todo obrero: ahí está el quid de la cuestión. En esto consiste cabalmente uno de los errores fundamentales del camarada Trotski. Ahora que hemos pasado de los principios generales al examen práctico y a los decretos se nos quiere arrastrar hacia atrás, apartándonos de la labor práctica y eficiente. Eso es inadmisible. En nuestro país, el Estado no es, en realidad, obrero, sino obrero y campesino. Esto en primer término. Y de esto dimanan muchas cosas. (Bujarin: ¿Qué Estado? ¿Obrero y campesino?) Y aunque el camarada Bujarin grite desde atrás:” ¿Qué Estado? ¿Obrero y campesino?”, no le responderé. Quien lo desee, puede recordar el Congreso de los Soviets que acaba de celebrarse y en él encontrará la respuesta. Pero hay más. En el programa de nuestro partido – documento que conoce muy bien el autor de El abecé del comunismo- vemos ya que nuestro Estado es obrero con una deformación burocrática. Y hemos tenido que colgarle -¿cómo decirlo?- esta lamentable etiqueta, o cosa así. Ahí tenéis la realidad del período de transición. Pues bien, dado este género de Estado, que ha cristalizado en la práctica, ¿los sindicatos no tienen nada que defender?, ¿se puede prescindir de ellos para defender los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad? Esto es falso por completo desde el punto de vista teórico. Esto nos llevaría al terreno de la abstracción o del ideal que alcanzaremos dentro de quince o veinte años, aunque yo no estoy seguro de que lo alcancemos precisamente en ese plazo. Tenemos ante nosotros una realidad, que conocemos bien si no perdemos la cabeza, si no nos dejamos llevar por disquisiciones de intelectuales, o por razonamientos abstractos, o por algo que a veces parece “teoría”, pero que, en la práctica, es un error, una falsa apreciación de las peculiaridades del período de transición. Nuestro Estado de hoy es tal que el proletariado organizado en su totalidad debe defenderse, y nosotros debemos utilizar estas organizaciones obreras para defender a los obreros frente a su Estado y para que los obreros defiendan nuestro Estado. Una y otra defensa se efectúa a través de una combinación original de nuestras medidas estatales y de nuestro acuerdo, del “enlazamiento” con nuestros sindicatos. De este enlazamiento hablaré más adelante. Pero esta palabra muestra ya de por sí que inventar aquí un enemigo personificado por “el tradeunionismo soviético” equivale a cometer un error. Porque el concepto de “enlazamiento” significa que existen cosas diferentes que todavía es preciso enlazar; el concepto de “enlazamiento” incluye que es necesario saber utilizar las medidas del poder estatal para defender de este poder estatal los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad.  Pero cuando en lugar de enlazamiento tengamos unión y fusión, nos reuniremos en un congreso para hacer un examen positivo de la experiencia práctica, y no de “discrepancias” de principios o de razonamientos teóricos abstractos. También es desafortunado el intento de descubrir discrepancias de principios con el camarada Tomski y el camarada Lozovski, a quienes el camarada Trotski presenta como “burócratas” sindicales (más adelante diré en cuál de las dos partes contrincantes hay tendencias burocráticas). Sabemos muy bien que si el camarada Riazánov tiene, a veces, la pequeña debilidad de inventar sin falta una consigna, casi de principios, el camarada Tomski no agrega este defecto a los muchos de que adolece. Por eso creo que entablar un combate de principios con el camarada Tomski (como hace el camarada Trotski) es pasarse de la raya. Eso, en verdad, me asombra. Hubo un tiempo en que todos nosotros dimos muchos traspiés en lo referente a discrepancias fraccionales, teóricas y de todo otro género (aunque, claro está, hicimos también algo útil), y parece que desde entonces nos hemos superado. Y es hora ya de pasar de la invención y exageración de discrepancias de principios a la labor práctica. Jamás he oído que en Tomski predomine el teórico, que Tomski pretenda ostentar el título de teórico; quizá esto sea un defecto suyo, eso es ya otra cuestión. Pero Tomski, compenetrado como está con el movimiento sindical y dada su situación, tiene que reflejar consciente o inconscientemente -eso es ya otra cosa, yo no digo que lo haga siempre conscientemente- este complicado período de transición. Y si a las masas les duele algo y ellas mismas no saben lo que les duele, y él no sabe lo que les duele (aplausos, risas); si entonces él vocifera, yo afirmo que eso es un mérito y no un defecto. Estoy completamente seguro de que en Tomski se pueden encontrar muchos errores teóricos parciales. Y todos nosotros, si nos sentamos en torno a una mesa y escribimos inmediatamente una resolución o unas tesis, todos corregiremos, o tal vez no corrijamos, pues el trabajo de producción es más interesante que la corrección de discrepancias teóricas minúsculas. Paso ahora a “la democracia en la producción”; esto, por decirlo así, es para Bujarin. Sabemos muy bien que cada persona tiene sus pequeñas debilidades, que hasta los grandes hombres adolecen de pequeñas flaquezas, incluido Bujarin. Si aparece un término artificioso, Bujarin no puede dejar de pronunciarse en el acto a favor de él. En la sesión plenaria del Comité Central celebrada el 7 de diciembre, Bujarin escribió casi con voluptuosidad una resolución acerca de la democracia en la producción. Y cuanto más pienso en esta “democracia en la producción”, con mayor claridad veo la falsedad teórica, veo que ha faltado reflexión. Ahí no hay más que un lío. Y ante este ejemplo es preciso decir una vez más, por lo menos en una reunión del partido: “Camarada N. I. Bujarin, menos florituras verbales; será mejor para usted, para la teoría y para la República”. (Aplausos.) La producción es necesaria siempre. La democracia es una categoría exclusivamente de la esfera política. No se puede estar en contra de que se emplee esta palabra en un discurso o en un artículo. El artículo toma y expresa con claridad una correlación, y eso basta. Pero cuando convertís esto en una tesis, cuando queréis hacer de esto una consigna que agrupe a “conformes” y disconformes, cuando se dice, como lo hace Trotski, que el partido deberá “elegir entre dos tendencias”, eso suena ya como algo extraño por completo. He de referirme de manera especial a si el partido deberá “elegir”, y de quién es la culpa de que se le haya colocado en la tesitura de tener que “elegir”. Puesto que las cosas han salido así, debemos decir: “En todo caso, elegid menos consignas teóricamente falsas y que no originan más que confusión, como la de “democracia en la producción””. Ni Trotski ni Bujarin han meditado con la suficiente claridad teórica este término y se han hecho un lío. “La democracia en la producción” sugiere pensamientos que no caben de ningún modo en el conjunto de ideas que movían a ambos. Querían subrayar, fijar más la atención en la producción. Subrayar en un artículo o en un discurso es una cosa, pero cuando eso se convierte en tesis y cuando el partido debe elegir, yo digo: elegid contra eso, pues eso es un embrollo. La producción es necesaria siempre; la democracia, no siempre. La democracia en la producción engendra una serie de ideas falsas de raíz. Hace muy poco se propugnaba la dirección unipersonal. No se puede hacer un amasijo, creando el peligro de que la gente se embrolle: unas veces democracia, otras dirección unipersonal y otras dictadura. No hay que renunciar en modo alguno a la dictadura. Oigo que Bujarin brama detrás de mí: “Completamente exacto”. (Risas. Aplausos.) Prosigamos. Desde septiembre venimos hablando de pasar del sistema de trabajo de choque al igualitarismo; hablamos de esto en la resolución de la conferencia general del partido, aprobada por el Comité Central. El problema es difícil. Porque, de una forma o de otra, hay que combinar el igualitarismo y el sistema de trabajo de choque, aunque estos dos conceptos se excluyen mutuamente. Sin embargo, hemos estudiado un poco el marxismo, hemos aprendido cómo y cuándo se puede y se debe unir los contrarios, y, lo que es principal: en nuestra revolución, en tres años y medio, hemos unido los contrarios prácticamente y en múltiples ocasiones. Es evidente la necesidad de abordar el problema con mucha prudencia y reflexión, pues ya en las lamentables sesiones plenarias del CC , en las que se formaron el grupo de los siete, el de los ocho y el famoso “grupo de tope” del camarada Bujarin, hablamos de estas cuestiones de principios y determinamos ya que no es fácil pasar del sistema de trabajo de choque al igualitarismo. Y para cumplir este acuerdo de la Conferencia de Septiembre debemos trabajar un poco. Porque se pueden combinar estos conceptos opuestos de manera que resulte una cacofonía, y se pueden combinar también de manera que resulte una sinfonía. El sistema de trabajo de choque significa dar preferencia a una producción, de entre todas las necesarias, en virtud de su mayor urgencia. ¿En qué debe consistir la preferencia? ¿Qué proporciones debe alcanzar? Es una cuestión difícil, y debo decir que para resolverla no basta con el celo en el cumplimiento de las tareas, no basta tampoco con el heroísmo personal de quien tal vez reúna muchas cualidades excelentes, pero que vale más en el puesto que le corresponde; hay que saber enfocar este problema tan original. Pues bien, si se plantea la cuestión del sistema de trabajo de choque y del igualitarismo, lo primero que debe hacerse es abordarla con reflexión, y eso es precisamente lo que no se observa en el trabajo del camarada Trotski; cuanto más rehace sus tesis iniciales, tantos más postulados falsos hay en ellas. He aquí lo que leemos en sus últimas tesis: “… En la esfera del consumo, es decir, de las condiciones de existencia personal de los trabajadores, es preciso aplicar la línea del igualitarismo. En la esfera de la producción, el principio del sistema de trabajo de choque seguirá siendo para nosotros, aún durante mucho tiempo, el decisivo…” (tesis 41, pág. 31 del folleto de Trotski). Esto es una completa confusión teórica. Esto es absolutamente erróneo. El sistema de trabajo de choque implica una preferencia, pero la preferencia sin consumo no es nada. Si la preferencia que se tiene conmigo consiste en que voy a recibir un octavo de libra de pan, no necesito para nada esa preferencia. La preferencia en el sistema de trabajo de choque es también preferencia en el consumo. Sin esto, el sistema de trabajo de choque será un sueño, una quimera; pero nosotros, pese a todo, somos materialistas. Y los obreros también son materialistas. Si se habla de sistema de trabajo de choque, hay que dar pan, ropa y carne. Sólo así comprendíamos y seguimos comprendiendo estos problemas al discutirlos cientos de veces, con motivos concretos, en el Consejo de Defensa, cuando un dirigente se afana por que le den botas para la gente, diciendo: “Mi fábrica es de choque”, y otro replica: “Las botas me corresponden a mí, porque, de lo contrario, no resistirán los obreros de choque de tu fábrica y fracasará tu trabajo”.  Resulta, pues, que la cuestión del igualitarismo y del sistema de trabajo de choque se plantea en las tesis de un modo completamente falso. Además, representa un retroceso con respecto a lo que prácticamente ha sido ya comprobado y logrado. Eso es inadmisible, y siguiendo ese camino no se conseguirá nada bueno. Otra cuestión: la del “enlazamiento”. Lo más acertado en estos momentos sería no hablar de “enlazamiento”. La palabra es de plata, y el silencio, de oro. ¿Por qué? Porque del enlazamiento nos hemos ocupado ya en la práctica; no existe ni un Consejo Económico provincial de importancia, ni una gran sección del Consejo Superior de Economía Nacional, del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación, etc., donde no se haya procedido prácticamente al enlazamiento. Pero ¿son buenos del todo los resultados? Ahí está precisamente la dificultad. Estudiad la experiencia práctica de cómo se ha efectuado el enlazamiento y de qué se ha conseguido con ello. Son tantos los decretos por los que se ha implantado el enlazamiento en una u otra institución que es imposible enumerarlos. Pero no hemos sabido aún estudiar de un modo práctico lo que ha resultado de eso, lo que ha proporcionado el enlazamiento en tal o cual rama de la industria cuando este o aquel miembro de un sindicato provincial ha pasado a ocupar un determinado puesto en el Consejo Económico provincial; a qué ha conducido eso, cuántos meses ha tardado en llevar a cabo este enlazamiento, etc.; no hemos sabido aún estudiar con eficacia nuestra propia experiencia práctica. Hemos sabido inventar una discrepancia de principios sobre el enlazamiento y, además, cometer un error -en eso somos maestros-, pero somos incapaces de estudiar nuestra propia experiencia y comprobarla. Y cuando celebremos congresos de los Soviets en los que, además de secciones para el estudio de las zonas agrícolas desde el punto de vista de una u otra aplicación de la ley de mejoramiento de la agricultura, haya secciones para el estudio del enlazamiento, para el estudio de los resultados del enlazamiento en la industria harinera de la provincia de Sarátov, o en la metalúrgica de Petrogrado, o en la industria hullera en la cuenca del Donets, etc.; cuando estas secciones, después de reunir gran cantidad de datos y documentos, declaren: “Hemos estudiado esto y lo de más allá”, entonces diré: “¡Sí, hemos empezado a hacer algo práctico, hemos salido de la infancia!” Sin embargo, ¿qué puede haber más lamentable y más erróneo que, después de haber invertido tres años en aplicar el enlazamiento, se nos presenten unas “tesis” en las que se inventan discrepancias de principios sobre él? Hemos emprendido el camino del enlazamiento y no dudo de que lo hemos emprendido con acierto, pero no hemos estudiado todavía como es debido los resultados de nuestra experiencia. Por eso, la única táctica inteligente respecto al problema del enlazamiento es la de callar. Hay que estudiar la experiencia práctica. He firmado decretos y disposiciones que contienen indicaciones sobre enlazamientos prácticos, y la práctica es cien veces más importante que toda teoría. Por eso, cuando se dice: “Hablemos de “enlazamiento””, yo respondo: “Estudiemos lo que hemos hecho”. Es indudable que hemos cometido muchos errores. Es posible también que gran parte de nuestros decretos deban ser modificados. Estoy de acuerdo con ello y no siento la menor predilección por los decretos. Pero entonces presentad propuestas prácticas: hay que rehacer esto o lo otro. Eso será un planteamiento positivo de la cuestión. Eso no será una labor improductiva. Eso no llevará a la proyectomanía burocrática. Cuando leo en el folleto de Trotski el apartado VI, Conclusiones prácticas, veo que estas conclusiones prácticas adolecen precisamente de ese defecto. Porque en ellas se dice que deben formar parte del Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia y del Presídium del Consejo Superior de Economía Nacional de una tercera parte a la mitad de los miembros comunes de ambas instituciones, y de los organismos colegiados, de la mitad a los dos tercios, etc. ¿Por qué? Simplemente, “a ojo”. Es natural que en nuestros decretos se establezcan con frecuencia semejantes proporciones precisamente “a ojo”; pero ¿por qué es inevitable que se haga eso en los decretos? No soy defensor de todos los decretos y no pretendo presentarlos mejores de lo que son en realidad. En ellos hay a cada paso magnitudes convencionales como mitad, tercera parte de los miembros que integran una y otra institución, etc., magnitudes tomadas a ojo. Cuando en un decreto se dice tal cosa, eso significa: probad a hacerlo así y luego sopesaremos los resultados de vuestra “prueba”. Después analizaremos lo que haya salido. Cuando lo hayamos analizado, podremos progresar. Estamos aplicando el enlazamiento y lo aplicaremos cada vez mejor, pues somos cada día más prácticos y expertos. Pero me parece que he comenzado a dedicarme a “la propaganda en el terreno de la producción”. ¡Es inevitable! Cuando se habla del papel de los sindicatos en la producción no hay más remedio que tocar este problema. Paso a este punto, a la propaganda en el terreno de la producción. Es también una cuestión práctica, que planteamos con un criterio práctico. Se han creado ya instituciones del Estado para la propaganda en el terreno de la producción. Ignoro si son buenas o malas, hay que probarlas; y no hace falta en modo alguno escribir “tesis” sobre esta cuestión. Hablando en conjunto del papel de los sindicatos en la producción, en lo que se refiere a la democracia no hace falta otra cosa que el espíritu democrático corriente. Los artificios como “la democracia en la producción” son falsos y nada resultará de ellos. Esto, en primer lugar. En segundo lugar, la propaganda en el terreno de la producción. Se han creado ya las instituciones. Las tesis de Trotski hablan de la propaganda en el terreno de la producción. En vano, porque las “tesis” sobre el particular son ya una cosa anticuada. Todavía no sabemos si la institución es buena o mala. Experimentaremos en la práctica y entonces hablaremos. Estudiemos y preguntemos. Supongamos que en el congreso se forman diez secciones compuestas de diez miembros cada una: “¿Te has ocupado de la propaganda en el terreno de la producción? ¿Cómo? ¿Cuáles son los resultados?” Después de estudiar esto, recompensaremos a quienes hayan logrado mayores éxitos y desecharemos la experiencia desafortunada. Contamos ya con experiencia práctica; escasa, pequeña, pero la tenemos; y de ella se nos quiere hacer volver atrás, a las “tesis de principios”. Más que “tradeunionismo”, eso es un movimiento “reaccionario”. En tercer lugar, el sistema de premios. Ahí tenéis el papel y la tarea de los sindicatos en la producción: la concesión de premios en especie. Se ha empezado. La cosa está en marcha. Se han destinado para esto quinientos mil puds de trigo y se han distribuido ya ciento setenta mil. No sé si se han distribuido bien, con acierto. “En el Consejo de Comisarios del Pueblo se ha dicho: no se hace bien la distribución, en lugar de premios resulta un plus sobre el salario. Así lo han señalado tanto los dirigentes sindicales como los del Comisariado del Pueblo de Trabajo. Hemos designado una comisión para estudiar el asunto, mas todavía no lo ha estudiado. Se han distribuido ciento setenta mil puds de trigo, pero hay que hacer la distribución de tal manera que se recompense a quienes hayan revelado heroísmo, eficiencia, talento y celo como trabajadores en la esfera de la economía; en una palabra, a quienes hayan revelado las cualidades que Trotski ensalza. Ahora bien, no se trata de cantar loas en unas tesis, sino de dar pan y carne. ¿No será mejor, por ejemplo, privar de carne a una categoría determinada de obreros y distribuirla en forma de premios a otros, a los obreros “de choque”? No renunciamos a este sistema de trabajo de choque. Lo necesitamos y estudiaremos minuciosamente la experiencia práctica de nuestra aplicación de este sistema. En cuarto lugar, los tribunales disciplinarios. El papel de los sindicatos en la producción, “la democracia en la producción”, lo diremos sin ánimo de zaherirle al camarada Bujarin, son puras bagatelas si no existen tribunales disciplinarios. Pero en vuestras tesis eso no se ve. Así pues, en el terreno de los principios, en el terreno teórico y en el terreno práctico se desprende una sola conclusión a propósito de las tesis de Trotski y de la posición de Bujarin: ¡Dios nos libre de ellas! Llego más aún a esta conclusión cuando me digo: no planteáis el problema de un modo marxista. Y no se trata sólo de que las tesis contengan una serie de errores teóricos. El enfoque de “el papel y las tareas de los sindicatos” no es marxista, pues no se puede abordar un tema tan amplio sin meditar en las peculiaridades del momento actual en su aspecto político. Porque no en vano hemos escrito junto con el camarada Bujarin, en la resolución del IX Congreso del PCR acerca de los sindicatos, que la política es la expresión más concentrada de la economía. Al analizar el momento político actual podríamos decir que estamos viviendo un período de transición en un período de transición. Toda la dictadura del proletariado es un período de transición; pero ahora tenemos, por decirlo así, todo un cúmulo de nuevos períodos de transición. Desmovilización del ejército, terminación de la guerra, posibilidad de una tregua pacífica mucho más larga que antes, posibilidad de pasar con mayor firmeza del frente de la guerra al frente del trabajo. Sólo por esto, tan sólo por esto, se modifica ya la actitud de la clase proletaria ante la clase campesina. ¿Cómo se modifica? Esto hay que examinarlo con la mayor atención, pero en vuestras tesis no lo hacéis. Y mientras no lo examinemos, hay que saber esperar. El pueblo está más que cansado, toda una serie de reservas que deberían consumir algunas industrias de choque han sido ya consumidas, la actitud del proletariado ante los campesinos se modifica. El cansancio de la guerra es colosal, las necesidades han aumentado, pero la producción no se ha incrementado o se ha incrementado en cantidad insuficiente. Por otra parte, en mi informe al VIII Congreso de los Soviets he señalado ya que hemos aplicado con acierto y éxito la coerción cuando hemos sabido basarla en una labor previa de persuasión. Debo decir que Trotski y Bujarin no han tenido en cuenta en absoluto esta importantísima consideración. ¿Hemos sabido basar todas las nuevas tareas de la producción en una labor de persuasión suficientemente amplia y seria? No, apenas si hemos comenzado a hacerlo. No hemos sabido todavía incorporar a las masas. ¿Y pueden las masas pasar de la noche a la mañana a cumplir estas nuevas tareas? No pueden, porque la cuestión, supongamos, de si hay que acabar con el terrateniente Wrangel y de si es preciso regatear sacrificios para ello, una cuestión así no requiere ya una propaganda especial. Pero en lo que atañe al papel de los sindicatos en la producción -si se tiene en cuenta no la cuestión “de principios”, no las divagaciones acerca del “tradeunionismo soviético” y demás nimiedades, sino el aspecto práctico-, no hemos hecho más que empezar a estudiar el problema, no hemos hecho más que crear la institución encargada de llevar a cabo la propaganda en el terreno de la producción y todavía no tenemos experiencia. Hemos establecido los premios en especie, pero carecemos aún de experiencia. Hemos creado los tribunales disciplinarios, pero desconocemos aún los resultados. Y sin embargo, desde el punto de vista político, lo más importante es la preparación precisamente de las masas. ¿Está preparada la cuestión, ha sido estudiada, meditada y sopesada desde este punto de vista? Ni mucho menos. Y en eso consiste el error político cardinal, profundísimo y peligroso; porque en esta cuestión, más que en ninguna otra, hay que actuar siguiendo la regla que dice: “Mide siete veces antes de cortar”, pero se han puesto a cortar sin haber medido ni una sola vez. Dicen que “el partido debe elegir entre dos tendencias”, mas no han medido aún ni una sola vez y han inventado la falsa consigna de “la democracia en la producción”. Es preciso comprender el significado de esta consigna, sobre todo en un momento político en el que el burocratismo aparece ante las masas con toda evidencia y hemos planteado a la orden del día este problema. El camarada Trotski dice en las tesis que, en cuanto a la cuestión de la democracia obrera, al congreso “sólo le queda consignar unánimemente”. Eso es falso. No basta con consignar: consignar significa refrendar lo que está bien sopesado y medido, mientras que la cuestión de la democracia en la producción está muy lejos aún de haber sido sopesada a fondo, no ha sido experimentada, no ha sido comprobada. Pensad en cómo pueden interpretar las masas la consigna de “democracia en la producción”. “Nosotros, hombres medios, hombres de la masa, decimos que es preciso renovar, que es preciso corregir, que es preciso echar a los burócratas, y tú tratas de desorientarnos diciendo que nos dediquemos a la producción, que pongamos de relieve la democracia en los éxitos de la producción; pero nosotros no queremos producir con este personal burocrático de las administraciones, de las direcciones generales, etc., sino con otro personal”. No habéis dejado que las masas hablen, asimilen y piensen; no habéis dejado que el partido adquiera nueva experiencia, y sentís ya prisa, exageráis la nota y creáis fórmulas que son falsas teóricamente. ¿Y cuánto más no acentuarán este error ejecutores demasiado celosos? Un dirigente político responde no sólo de cómo dirige, sino también de lo que hacen los dirigidos por él. Esto lo ignora a veces, y con frecuencia no lo quiere, pero la responsabilidad recae sobre él. Paso ahora a tratar de las sesiones plenarias de noviembre (día 9) y diciembre (día 7) del Comité Central, que expresaron ya todos esos errores no como postulados lógicos, como premisas, como razonamientos teóricos, sino en la acción. En el Comité Central resultó un lío y un revoltijo; es la primera vez que ocurre en la historia de nuestro partido durante la revolución, y eso es peligroso. El quid de la cuestión estriba en que se produjo una división, en que surgió el grupo “de tope” de Bujarin, Preobrazhenski y Serebriakov, el grupo que más daño ha causado y más ha embrollado las cosas. Recordad la historia de la Glavpolitput y del Cectrán. En la resolución del IX Congreso del PCR, en abril de 1920, se decía que se creaba la Glavpolitput como institución “temporal” y que era necesario pasar a normalizar la situación “en el plazo más corto posible”. En septiembre leéis: “Pasemos a una situación normal” . En noviembre (día 9), el CC se reúne en sesión plenaria, y Trotski lleva a él sus tesis, sus consideraciones acerca del tradeunionismo. Por excelentes que fueran algunas de sus frases respecto a la propaganda en el terreno de la producción, era preciso decir que todo aquello no venía al caso, no tenía sentido práctico, representaba un paso atrás y no era posible ocuparse de ello en el CC en aquel momento. Bujarin dijo: “Eso está muy bien”. Puede que estuviera muy bien, pero eso no era una respuesta. Después de encarnizados debates se aprobó por diez votos contra cuatro una resolución, en la que se decía en forma correcta y camaraderil que el propio Cectrán “había planteado ya a la orden del día” la necesidad de “reforzar y desarrollar los métodos de la democracia proletaria dentro del sindicato”. Se decía que el Cectrán debía “participar activamente en la labor general del Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia, formando parte de él con los mismos derechos que las demás organizaciones sindicales”. ¿Cuál era la idea fundamental de esta resolución del CC? Está clara: “Camaradas del Cectrán: Cumplid los acuerdos del congreso y del CC del partido no de un modo formal, sino a toda ley, para ayudar con vuestro trabajo a todos los sindicatos, para que no quede ni rastro de burocratismo, de preferencias, de presunción, como la manifestada por quienes dicen: Somos mejores que vosotros, tenemos más que vosotros y recibimos más ayuda”. Después de esto pasamos a la labor práctica. Se constituye la comisión y se publica la lista de sus componentes. Trotski sale de ella, la sabotea, no quiere trabajar en ella. ¿Por qué? Un solo motivo: que Lutovínov suele jugar a la oposición. Es cierto que Osinski también. A decir verdad, es un juego desagradable. Pero ¿acaso eso es un motivo? Osinski organizó magníficamente la campaña de semillas. Había que trabajar con él, a pesar de su “campaña oposicionista”, y el método de hacer fracasar la comisión es burocrático, no soviético, no socialista, equivocado y políticamente perjudicial. En un momento en que es preciso establecer una clara delimitación entre los elementos sanos y los elementos malsanos de “la oposición” ese método es triplemente desatinado y políticamente nocivo. Cuando Osinski despliega. “la campaña oposicionista”, yo le digo: “Es una campaña perjudicial”; pero cuando desarrolla la campaña de semillas, es una maravilla. Jamás negaré que Lutovínov comete un error con su “campaña oposicionista”, como Ischenko y Shliápnikov, mas eso no es motivo para sabotear la comisión. Ahora bien, ¿qué significaba esta comisión? Significaba pasar de las divagaciones propias de intelectuales acerca de discrepancias insustanciales a una labor práctica. Propaganda en el terreno de la producción, premios, tribunales disciplinarios: de eso se debía hablar y en eso tenía que ocuparse la comisión. Pero entonces, el camarada Bujarin, jefe del “grupo de tope”, con Preobrazhenski y Serebriakov, viendo la peligrosa división surgida en el CC, se puso a crear un tope, un amortiguador tal que no encuentro una expresión parlamentaria para calificarlo. Si yo supiera dibujar caricaturas como lo sabe hacer el camarada Bujarin, presentaría al camarada Bujarin con un balde de petróleo, echando este petróleo al fuego, y pondría este pie: “Petróleo de tope”. El camarada Bujarin quiso crear algo; no hay duda de que su deseo era lo más sincero y “amortiguador” que cabe. Pero no resultó un tope: lo que resultó fue que no tuvo en cuenta el momento político y, además, incurrió en errores teóricos, ¿Había necesidad de llevar todos esos pleitos a una amplia discusión? ¿De dedicarse a semejante inactividad y desperdiciar varias semanas, tan preciosas para nosotros en vísperas de un congreso del partido? Durante ese tiempo habríamos podido preparar y estudiar el problema de los premios, de los tribunales disciplinarios y del enlazamiento. Habríamos resuelto estos problemas con un sentido práctico en la comisión del CC. Si el camarada Bujarin quería crear un tope y no deseaba encontrarse en la situación de la persona que se ha equivocado de puerta, tendría que haber dicho e insistido en que el camarada Trotski no abandonase la comisión. Si hubiese dicho y hecho eso, habríamos emprendido un camino positivo y habríamos puesto en claro en esta comisión cómo es en realidad la dirección unipersonal, cómo es la democracia, cómo son los designados para los cargos, etc. Prosigamos. En diciembre (sesión plenaria del día 7) era ya patente el choque con los dirigentes del Sindicato del Transporte Marítimo y Fluvial, que vino a agravar el conflicto, y como resultado de lo cual en el Comité Central se reunieron ocho votos contra nuestros siete. El camarada Bujarin escribió apresuradamente la parte “teórica” de la resolución del Pleno de Diciembre, tratando de “conciliar” y de poner en acción “el tope”; pero, como es natural, después del fracaso de la comisión no podía resultar nada de esto. ¿En qué consistió el error de la Glavpolitput y del Cectrán? No consistió, ni mucho menos, en haber aplicado la coerción; al contrario: en eso reside su mérito. Su error consistió en que no supieron pasar a tiempo y sin conflictos, como había exigido el IX Congreso del PCR, a una actividad sindical normal; en que no supieron adaptarse debidamente a los sindicatos, en que no supieron ayudarles, entablando con ellos relaciones en pie de igualdad. Hay una valiosa experiencia de los tiempos de guerra: heroísmo, celo en el cumplimiento de las tareas, etc. Y hay un aspecto malo en la experiencia de los peores elementos militares: el burocratismo y la presunción. Las tesis de Trotski, en contra de su conciencia y de su voluntad, vinieron a respaldar el aspecto peor, y no el mejor, de la experiencia militar. Debe recordarse que un dirigente político no responde sólo de su política, sino también de lo que hagan quienes son dirigidos por él. Lo último que quería deciros, y que ayer debí haberme reprochado por mentecato, es que no presté atención a las tesis del camarada Rudzutak. Rudzutak tiene el defecto de que no sabe hablar en voz alta, de manera impresionante y con belleza. Es fácil no darse cuenta, no prestar atención a lo que dice. Ayer, imposibilitado de asistir a la reunión, repasé mis papeles y encontré entre ellos una hoja editada con motivo de la V Conferencia Sindical de toda Rusia, celebrada del 2 al 6 de noviembre de 1920. Esta hoja se titula: Las tareas de los sindicatos en la producción. Os la leeré íntegra” no es muy larga: A la V Conferencia sindical de toda Rusia. Las tareas de los sindicatos en la producción. (Tesis del informe del camarada Rudzutak)

1. Inmediatamente después de la Revolución de Octubre, los sindicatos resultaron ser casi los únicos organismos que, a la par con la aplicación del control obrero, podían y debían asumir la tarea de organizar y dirigir la producción. En el primer período de existencia del Poder soviético, el mecanismo estatal de dirección de la economía nacional no funcionaba aún como era debido, y el sabotaje de los dueños de las empresas y del personal técnico superior planteó con apremio ante la clase obrera las tareas de conservar la industria y restablecer el funcionamiento normal de todo el mecanismo económico del país.

2. En el período subsiguiente de la labor del Consejo Superior de Economía Nacional, cuando una parte considerable de esta labor se reducía a liquidar las empresas privadas y a organizar su dirección por el Estado, los sindicatos realizaron este trabajo a la par y juntamente con los organismos estatales de dirección económica. La debilidad de los organismos del Estado no sólo explicaba, sino que, además, justificaba semejante paralelismo; desde el punto de vista histórico, ese paralelismo estaba justificado por haberse establecido un contacto pleno entre los sindicatos y los organismos de dirección de la economía.

3. La dirección de los organismos económicos del Estado, el dominio gradual por ellos del mecanismo de producción y administración y la coordinación de las distintas partes de este mecanismo hicieron que se trasladase a dichos organismos el centro de gravedad de la labor de dirección de la industria y de confección del programa de producción. Debido a ello, la labor de los sindicatos en la organización de la producción se redujo a participar en la formación de organismos colegiados de las direcciones generales, departamentos centrales y administraciones de las fábricas.

4. En la actualidad hemos vuelto a abordar de lleno el problema de establecer la más estrecha ligazón entre los organismos económicos de la República Soviética y los sindicatos, cuando es necesario a toda costa utilizar racionalmente cada unidad de trabajo, atraer a toda la masa de productores a una participación consciente en el proceso de producción; cuando el mecanismo estatal de dirección económica, al crecer y complicarse paulatinamente, se ha trasformado en una máquina burocrática enorme, desproporcionada en comparación con la propia producción, e impulsa de manera inevitable a los sindicatos a participar directamente en la organización de la producción no sólo mediante la representación personal en los organismos económicos, sino como tal entidad en su conjunto.

5. Mientras que el Consejo Superior de Economía Nacional enfoca la fijación del programa general de producción partiendo de los elementos materiales de producción existentes (materias primas, combustible, estado de la maquinaria, etc.), los sindicatos deben enfocar este problema desde el punto de vista de la organización del trabajo para cumplir las tareas de la producción y utilizar éste de modo racional. Por eso, el programa general de producción, por partes y en su conjunto, debe ser confeccionado con la participación ineludible de los sindicatos, a fin de combinar del modo más racional el aprovechamiento de los recursos materiales de la producción y del trabajo

. 6. La implantación de una verdadera disciplina de trabajo y la lucha eficaz contra los casos de deserción del trabajo, etc., sólo son concebibles con la participación consciente de todos los productores en el cumplimiento de estas tareas. Esto no lo logran los métodos burocráticos ni las órdenes desde arriba; es preciso que cada trabajador comprenda la necesidad y la conveniencia de las tareas que cumple en la producción; es preciso que cada productor no sólo participe en el cumplimiento de las tareas señaladas desde arriba, sino que tome parte conscientemente en la corrección de todas las deficiencias, técnicas y de organización, en el ámbito de la producción. Las tareas de los sindicatos en este terreno son inmensas. Deben enseñar a sus miembros en cada taller y en cada fábrica a descubrir y tener en cuenta todos los defectos en el aprovechamiento de la mano de obra, derivados de una utilización desacertada de los medios técnicos o de una labor administrativa insatisfactoria. La suma de la experiencia de las distintas empresas y de la producción debe ser aprovechada para combatir enérgicamente el papeleo, la negligencia y el burocratismo.

7. Para subrayar su importancia de manera especial, estas tareas de producción deben ocupar un lugar concreto, desde el punto de vista de organización, en la labor cotidiana concreta. Las secciones económicas que se están organizando adjuntas a los sindicatos en cumplimiento del acuerdo del III Congreso de toda Rusia, al desplegar su labor, deben esclarecer y determinar paulatinamente el carácter de toda la actividad sindical. Por ejemplo, en las condiciones sociales actuales, en las que toda la producción tiende a satisfacer las necesidades de los propios trabajadores, las tarifas de salarios y los premios deben guardar la más estrecha conexión y dependencia respecto del grado de cumplimiento del plan de producción. Los premios en especie y el pago de una parte del salario en especie deben convertirse gradualmente en un sistema de abastecimiento de los obreros en dependencia del nivel alcanzado por la productividad del trabajo.

8. Este enfoque del trabajo de los sindicatos debe, por una parte, poner fin a la existencia de organismos paralelos (secciones políticas, etc.} y, por otra, restablecer la estrecha ligazón de las masas con los organismos de dirección económica.

9. Después del III Congreso, los sindicatos no han conseguido aplicar en grado considerable su programa en lo que respecta a su participación en la edificación de la economía nacional, debido, por una parte, a las condiciones del tiempo de guerra y, por otra, a su debilidad orgánica y a su apartamiento de la labor dirigente y práctica de los organismos económicos.

10. Por eso, los sindicatos deben señalarse las siguientes tareas prácticas inmediatas: a) participar con la mayor actividad en la solución de los problemas de la producción y de la dirección; b) participar de manera directa, junto con los correspondientes organismos económicos, en la creación de organismos de dirección competentes; c) registrar minuciosamente los distintos tipos de dirección y la influencia que ejercen en la producción; d) participar obligatoriamente en la elaboración y el establecimiento de los planes económicos y de los programas de producción; e) organizar el trabajo de conformidad con el grado de urgencia de las tareas económicas; f) desarrollar una amplia organización de la agitación y la propaganda en el terreno de la producción.

11. Es necesario que las secciones económicas anejas a los sindicatos y a las organizaciones sindicales se transformen de verdad en poderosos y rápidos resortes de la participación sistemática de los sindicatos en la organización de la producción.

12. Para planificar el aprovisionamiento material de los obreros, los sindicatos deben trasladar su influencia a los organismos distribuidores del Comisariado del Pueblo de Abastecimiento, tanto locales como central, haciendo realidad la participación práctica y eficiente y el control en todos los organismos distribuidores y prestando especial atención a la actividad de las comisiones de abastecimiento obrero centrales y provinciales.

13. En vista de que el llamado “sistema de trabajo de choque” ha adquirido el carácter más desordenado -a consecuencia de las aspiraciones estrechas de las distintas direcciones generales, departamentos centrales, etc.-, los sindicatos deben defender en todas partes la aplicación efectiva de dicho sistema en la economía y la revisión del sistema vigente de determinación del trabajo de choque de conformidad con la importancia de la producción respectiva y con los recursos materiales existentes en el país.

14. Es necesario concentrar especialmente la atención en el llamado grupo modelo de empresas, haciendo que sean verdaderamente modelo mediante la creación de una dirección competente, la disciplina de trabajo y la labor de la organización sindical.

15. En la organización del trabajo, además de establecer un sistema armónico de tarifas de salarios y de revisar a fondo las normas de rendimiento, es preciso que los sindicatos tomen firmemente en sus manos la lucha contra los distintos tipos de deserción del trabajo (ausencias injustificadas, falta de puntualidad, etc.). Los tribunales disciplinarios, a los que no se ha prestado hasta ahora la debida atención, deben ser transformados en un medio eficaz de lucha contra la infracción de la disciplina laboral proletaria.

16. El cumplimiento de las tareas enumeradas, así como la concepción de un plan práctico de propaganda en el terreno de la producción y de diversas medidas orientadas a mejorar la situación económica de los obreros, deben recaer sobre las secciones económicas. Es necesario, por ello, encomendar a la Sección Económica del Consejo Central de los Sindicatos de toda Rusia que convoque en breve una Conferencia de secciones económicas de toda Rusia para examinar las cuestiones prácticas de la organización de la economía en conexión con la labor de los organismos económicos del Estado. Espero que comprenderéis ahora por qué he tenido que hacerme reproches. Esto sí es una plataforma; es cien veces mejor que lo que ha escrito el camarada Trotski después de haberlo pensado muchas veces y que lo que ha escrito el camarada Bujarin (resolución de la sesión plenaria del 7 de diciembre) sin haber pensado nada. Todos nosotros, los miembros del Comité Central que no hemos trabajado durante muchos años en el movimiento sindical, deberíamos aprender del camarada Rudzutak, y el camarada Trotski y el camarada Bujarin también tendrían que aprender de él. Los sindicatos han aprobado esta plataforma. Todos nosotros hemos olvidado los tribunales disciplinarios, pero “la democracia en la producción” sin premios en especie y sin tribunales disciplinarios es pura charlatanería. Comparo las tesis de Rudzutak con las tesis que Trotski presentó en el Comité Central. Al final de la quinta tesis leo: “… es necesario proceder ahora mismo a la reorganización de los sindicatos, es decir, ante todo, a la selección del personal dirigente precisamente desde este punto de vista… ” ¡Ahí tenéis el verdadero burocratismo! ¡Trotski y Krestinski seleccionarán “el personal dirigente” de los sindicatos! Una vez más: ahí tenéis la explicación del error del Cectrán. Su error no consiste en haber hecho presión; en eso estriba su mérito. Su error consiste en no haber sabido enfocar las tareas generales de todos los sindicatos, en no haber sabido pasar él mismo y ayudar a todos los sindicatos a pasar a una aplicación más acertada, rápida y eficaz de los tribunales disciplinarios de honor. Cuando leí lo que se dice en las tesis del camarada Rudzutak acerca de los tribunales disciplinarios, pensé: seguro que hay ya un decreto sobre esto. Y, en efecto, hay un decreto. Es el “Reglamento de los tribunales disciplinarios obreros de honor”, promulgado el 14 de noviembre de 1919 (Recopilación de Leyes, Nº 537). En estos tribunales corresponde a los sindicatos un papel de la mayor importancia. No sé si estos tribunales son buenos, ni si es eficaz su funcionamiento ni si actúan en todos los casos. Si estudiáramos nuestra propia experiencia práctica, eso sería un millón de veces más útil que todo lo que han escrito los camaradas Trotski y Bujarin. Termino. Como resumen de cuanto se refiere a esta cuestión, debo decir que llevar estas discrepancias a una amplia discusión en el partido y a un congreso del partido es un error gravísimo. Es un error desde el punto de vista político. En la comisión, y sólo en la comisión, habríamos discutido de una manera práctica y habríamos avanzado; pero ahora marchamos hacia atrás, y durante varias semanas marcharemos hacia atrás, hacia tesis teóricas abstractas, en vez de abordar la tarea con un criterio práctico. Por lo que a mí se refiere, estoy harto hasta más no poder y me apartaría con gran placer de todo eso, independientemente de mi estado de salud; estoy dispuesto a irme a donde sea. Conclusiones: en las tesis de Trotski y Bujarin hay toda una serie de errores teóricos. Una serie de inexactitudes de principio. Políticamente, todo el enfoque de la cuestión equivale a una falta absoluta de tacto. Las “tesis” del camarada Trotski son una cosa perjudicial en el sentido político. Su política, en suma, es una política de excitación burocrática de los sindicatos. Y estoy seguro de que el Congreso de nuestro partido condenará y rechazará esta política. (Clamorosos y prolongados aplausos.)

Publicado en un folleto en 1921, en Petrogrado. T. 42, págs. 202-226.

 

 

 

Lenin. Informe a cerca de los sábados comunistas.

 Pronunciado en la conferencia de la organización de Moscú del PC (b) de Rusia.20 de diciembre de 1919.

Camaradas: Los organizadores de la conferencia me han comunicado que habéis incluido un informe acerca de los sábados comunistas, dividiéndolo en dos partes para tener la posibilidad de discutir detenidamente lo principal de esta cuestión: primero, organización de los sábados comunistas en Moscú y sus resultados, y, segundo, deducciones prácticas para su organización ulterior. Quisiera limitarme a las tesis generales, a las ideas que sugiere la organización de los sábados comunistas como un fenómeno nuevo en la construcción de nuestro partido y de los Soviets. Por ello me ocuparé muy brevemente del aspecto práctico.

Cuando se organizaron los primeros sábados comunistas, resultaba difícil aún determinar hasta qué punto era digno de atención semejante fenómeno y si saldría de él algo grande. Recuerdo que cuando aparecieron en la prensa del partido las primeras noticias sobre esta cuestión, las opiniones de los camaradas más directamente relacionados con los sindicatos y con el Comisariado de Trabajo eran al principio comedidas en extremo, por no decir pesimistas. Les parecía que no había ningún motivo para conceder gran importancia a los sábados comunistas. Desde entonces, los sábados comunistas han alcanzado tal amplitud que nadie puede ya poner en duda su importancia para nuestro desarrollo.

En efecto, usamos con mucha frecuencia la palabra “comunismo”, con tanta frecuencia que hasta la hemos incluido en la denominación de nuestro partido. Pero cuando se medita sobre esta cuestión, surge la idea de que, junto con todo lo bueno que ha sobrevenido de eso, quizá se haya creado también para nosotros cierto peligro. La causa principal que nos ha obligado a cambiar el nombre del partido ha sido el deseo de deslindarnos del modo más tajante del socialismo predominante en la II Internacional. Cuando la aplastante mayoría de los partidos oficiales del socialismo, personificados por sus líderes, se colocaron durante la guerra imperialista al lado de la burguesía de sus países respectivos, o de sus gobiernos, se hizo evidente para nosotros la grandiosa crisis, la bancarrota del viejo socialismo. Y la idea de cambiar la denominación de nuestro partido fue lanzada principalmente para subrayar con la mayor energía que no podemos considerar socialistas a quienes marcharon con sus gobiernos durante la guerra imperialista; para mostrar que el viejo socialismo está podrido, ha muerto. Tanto más cuanto que desde el punto de vista puramente teórico, la denominación de “socialdemocracia” ha dejado hace mucho de ser correcta. En Francia, ya en los años cuarenta, cuando dicha denominación empezó a utilizarse ampliamente en la vida política, se aplicaba al partido del reformismo socialista pequeño burgués, y no al partido del proletariado revolucionario. Así pues, el motivo, la causa principal que nos ha movido a cambiar el nombre del partido, que ha pasado a ser también el nombre de la nueva Internacional, ha sido el deseo de deslindarnos resueltamente del viejo socialismo.

Si nos preguntamos qué representa el comunismo, a diferencia del socialismo, deberemos decir que el socialismo es la sociedad que nace directamente del capitalismo, es la primera forma de la nueva sociedad. El comunismo, por su parte, es una forma más elevada de la sociedad y puede desarrollarse únicamente cuando el socialismo se ha afianzado por completo. El socialismo presupone el trabajo sin ayuda de los capitalistas, el trabajo social con la contabilidad, el control y la vigilancia más rigurosos por parte de la vanguardia organizada, de la parte avanzada de los trabajadores, debiendo fijarse, por cierto, tanto la medida del trabajo como su remuneración. Y es imprescindible hacerlo así porque la sociedad capitalista nos ha legado vestigios y costumbres como el trabajo disperso, la desconfianza hacia la economía colectiva, las viejas costumbres del pequeño propietario que predominan en todos los países campesinos. Todo eso va en contra de la verdadera economía comunista. Denominamos comunismo a un régimen en el que los hombres se acostumbran a cumplir obligaciones sociales sin aparatos coercitivos especiales, en el que el trabajo gratuito en provecho de todos se convierte en un fenómeno generalizado. Se comprende de por sí que el concepto de “comunismo” está demasiado lejos desde el punto de vista de quienes dan los primeros pasos para la victoria completa sobre el capitalismo. De ahí que, por justo que sea haber cambiado el nombre de nuestro partido, por inmensa que sea la utilidad que ha proporcionado y por grande que sea la obra realizada y que ha adquirido amplitud colosal -pues hoy existen ya partidos comunistas en el mundo entero, y la Internacional Comunista, a pesar de no haber transcurrido siquiera un año desde su fundación, es, desde el punto de vista del movimiento obrero, incomparablemente más fuerte que la vieja Internacional, la agonizante II Internacional-; por importante que sea todo eso, comprender la denominación de “Partido Comunista” en el sentido de que se está realizando ahora el régimen comunista será la mayor falsificación y un daño en la práctica, la más huera fanfarronada.

Esta es la razón de que la palabra “comunista” exija ser empleada con mucha prudencia, ésa es la razón de que los sábados comunistas hayan adquirido un valor especial al hacerse habituales, pues solo en este fenómeno, extraordinariamente pequeño, ha empezado a manifestarse algo comunista. La expropiación de los terratenientes y capitalistas nos ha dado únicamente la posibilidad de crear las formas más elementales de socialismo, pero en ello no hay todavía nada de comunista. Si tomamos nuestra economía actual, veremos en ella gérmenes muy débiles aún de socialismo y una supremacía inmensa de las viejas formas económicas, que se expresa en el predominio de la pequeña economía o en la especulación más salvaje y desbocada. Pero cuando nuestros adversarios, los demócratas pequeñoburgueses, los mencheviques y eseristas, nos objetan que hemos destruido el gran capitalismo y que en lugar suyo rezuma por todos los poros el peor capitalismo especulador, usurario, les respondemos: Si se imaginaban ustedes que podríamos pasar del gran capitalismo directamente al comunismo, no son revolucionarios, sino reformistas o utopistas.

El gran capitalismo está minado de raíz en todas partes, incluso en los países en que no se ha dado aún ningún paso hacia el socialismo. Desde este punto de vista, la crítica, las objeciones que nos hacen nuestros adversarios no son nada serias. Está claro que después de ser destruido el gran capitalismo empiezan a aparecer en lugar suyo brotes de un capitalismo nuevo, pequeño, especulador. Estamos viviendo una lucha furiosa contra los restos del gran capitalismo, que se lanza a cualquier especulación minúscula, en la que es más difícil atraparlo y en la que adquiere la forma peor y más desorganizada de comercio.

La lucha, mucho más encarnizada en la situación inherente a la guerra, ha dado origen a las más bárbaras manifestaciones de especulación, sobre todo allá donde el capitalismo estaba organizado en mayor escala, y sería completamente erróneo imaginarse de otra manera la transición revolucionaría. Así están las cosas desde el punto de vista de la economía de hoy. Si preguntamos qué representa el régimen económico actual de la Rusia Soviética, deberemos decir que es la colocación de los cimientos del socialismo en la gran producción, la transformación de la vieja economía capitalista en medio de la resistencia más tenaz del capitalismo, manifestada en millones y millones de formas. Los países de Europa Occidental que han salido de la guerra tan dañados como el nuestro, por ejemplo, Austria, se diferencian de nosotros únicamente en que allí se revelan con mayor fuerza aún esta descomposición del capitalismo, esta especulación, pero no existen los gérmenes de la edificación del socialismo, lo que opone resistencia al capitalismo. Sin embargo, en nuestro régimen económico no hay todavía nada comunista. Lo “comunista” empieza únicamente cuando aparecen los sábados comunistas, es decir, el trabajo gratuito de individuos no sujeto a normas por ningún poder, por ningún Estado, en provecho de la sociedad en gran escala. No se trata de la ayuda al vecino, que ha existido siempre en el campo, sino de un trabajo que produce para satisfacer las necesidades de todo el Estado, de un trabajo organizado en gran escala y gratuito. Por eso, sería más correcto aplicar la palabra “comunista” no sólo al nombre de nuestro partido, sino también y exclusivamente a los fenómenos económicos de nuestra vida que hacen realidad lo comunista. Si en el régimen actual de Rusia hay algo comunista, son únicamente los sábados comunistas; lo demás no es otra cosa que lucha contra el capitalismo para afianzar el socialismo, del que deberá nacer, después de su victoria completa, ese mismo comunismo que vemos hoy en los sábados comunistas no a través de los libros, sino en la realidad viva.

Tal es la importancia de principio de los sábados comunistas, los cuales muestran que se está creando y empieza a surgir, bajo la forma de trabajo gratuito y organizado en gran escala para satisfacer las necesidades de todo el Estado, algo completamente nuevo que va en contra de todas las viejas reglas capitalistas, algo más elevado que la sociedad socialista que vence al capitalismo. Por eso, cuando este año, después del llamamiento del Comité Central del partido a acudir en ayuda del país respondieron primero los ferroviarios de la línea Moscú-Kazán, que son los que sufren más hambre y mayores necesidades, y aparecieron síntomas de que los sábados comunistas dejaban de ser un fenómeno esporádico, empezaban a difundirse y encontraban la simpatía de las masas, pudo decirse que nos encontramos ante un fenómeno de magna importancia de principio y que debemos apoyarlo de verdad por todos los medios si queremos ser comunistas no sólo en el sentido de los principios, no sólo desde el punto de vista de la lucha contra el capitalismo. Eso es aún insuficiente desde el punto de vista de la edificación práctica de la sociedad socialista. Hay que decir que este movimiento puede adquirir de hecho un carácter masivo. ¿Hemos demostrado esto? No me atrevo a responder, pues no se han hecho todavía resúmenes generales de las proporciones del movimiento que denominamos sábados comunistas. Dispongo sólo de datos parciales y he leído en la prensa del partido que estos sábados comunistas adquieren un desarrollo cada día mayor en numerosas ciudades. Los camaradas petrogradenses dicen que los sábados comunistas han alcanzado en Petrogrado una difusión incomparablemente mayor que en Moscú. Por lo que se refiere a provincias, muchos camaradas -de los que conocen prácticamente este movimiento- me han dicho que están reuniendo una cantidad inmensa de datos acerca de esta nueva forma de trabajo social. Pero sólo después de que esta cuestión sea discutida repetidas veces en la prensa y en las conferencias del partido de las distintas ciudades, lograremos reunir los datos generales que nos permitan decir si los sábados comunistas se han con vertido de verdad en un fenómeno masivo y si hemos logrado verdaderamente éxitos serios en este terreno.

Sea como fuere, recibamos pronto o no esos datos completos y comprobados, debe ser indudable para nosotros que, a excepción de los sábados comunistas, desde el punto de vista de los principios, no existe otro fenómeno probatorio de que no nos limitamos a denominarnos comunistas y a querer serlo, sino que realizamos de veras algo comunista y no sólo socialista. Por ello, todo comunista, todo el que quiera ser fiel a los principios del comunismo, debe orientar sus esfuerzos y su atención a ayudar a explicar este fenómeno y aplicarlo en la práctica. Tal es la importancia de principio de los sábados comunistas. De ahí que en cada conferencia del partido haya que plantear y examinar constantemente esta cuestión tanto en el aspecto teórico como en el práctico. No debemos limitar este fenómeno al aspecto teórico, de principio. El inmenso valor que los sábados comunistas tienen para nosotros no consiste únicamente en que realizan el comunismo en la práctica. Además, los sábados comunistas. tienen para nosotros una doble importancia: desde el punto de vista del Estado -la ayuda puramente práctica al Estado- y desde el punto de vista del partido, que para nosotros, miembros del partido, no debe quedar en la sombra. Es su importancia para depurar el partido de elementos intrusos, para luchar contra las influencias que sufre el partido en el ambiente propio del capitalismo en descomposición. En el aspecto económico, los sábados comunistas son indispensables para salvar del desbarajuste económico a la República Soviética y emprender la realización del socialismo. Quisiera analizar algo más detenidamente este segundo aspecto de la cuestión…

Publicado íntegramente por vez primera el 26 de octubre de 1927 en el núm. 245 de “Pravda”.

 

 

Lenin. Las tareas del movimiento obrero femenino en la República Soviética.

Discurso en la IV Conferencia de obreras sin partido de la ciudad de Moscú. 23 de septiembre de 1919.

 

Camaradas: Yo saludo con gran alegría a la Conferencia de obreras. Me permito no referirme a los temas y a las cuestiones que, naturalmente, más inquietan hoy a cada obrera y a cada trabajador consciente. Estas cuestiones más palpitantes son la relativa a los cereales y la de nuestra situación militar. Pero, como he visto por las reseñas de prensa de vuestras reuniones que estos problemas han sido expuestos aquí del modo más completo por el camarada Trotski en lo tocante al aspecto militar y por los camaradas Yákovleva y Sviderski en lo que se refiere a los cereales, permitidme que no toque estos puntos.

Yo quisiera decir unas palabras acerca de las tareas generales del movimiento obrero femenino en la República Soviética, tanto de las relacionadas con el paso al socialismo en general como de las que hoy se plantean en primer plano de manera singularmente imperiosa. Camaradas: La cuestión relativa a la situación de la mujer ha sido planteada por el Poder soviético desde el primer momento. Yo creo que la tarea de todo Estado obrero que pase al socialismo será de género doble. La primera parte de esta tarea es relativamente simple y fácil. Se refiere a las viejas leyes que colocaban a la mujer en situación de desigualdad con respecto al hombre.

Desde tiempos lejanos, los representantes de todos los movimientos liberadores en Europa Occidental, no durante decenios, sino durante siglos, propugnaron la abolición de estas leyes anticuadas y reivindicaron la igualdad jurídica de la mujer y del hombre, pero ningún Estado democrático europeo, ni siquiera las repúblicas más avanzadas, han conseguido realizar esto, porque donde existe el capitalismo, donde se mantiene la propiedad privada de la tierra y la propiedad privada de las fábricas, donde se mantiene el poder del capital, los hombres siguen gozando de privilegios. Si en Rusia se ha logrado esto, se debe exclusivamente a que desde el 25 de octubre de 1917 se instauró aquí el Poder de los obreros. Desde el primer momento, el Poder soviético se planteó la tarea de actuar como poder de los trabajadores, enemigo de toda explotación. Se planteó la tarea de suprimir la posibilidad de que los trabajadores fuesen explotados por los terratenientes y capitalistas y de destruir el dominio del capital. El Poder soviético aspiró a conseguir que los trabajadores organizasen su vida sin propiedad privada de la tierra, sin propiedad privada de las fábricas, sin esa propiedad privada que en todas partes, en todo el mundo, incluso con la plena libertad política, incluso en las repúblicas más democráticas, sumía de hecho a los trabajadores en la miseria y la esclavitud asalariada, y a la mujer en una doble esclavitud.

Desde los primeros meses de su existencia, el Poder soviético, como poder de los trabajadores, realizó el cambio más radical en la legislación referente a la mujer. En la República Soviética no ha quedado piedra sobre piedra de todas las leyes que colocaban a la mujer en una situación de dependencia. Me refiero precisamente a las leyes que utilizaban de modo especial la situación desventajosa de la mujer, haciéndola víctima de la desigualdad de derechos y a menudo hasta de humillaciones, es decir, a las leyes sobre el divorcio, sobre los hijos naturales y sobre el derecho de la mujer a demandar judicialmente del padre alimentos para el sostenimiento del hijo.

Hay que afirmar que es precisamente en esta esfera donde la legislación burguesa, incluso en los países más avanzados, se aprovecha de la situación desventajosa de la mujer, condenándola a la desigualdad de derechos y humillándola. Y justamente en esta esfera, el Poder soviético no ha dejado piedra sobre piedra de las viejas leyes, injustas, insoportables para las masas trabajadoras. Ahora podemos decir con todo orgullo, sin exageración alguna, que, exceptuando la Rusia Soviética, no existe ningún país del mundo donde la mujer goce de plena igualdad de derechos y no esté colocada en una situación humillante, particularmente sensible en la vida cotidiana, familiar. Esta fue una de nuestras primeras y más importantes tareas.

Si tenéis ocasión de entrar en contacto con partidos hostiles a los bolcheviques, o llegan a vuestras manos periódicos editados en ruso en las regiones ocupadas por Kolchak o Denikin, o habláis con gente que se atiene al punto de vista de estos periódicos, podréis escuchar frecuentemente de sus labios la acusación de que el Poder soviético ha infringido la democracia.

A nosotros, representantes del Poder soviético, comunistas bolcheviques y partidarios del Poder soviético, se nos echa en cara constantemente que hemos violado la democracia, y como prueba de esta acusación se aduce que el Poder soviético disolvió la Asamblea Constituyente. A estas acusaciones respondemos habitualmente así: no concedemos ningún valor a una democracia y a una Asamblea Constituyente que surgieron existiendo la propiedad privada sobre la tierra, cuando los hombres no eran iguales, cuando el que tenía capital propio era el amo, y los restantes, trabajando para él, eran sus esclavos asalariados. Esa democracia encubría la esclavitud incluso en los Estados más avanzados. Nosotros, como socialistas, somos partidarios de la democracia únicamente en tanto en cuanto mitiga la situación de los trabajadores y de los oprimidos. El socialismo se propone en todo el mundo la lucha contra toda explotación del hombre por el hombre. Para nosotros ofrece verdadero valor la democracia que sirve a los explotados, a los que sufren la desigualdad. Si al que no trabaja se le priva de derechos electorales, ésta es precisamente la verdadera igualdad entre los hombres. Quien no trabaje, que no coma.

En respuesta a esas acusaciones, decimos que es preciso comprobar cómo se practica en uno u otro Estado la democracia. En todas las repúblicas democráticas vemos que se proclama la igualdad, pero en las leyes civiles y en las leyes sobre los derechos de la mujer, en el sentido de su situación dentro de la familia y en el sentido del divorcio, vemos a cada paso la desigualdad y la humillación de la mujer, y decimos que esto es una violación de la democracia, y precisamente una violación de que son víctimas los oprimidos. El Poder soviético, en mayor medida que todos los demás países, incluidos los más avanzados, ha puesto en práctica la democracia al no haber dejado en sus leyes ni el menor rastro de desigualdad de derechos de la mujer. Lo repito, ningún Estado, ninguna legislación democrática ha hecho por la mujer ni la mitad de lo que ha hecho el Poder soviético en los primeros meses de su existencia.

Naturalmente, no bastan las leyes, y nosotros no nos contentamos de ningún modo con decretos nada más. Pero en el terreno de la legislación hemos hecho todo lo que de nosotros se exigía para equiparar la situación de la mujer a la del hombre, y podemos con razón enorgullecernos de ello. Actualmente, la situación de la mujer en la Rusia Soviética, desde el punto de vista de los Estados más avanzados, es ideal. Pero afirmamos que, naturalmente, esto es sólo el comienzo.

Al tener que dedicarse a los quehaceres de la casa, la mujer aún vive coartada. Para la plena emancipación de la mujer y para su igualdad efectiva con respecto al hombre, se requiere una economía colectiva y que la mujer participe en el trabajo productivo común. Entonces la mujer ocupará la misma situación que el hombre.

Como es lógico, no se trata de igualar a la mujer en cuanto a la productividad del trabajo, al volumen, a la duración y a las condiciones del mismo, etc., sino de que la mujer no se vea oprimida por su situación en el hogar diferente a la del hombre. Todas vosotras sabéis que aun con la plena igualdad de derechos, subsiste de hecho esta situación de ahogo en que vive la mujer, ya que sobre ella pesan todos los quehaceres del hogar que son, en la mayoría de los casos, los más improductivos, más bárbaros y más penosos de cuantos realiza la mujer. Este trabajo es extraordinariamente mezquino, no contiene nada que contribuya de algún modo al progreso de la mujer.

En aras del ideal socialista, nosotros querernos luchar por la plena realización del socialismo, y en este sentido se abre ante la mujer un vasto campo de actividad. Ahora nos preparamos seriamente para desbrozar el terreno con miras a la edificación socialista, pero la propia edificación de la sociedad socialista no comenzará sino cuando nosotros, una vez conseguida la plena igualdad de la mujer, emprendamos la nueva tarea junto con la mujer liberada de este trabajo menudo, embrutecedor e improductivo. A este respecto tenemos labor para muchos, muchos años.

Esta labor no puede dar rápidos resultados ni tiene nada de efectismo brillante.

Estamos creando instituciones, comedores y casas-cuna modelo, que liberen a la mujer del trabajo doméstico. Y es precisamente a la mujer a la que más incumbe la labor de organización de todas estas instituciones. Hay que reconocer que hoy existen en Rusia muy pocas instituciones de este tipo, que ayuden a la mujer a salir del estado de esclava del hogar. El número de estas instituciones es insignificante, y las condiciones por las que hoy atraviesa la República Soviética -las condiciones militares y las del abastecimiento, de las que os han hablado aquí con detalle los camaradas- nos estorban en esta labor. Pero hay que decir que estas instituciones, que liberan a la mujer de su estado de esclava doméstica, surgen en todas partes donde para ello existe la menor posibilidad.

Decimos que la emancipación de los obreros debe ser obra de los obreros mismos, y de igual modo la emancipación de las obreras debe ser obra de las obreras mismas. Son ellas las que deben preocuparse de desarrollar esas instituciones, y esta actividad de la mujer conducirá a un cambio completo de la situación en que vivía bajo la sociedad capitalista.

En la vieja sociedad capitalista, para ocuparse de política hacía falta una preparación especial, razón por la cual era insignificante la participación de la mujer en la vida política, incluso en los países capitalistas más avanzados y más libres. Nuestra tarea consiste en hacer que la política sea asequible para cada trabajadora. Desde el momento en que está abolida la propiedad privada de la tierra y de las fábricas y ha sido derrocado el poder de los terratenientes y los capitalistas, las tareas de la política para la masa trabajadora y para las mujeres trabajadoras pasan a ser sencillas, claras y plenamente asequibles para todas. En la sociedad capitalista, la mujer está colocada en una situación tal de falta de derechos que su participación en la vida política es mínima en comparación con el hombre. Para que cambie esta situación, es preciso que exista el poder de los trabajadores, y entonces las tareas principales de la política se reducirán a todo lo que directamente atañe a la suerte de los propios trabajadores.

En este sentido es necesaria también la participación de las obreras, no sólo de las militantes del partido, de las que son conscientes, sino de las sin partido y de las más inconscientes. En este sentido, el Poder soviético brinda a las obreras un vasto campo de actividad.

Hemos atravesado una situación muy difícil en la lucha contra las fuerzas hostiles a la Rusia Soviética, que sostienen la campaña contra ella. Nos ha sido difícil luchar en el terreno militar contra las fuerzas que están haciendo la guerra al poder de los trabajadores, y en la esfera del abastecimiento contra los especuladores, porque no es lo bastante grande el número de personas, el número de trabajadores que acuden plenamente en nuestra ayuda con su propio trabajo. En este sentido, el Poder soviético nada puede apreciar tanto como el concurso de las amplias masas de obreras sin partido. Ellas deben saber que en la vieja sociedad burguesa se requería, tal vez, para la actividad política una preparación compleja, inasequible para la mujer. Pero la República Soviética se propone como tarea principal de su actividad política la lucha contra los terratenientes y los capitalistas, la lucha por la supresión de la explotación, y de ahí que en la República Soviética se abra para las obreras el campo de la actividad política, que consistirá en que la mujer ayude al hombre con su capacidad organizadora.

No necesitamos solamente la labor de organización de millones de personas. Necesitamos además la labor de organización en la más modesta escala, que permita también trabajar a las mujeres. La mujer puede trabajar asimismo en tiempo de guerra, cuando se trate de ayudar al ejército y de realizar propaganda dentro de él. En todo esto debe tomarparte activa la mujer para que el Ejército Rojo vea que hay preocupación y desvelo por él. La mujer puede ser útil igualmente en todo lo relacionado con el abastecimiento: distribución de los productos y mejora de la alimentación pública, desarrollo de los comedores que tan ampliamente han sido organizados ahora en Petrogrado.

Estas son las esferas en las que la actividad de las obreras adquiere verdadera importancia desde el punto de vista de la organización. La participación de la mujer es necesaria también en la creación de grandes haciendas experimentales y en el control de las mismas, para que esto no sea obra de unos pocos. Esta empresa es irrealizable si no participa en ella un gran número de trabajadoras. Las obreras pueden perfectamente intervenir en esta labor, además, controlando la distribución de los productos y procurando que sea más fácil adquirirlos. Esta tarea es plenamente proporcionada a las fuerzas de las obreras sin partido, y su realización contribuirá poderosamente al afianzamiento de la sociedad socialista.

Una vez abolida la propiedad privada de la tierra y suprimida casi por entero la propiedad privada de las fábricas, el Poder soviético tiende a que en esta edificación económica participen todos los trabajadores, no sólo los militantes del Partido, sino también los sin partido, y no sólo los hombres, sino también las mujeres. Esta obra iniciada por el Poder soviético puede progresar únicamente cuando en ella tomen parte, en toda Rusia, no cientos, sino millones y millones de mujeres. Entonces, estamos seguros de ello, se afianzará la obra de la construcción socialista. Entonces los trabajadores demostrarán que pueden vivir y pueden administrar sin terratenientes ni capitalistas. Entonces será tan firme en Rusia la edificación socialista que no causará temor a la República Soviética ningún enemigo, exterior ni interior.

Publicado el 25 de septiembre de 1919, en el núm. 218 de “Pravda”.

 

 

¡CIUDADANOS! COMPRENDED EN QUE CONSISTEN LOS PROCEDIMIENTOS DE LOS CAPITALISTAS DE TODOS LOS PAISES. 

 Riech termina hoy su artículo de fondo con las siguientes palabras:

“El gobierno alemán se esfuerza por mantener en Alemania la unidad interna y desunir a las potencias de la Entente. Nuestros pravdistas minan por todos los medios la unidad de la Rusia revolucionaria y zuzan al gobierno ruso contra los gobiernos aliados de Inglaterra y Francia. ¿No tenemos, pues derecho a decir que los “bravos” leninistas trabajan para von Bethmann-Hollverg y para Guillermo II?

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Tesis sobre la función del Partido Comunista en la Revolución Proletaria. Lenin

Internacional Comunista (Segundo Congreso)

24 Julio 1920 

El proletariado mundial está en vísperas de luchas decisivas. La época en que vivimos es una época de guerras civiles directas. La hora decisiva se acerca. En casi todos los países en donde existe un importante movimiento obrero, la clase trabajadora tendrá que conducir en el próximo futuro una serie de luchas encarnizadas, empuñando las armas. En este momento más que nunca, la clase obrera necesita una organización sólida. Ella tiene que prepararse infatigablemente para las luchas cruciales que le esperan, sin perder una sola hora del tiempo precioso que queda.

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La economía y la política de la dictadura del proletariado. Lenin

Tenía proyectado escribir para el segundo aniversario del Poder soviético un pequeño folleto sobre el tema indicado en el título. Pero con el ajetreo del trabajo diario no he logrado hasta ahora ir más allá de la preparación preliminar de algunas partes. Por eso, he resuelto tratar de hacer una exposición breve y sumaria de las ideas más esenciales, a mi modo de ver, en esta cuestión. Naturalmente, el carácter resumido de la exposición encierra muchas dificultades e inconvenientes. Pero quizás para un pequeño artículo periodístico puede ser realizable este objetivo modesto: plantear la cuestión y sus fundamentos para su discusión por los comunistas de los diferentes países.

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